48 segundos CAPÍTULO 5 La ascensión #2
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CAPÍTULO 5 La ascensión #2

Nuria lo miró un instante, divertida, y siguió hacia la cocina. Ocupaba el fondo de la planta baja, con una isla de madera en el centro, muebles claros, una cocina de hierro y una tabla marcada por años de cuchillos; dejó las bolsas sobre la encimera mientras recorría la estancia con la vista.

Miguel abrió el frigorífico y dejó las dos botellas junto con el pescado.

—Hay dos lubinas, fruta y verduras.

—Y yo he traído queso, embutido, aceite y pan. Si nieva hasta mayo, estamos cubiertos.

Miguel miró la hogaza.

—Eso no llega al desayuno —dijo mientras cerraba el frigorífico.

Nuria sacó el aceite y abrió un armario. Encontró fuentes y cazuelas ordenadas por tamaños. Miguel señaló el siguiente mientras guardaba la compra.

—Veo que todas las etiquetas miran hacia delante —dijo ella.

—Facilita encontrar las cosas.

—Claro. Por eso lo hace todo el mundo.

—Puedes desordenarlo el domingo, justo antes de marcharte.

—Enséñame la casa antes de que me entren ganas de comprobar los cajones.

Atravesaron el salón. La chimenea ocupaba una pared de piedra y estaba apagada.

Delante había dos sofás profundos, vencidos por años de uso, y una alfombra que amortiguaba los pasos.

Una manta descansaba sobre uno de los brazos.

Todo invitaba a quedarse, aunque cada superficie estuviera despejada y ni siquiera hubiera corteza alrededor del cesto de leña.

Nuria hundió la mano en el respaldo de uno de los sofás.

—Esto tiene pinta de siesta de tres horas.

—Dormir no era el objetivo.

Ella volvió la cabeza. Miguel no sonreía, pero tampoco lo necesitaba.

—Menos mal.

Abrió una puerta corredera. Al otro lado había una biblioteca con dos paredes cubiertas de estanterías, una escalera de madera y un escritorio orientado hacia el bosque. Junto al ventanal, un sillón de cuero mostraba el desgaste de muchos años.

Nuria se acercó a las baldas. No había ni una mota de polvo. Las biografías compartían espacio con libros de historia, cirugía, montaña y varias novelas. Algunos estaban colocados en dos filas; otros descansaban en horizontal sobre los huecos disponibles.

—Pensaba que estarían ordenados por autor.

—Están ordenados.

—¿Por género?

—No.

Nuria sacó una biografía y miró el espacio que había dejado.

—Entonces, ¿cuál es el criterio?

—Los que me han gustado están cerca del sillón.

Ella comprobó las baldas que rodeaban el asiento.

—Hay dos filas.

—He tenido años buenos.

Nuria devolvió el libro al hueco.

—¿En Madrid no tienes nada así?

—En Madrid leo menos.

—Hablaba de otra cosa.

Nuria pasó un dedo por los lomos y encontró anotaciones a lápiz en algunos márgenes.

—Se nota.

El sillón conservaba la marca de quien lo utilizaba; sobre el escritorio había un lápiz entre las páginas de un volumen abierto y unas gafas junto a un cuaderno. Nuria recorrió el cuarto con la mirada, deteniéndose en aquellos pequeños rastros de uso.

En el escritorio había otro retrato: Miguel, mucho más joven, aparecía entre un hombre alto y una mujer de pelo oscuro; los tres llevaban ropa de esquí y entrecerraban los ojos bajo un sol intenso.

Miguel se detuvo ante la fotografía.

—Ella decía que tenía el carácter de mi padre.

Nuria volvió a mirar la imagen, pero él no añadió nada y ella tampoco preguntó; recorrió la siguiente balda antes de seguirlo hacia la planta superior, donde la madera crujía bajo sus pasos.

El distribuidor daba acceso a tres habitaciones y a un gran baño. Miguel abrió una de las puertas y Nuria encontró un dormitorio orientado hacia los pinos, con una cama cubierta por un edredón blanco, una cómoda y un armario de madera; sobre una silla habían dejado toallas limpias.

—Puedes dejar las cosas aquí. La mía está enfrente.

Nuria dejó el bolso sobre la cómoda y comprobó la distancia entre las dos puertas. Miguel salió sin cerrar.

Cuando Nuria volvió a bajar, Miguel terminaba una llamada junto a la ventana del salón.

—Si vuelven a publicarlo, que lo retiren. La transcripción puede esperar hasta el domingo —dijo—. Me voy a quedar sin batería. Hablamos entonces.

Miguel apagó el teléfono, lo dejó en un cajón de la consola y se agachó frente a la chimenea para colocar unas astillas bajo dos troncos. Esperó a que las llamas prendieran en la corteza antes de cerrar la puerta de cristal.

