48 segundos CAPÍTULO 5 La ascensión
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CAPÍTULO 5 La ascensión

Las cinco en punto.

La puerta de cristal se abrió antes de que Miguel pudiera bajar. Nuria apareció con una maleta de cabina, dos bolsas y los esquís sobre el hombro. Llevaba vaqueros negros, botas de montaña y un anorak blanco.

Miguel salió del coche y fue a su encuentro.

—Hola.

—Puntual.

—No pongas esa cara. Sabías que iba a estar.

—Sabía la hora. La dirección todavía estaba en estudio.

Miguel cogió la maleta. Nuria le dio un beso en la mejilla, tan cerca de la comisura que el gesto perdió cualquier apariencia casual.

—Ten cuidado con las bolsas —dijo ella al apartarse.

—¿Qué llevas?

—Un par de botellas. Y comida.

—No hacía falta.

—No iba a aparecer en tu casa para dos días con una maleta y las manos vacías.

Miguel acomodó la maleta y las bolsas bajo la red del maletero. Después retiró la cubierta del portaesquís y subió al estribo para colocar los de Nuria junto a los suyos.

—Sujeta esto.

Ella mantuvo levantada la tapa mientras él encajaba las fijaciones. Miguel revisó el último anclaje y bajó del estribo.

—Joder, qué serio te pones con esto.

—Es mejor que verlos volar por la A-6.

—Visto así…

Esperó a que Nuria se acomodara antes de rodear el coche. Ella dejó el bolso a sus pies, se abrochó el cinturón y acercó las manos a la salida de aire.

—Qué frío hace en Madrid cuando una se va a la sierra —dijo.

—Es un fenómeno muy localizado.

—Arranca, anda.

Miguel retiró el coche de la acera y se incorporó al tráfico de Velázquez.

Durante los primeros minutos la conversación fue escasa. El navegador marcaba una ruta distinta hacia la salida de Madrid y Miguel vigilaba los retrovisores más de lo habitual. Nuria esperó hasta la Castellana.

—Como sigas mirando tanto al de atrás, va a pensar que te gusta.

—Lleva tres giros detrás de nosotros.

—También puede vivir en Madrid.

Miguel volvió a comprobarlo. El coche continuó recto cuando ellos cambiaron de carril.

—Ya no te gusta —dijo Nuria.

—He perdido el interés.

El tráfico avanzaba con una fluidez impropia de un viernes por la tarde. Nuria se quitó los guantes y los dejó sobre el bolso.

—En el hospital no se ha hablado de otra cosa en toda la semana. He llegado a escuchar hasta tres versiones de la operación. Ninguna se parecía demasiado a la que vivimos dentro.

Miguel mantuvo la vista en la circulación.

—La rueda de prensa corregirá parte del ruido.

—Ramírez ha estado convincente. Incluso parecía que le caías bien.

—Tampoco tanto —dijo riendo.

Nuria miró por la ventanilla. Desde la operación había recorrido pasillos donde las conversaciones se apagaban al verla y escuchado opiniones de personas que no habían pisado aquel quirófano.

Había preparado quirófanos, cubierto dos turnos y discutido una reposición de material mientras el rostro de Miguel aparecía en las pantallas de la cafetería.

—Mi nombre no ha salido aún —dijo—. Tampoco lo que declaré.

—Y debe seguir así. Será mejor para ti.

Miguel ajustó la velocidad al coche de delante. La rueda de prensa había corregido parte del daño, pero seguía reconociendo su coche en fotografías tomadas desde la otra acera y escondiendo el teléfono cuando se iluminaba. Podía contener la exposición; hacerla desaparecer ya no dependía de él.

—Mañana inventarán otra cosa o se cansarán —continuó Miguel—. No voy a regalarles el fin de semana.

—Has preparado una ruta alternativa, llevas los esquís sujetos como si transportaras material radiactivo y aún no hemos salido de Madrid. Vas fenomenal.

Miguel la miró de lado.

—Dentro de una hora pienso estar bebiendo vino delante de una chimenea contigo. Esa parte del plan no ha cambiado.

—Esa es la parte importante.

La noche anterior había querido llevársela al ático y se había obligado a dejarla marchar. Ahora la tenía a su lado, camino de una casa en la que no metía a cualquiera. Quería follarla. También quería seguir viéndola el lunes. Lo segundo empezaba a inquietarlo más.

—Dime que en la casa hay cobertura —dijo Nuria.

—Demasiada. También wifi, aunque pienso dejar el teléfono en un cajón.

—Perfecto. Así podrás ignorar a Jaime con cinco rayas.

Nuria volvió la cabeza hacia él.

—Eso quiero verlo.

—Puedes dejar el tuyo al lado.

—Ni de coña. Todavía no sé si cocinas tan bien como conduces.

Miguel se echó a reír. El X4 se incorporó a la A-6 y los edificios fueron perdiendo altura hasta dejar paso a las urbanizaciones y a las primeras líneas oscuras de la sierra.

***

Nuria conocía bien aquella carretera. Sabía dónde cedían las últimas construcciones y empezaban los pinares. Aquella tarde miraba más a Miguel que al paisaje.

La conversación sobre la prensa no había alterado su voz. Los retrovisores sí. Conducía relajado, pero vigilaba cualquier vehículo que permaneciera demasiado tiempo detrás del X4.

Un turismo gris los acompañó durante varios kilómetros. Nuria miró por el espejo lateral. Cuando los adelantó, vio a una mujer al volante y dos niños discutiendo en los asientos traseros.

