48 segundos CAPÍTULO 4 El equilibrio #3
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CAPÍTULO 4 El equilibrio #3

—Tú y yo hemos follado muchas veces sin cenar y nunca nos ha creado un problema.

—Precisamente.

—Entonces no me vendas que de repente te has vuelto un chico formal.

—No es eso.

—¿Entonces?

Miguel probó la pasta antes de responder.

—Quiero volver a verla después.

Rebeca lo observó un momento.

—Eso sí es nuevo.

—Por eso te he llamado.

Probó otro bocado antes de volver a mirarlo.

—¿Qué tiene?

Miguel se limpió la boca con la servilleta.

—Es directa. Sabe lo que quiere y no parece impresionarle demasiado quién soy. La vi trabajar cuando todo se estaba yendo a la mierda y no perdió la cabeza; el lunes declaró lo que había visto, aunque podía haberse quedado callada y ahorrarse problemas.

—Y está buena.

Miguel la miró.

—Mucho.

—Menos mal. Empezabas a preocuparme.

Él sonrió y siguió comiendo.

—No sé qué espera ella.

—Pregúntaselo.

—Todavía no.

—Entonces no me preguntes a mí. Yo no la conozco.

Miguel dejó los cubiertos.

—Quiero pasar el fin de semana con ella, follar con ella y ver qué pasa cuando volvamos.

Rebeca levantó la copa.

—O sea, que quieres seguir viéndola.

—Sí.

—¿Y con todo el circo que tienes montado te vas a la sierra?

—Sí.

—Bien.

Miguel levantó la vista.

—¿Bien?

—Si te quedas en Madrid vas a pasarte dos días mirando el teléfono, llamando a Jaime e intentando arreglar cosas que ahora mismo no puedes arreglar. Mejor Cercedilla.

—Qué considerada.

—Y si follas, mejor todavía.

Miguel soltó una risa.

—Eres una amiga excelente.

—Eso llevo años diciéndote.

Terminaron de comer y, cuando la camarera retiró los platos, pidieron café.

—¿Qué vas a cocinarle esta noche?

—Lubina a la sal, con verduras.

Rebeca sonrió.

—Te estás esforzando.

—Me gusta cocinar.

—A mí también me cocinas.

—Exacto.

—Sí, pero a mí ya no necesitas impresionarme.

Miguel bebió café.

—No intento impresionarla.

—Claro.

—Mañana comeremos en el asador de Jesús.

—Ahora sí estoy celosa.

—Por los solomillos, cabrona.

—Evidentemente.

Con el café, Rebeca le habló de dos problemas de la agencia y Miguel la escuchó hasta que consultó la hora.

—Aún tienes margen.

—Quiero pasar por casa y preparar las cosas.

—Entonces pide la cuenta.

Miguel hizo una seña a la camarera, pagó antes de que Rebeca sacara la tarjeta y recogió el abrigo.

Fuera, el frío había despejado parte de la acera. Rebeca levantó la mano al ver un taxi libre y, mientras se acercaba, volvió a mirarlo.

—Si esto se pone peor, me llamas.

—Tengo a Jaime.

—No te he dicho que llames a Jaime.

Miguel sostuvo su mirada.

—Te llamaré…

Rebeca lo sujetó por la solapa y lo besó en la boca. Sonrió antes de entrar en el taxi y cerrar la puerta.

Miguel consultó el teléfono. Entre las llamadas y notificaciones destacaba un titular:

«El hospital respalda al cirujano que amputó la pierna a Álex Santacruz».

La rueda de prensa había terminado. Ramírez confirmaba el respaldo de la comisión y la familia anunciaba que estudiaría posibles acciones legales. Debajo de la noticia aparecía una fotografía de Miguel entrando en el hospital y una corriente de comentarios que seguía creciendo.

Un mensaje de Jaime ocupó la parte superior de la pantalla:

«No respondas a ninguna llamada. Luego hablamos».

Miguel guardó el teléfono. A pocos metros, un hombre lo observaba con el móvil a la altura del pecho. Al verse descubierto, bajó el dispositivo y fingió revisar la pantalla. Miguel pidió un taxi y se alejó sin comprobar si lo había fotografiado.

Durante el trayecto, la radio interrumpió la programación para hablar del caso. El conductor levantó la vista hacia el retrovisor.

—Menuda historia la del futbolista.

—Sí.

—Dicen que decidieron amputar en menos de un minuto.

Miguel miró por la ventanilla.

—La prensa simplifica bastante las cosas.

El conductor se encogió de hombros y subió el volumen. Miguel dejó de escuchar.

Al llegar a casa guardó las compras y llevó una mochila al dormitorio. Estaba eligiendo la ropa cuando recibió un mensaje de Nuria:

«¿Sigue en pie?».

«Sí. A las cinco».

«Bien. Confío en que encuentres la puerta correcta».

Miguel sonrió.

«Procuraré no repetir el error».

«No he dicho que fuera un error».

Permaneció unos segundos mirando la pantalla antes de escribir de nuevo.

«Hay una cosa que debes saber antes de decidir. Han publicado mi dirección, matrículas y datos de gente del equipo. Hoy ya me han hecho fotos por la calle. Si prefieres dejar Cercedilla para otro fin de semana, lo entenderé».

La respuesta llegó enseguida.

«¿Tú quieres cancelarlo?».

«No».

«Entonces yo tampoco. Te espero a las cinco».

Miguel leyó el mensaje dos veces. Dejó el teléfono sobre la cama y terminó de preparar la mochila. Se puso unos vaqueros oscuros, un jersey de lana y botas de montaña; después distribuyó la compra en dos bolsas térmicas y comprobó que llevaba las llaves de la casa.

A las cuatro y media bajó al garaje. Guardó la mochila y las bolsas en el maletero del X4 y colocó los esquís en el portaesquís.

Antes de entrar recorrió con la vista las columnas y los coches estacionados.

No vio a nadie. Esperó a que la puerta del garaje quedara completamente abierta y puso el coche en marcha.