—Nos queda media hora de luz y hay un sendero alrededor de la finca. ¿Te apetece dar una vuelta?

Nuria miró el cielo a través del ventanal.

—Vale, pero corta. Después quiero ver qué haces con esas lubinas.

—Eso sí puedo enseñártelo.

Nuria sonrió mientras cogía el anorak. Salieron al porche. El frío de la tarde los alcanzó en cuanto pisaron la grava; ella respiró hondo y el aire le enfrió la garganta.

—El de la foto era tu padre.

Miguel apartó una rama baja para dejarla pasar.

—Sí. Mi abuelo compró el terreno cuando aquí había poco más que bosque. Mi padre mantuvo la finca y abrió buena parte de este camino.

—Así que llevas viniendo toda la vida.

—Casi todos los fines de semana cuando era niño. Cuando murieron mis padres, la casa quedó para mí. Soy hijo único.

La nieve se acumulaba en los márgenes del sendero; el centro conservaba grava húmeda, agujas y ramas derribadas por el viento. De vez en cuando, una copa descargaba la nieve con un golpe sordo.

Miguel señaló un pino enorme junto al muro. Una rama crecía casi horizontal sobre el sendero.

—Mi padre colgaba ahí una cuerda cuando nevaba. Yo me lanzaba con un trineo hasta que acababa contra la piedra o él se cansaba de recolocarla.

—Me cuesta imaginarte lanzándote sin calcular la trayectoria.

—Tenía siete años. Hacía carreras; las listas llegaron después.

Quedaba un corte oscuro en la corteza, la marca de una cuerda retirada mucho tiempo atrás. Miguel continuó caminando sin señalarlo.

—Mi padre me sacaba de la cama temprano, aunque nevara —continuó Miguel—. Decía que caminar desarrollaba el carácter.

Lo contó sin bajar la voz ni buscar una reacción. Nuria siguió caminando a su lado.

—También explica que a los ocho años protestara con bastante más entusiasmo que ahora.

Nuria sonrió.

—El primer día que esquié no quise soltarme de la barandilla. Al segundo empujé a un niño porque no me dejaba pasar.

Miguel la miró.

—Ahí apareciste tú.

El camino se estrechó entre el muro y una pendiente cubierta de nieve. Miguel avanzó delante hasta alcanzar una zona más firme. Nuria apoyó una mano en la piedra para evitar el barro. Él le tendió la suya sin hacer comentarios y ella la aceptó. La sostuvo hasta que el sendero volvió a ensancharse.

—El matrimonio que cuida la finca sigue reparando este tramo cada primavera —dijo Miguel—. Antes lo hacíamos mi padre y yo.

—Seguro que tú eras encantador con las ramas.

—Las ramas cumplían instrucciones.

Llegaron a un claro donde la humedad había oscurecido los troncos y apenas quedaba luz; desde allí no se veía la casa ni llegaba el ruido de la carretera.

—Aquí nadie me llama doctor Cortés —dijo Miguel—. Marisa todavía me dice Miguelito cuando se enfada.

—Necesito presenciar eso. Tendré que enfadarla.

—Ni se te ocurra. Me conoce desde que era un crío y no necesita demasiados motivos para echarme la bronca.

Nuria sonrió al imaginarlo con siete años soportando el juicio de una mujer que todavía podía llamarlo Miguelito. Siguieron caminando unos metros sin hablar, escuchando el roce de las botas sobre el sendero húmedo y el movimiento de las ramas por encima de ellos.

—¿Te funciona venir aquí? —preguntó ella—. Desaparecer un par de días.

Miguel tardó un poco en contestar.

—A veces. Hoy creo que sí.

Nuria lo agarró del anorak y tiró de él hacia sí; Miguel apenas tuvo tiempo de apoyar las manos en su cintura antes de que lo besara.

Tenía los labios fríos y la barba de Miguel le raspó la piel, pero ninguno se apartó hasta que la falta de luz empezó a convertir el sendero en una mancha entre los árboles.

Cuando se separaron, Miguel seguía sujetándola por la cintura.

—Empiezo a tener hambre —dijo Nuria—. Y creo que la casa está en la otra dirección.

—Eso lo tengo controlado.

Regresaron mientras terminaba de oscurecer y, cuando la casa apareció entre los árboles, las lámparas del porche ya iluminaban la grava y el humo de la chimenea se deshacía sobre el tejado.

Miguel abrió la puerta y Nuria entró con el calor del salón alcanzándole la cara; antes de que pudiera cerrarla se volvió, lo agarró otra vez y lo besó más despacio que en el sendero.

—La lubina puede esperar cinco minutos —murmuró Miguel.

Nuria sonrió contra su boca.

—Uno.