—Tus perseguidores llevan sillitas infantiles.

Miguel siguió el turismo con la mirada hasta perderlo entre el tráfico.

—La gente se organiza cada vez mejor.

—Tu abogado debe de estar orgulloso.

—Jaime cobra por imaginar catástrofes. Yo le doy material.

La luz le alcanzó los ojos y Nuria bajó el parasol. A ambos lados de la autovía quedaban manchas de nieve endurecida y, delante de ellos, la sierra empezaba a ocupar todo el horizonte.

—No tienes pinta de improvisar muchos fines de semana.

—No suelo.

La invitación sí lo había sido. Todo lo demás, evidentemente, no.

—Me tranquiliza.

Miguel la miró un instante.

—¿Te preocupaba?

—Dormir fuera con un hombre al que conozco desde hace nueve días debería preocuparme un poco.

—¿Y te preocupa?

Nuria se acomodó en el asiento.

—Cada vez menos.

Miguel sonrió y volvió la atención a la carretera.

Pasaron unos kilómetros antes de que ella hablara otra vez.

—¿Has pensado en esta noche?

—Sí.

—Qué respuesta tan informativa.

—Has preguntado si lo he pensado.

Nuria soltó una risa.

—Vale. Reformulo. ¿Tenemos el mismo plan?

Miguel la miró de nuevo, apenas un segundo.

—Creo que sí.

A Nuria le bastó. No necesitaban decidir nada en el coche ni convertir el fin de semana en una carrera hacia la cama.

Miguel puso música: jazz, rock británico y una canción francesa que Nuria recordaba de las cenas de sus padres.

Había pasado la semana viendo su rostro unido a titulares y opiniones de desconocidos.

El hombre al volante se reía con facilidad, llevaba un jersey impecable y había sujetado los esquís con una seriedad absurda.

Le interesaba mucho más que el cirujano de las noticias.

—Esto mejora bastante el viaje —dijo.

—Llevas media hora conmigo y ¿ahora mejora?

—No compitas con una canción.

Miguel subió un poco el volumen.

Dejaron atrás Torrelodones. Las montañas ocupaban ya buena parte del horizonte y el tráfico se hizo menos denso. Nuria se abrió el anorak. El calor del coche y la noche mal dormida empezaban a pesarle.

Hablaron de las pistas que frecuentaban. Ambos preferían llegar antes de que la nieve se estropeara y las cafeterías se llenaran. Miguel empezó a explicarle qué cotas abrirían si continuaba nevando.

—No me prepares un informe esta noche —dijo Nuria—. Miramos por la ventana, desayunamos y decidimos.

—Ese método depende demasiado de la ventana.

—Y el tuyo de que la montaña haya leído el parte.

Miguel aceptó la objeción sin renunciar del todo a su pronóstico. Dejaron la autovía y tomaron una carretera más estrecha. La nieve ocupaba las cunetas y los claros del bosque. Él redujo la velocidad en las zonas de sombra, donde el asfalto conservaba humedad.

El camino ascendía entre muros de piedra y fincas ocultas por los pinos. Terminó ante una verja de hierro que se abrió al pulsar Miguel el mando. El X4 avanzó sobre la grava, rodeado de nieve sin pisar. Nuria bajó la ventanilla y dejó entrar el olor a tierra húmeda y resina.

Sobre las seis menos cuarto, la casa apareció al final del camino: piedra, madera oscurecida y una cubierta de pizarra cargada de nieve.

Miguel detuvo el coche frente al porche. Nuria abrió la puerta y apoyó las botas sobre la grava. El frío se coló por el cuello del anorak y terminó de despejarla.

Miguel descargó el maletero. Después liberó los esquís del portaesquís y los llevó hasta un soporte cubierto junto al garaje. Cuando regresó, Nuria se había colgado dos bolsas de cada brazo.

—Dame una.

—Tú llevas la maleta. He distribuido el trabajo con criterios sindicales.

—No sabía que los criterios sindicales incluyeran cargar vino sobre hielo.

Miguel le quitó una de las bolsas.

—Eso ha sido abuso de poder.

—Denúnciame el lunes.

Subieron al porche con cuidado; la madera estaba húmeda y empezaba a helarse.

El calor de la casa los recibió nada más entrar, mezclado con el olor de la madera y la piedra fría del recibidor. Nuria se quitó el anorak y lo colgó.

Las fotografías antiguas de la consola mostraban la misma casa rodeada por árboles mucho más jóvenes; en una de ellas, tres hombres posaban junto a un todoterreno cubierto de barro.

Los marcos estaban limpios, el espejo sin una huella y la madera del banco, gastada en los bordes, conservaba el brillo del uso y los años.

El recibidor conservaba un paragüero de cobre abollado, un reloj que adelantaba dos minutos y un perchero demasiado grande para aquel espacio. La casa había sido reformada, pero buena parte de lo antiguo seguía en su sitio.

—Aquí se podría operar —dijo Nuria mientras miraba alrededor.

—Paco y Marisa se ocupan de la casa y de la finca desde que yo era niño. Si encuentras polvo, avísame para que pueda despedirlos después de treinta años.

Nuria sonrió y se acercó a la consola. Los marcos guardaban la misma distancia entre ellos y, cuando Miguel desplazó uno apenas unos milímetros, ella lo vio.

—Eso no lo hacen Paco y Marisa, ¿verdad?

Miguel comprobó el marco antes de apartar la mano.

—Estaba torcido.