48 segundos CAPÍTULO 4 El equilibrio #2
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CAPÍTULO 4 El equilibrio #2

Al volver a su apartamento, Nuria puso una lavadora y comprobó el equipo de esquí. Miguel no le había explicado qué pensaba hacer durante el fin de semana; ella tampoco había pedido un programa. Preparó ropa para dos días y dejó un segundo conjunto sobre la cama mientras decidía si llevarlo.

Salió poco después de las diez. Tenía reservada desde hacía semanas una sesión de fisioterapia y no iba a cancelarla solo porque Miguel pasara a recogerla aquella tarde. La recepcionista la saludó por su nombre y la acompañó hasta la cabina.

Al salir compró una hogaza de pan en un horno del barrio, un poco de queso curado y una botella de vino blanco gallego. Mientras esperaba para pagar consultó la previsión del tiempo. La nieve llegaría a la sierra durante la noche.

En casa dejó el pan y el queso junto al equipaje y metió el vino en la nevera.

Más tarde, mientras preparaba algo para comer, abrió el portátil y consultó el cuadrante quirúrgico de la semana siguiente. En la bandeja de entrada encontró un mensaje de la dirección médica:

«Intervención Álex Santacruz. Confidencialidad y conservación de documentación».

El correo recordaba al personal la prohibición de realizar declaraciones y comunicaba que las grabaciones, los registros y cualquier documento relacionado con la intervención quedarían preservados ante posibles reclamaciones.

Al pie figuraba una referencia administrativa que Nuria no reconoció: «ORBE».

Volvió al principio y repasó mentalmente las respuestas que había dado ante la comisión.

El mensaje procedía de Asterión y no le pedía ninguna actuación.

No encontró ninguna razón para que aquella referencia figurara en una orden de conservación, pero tampoco tenía a quién preguntárselo sin abrir una cuestión que el propio correo no explicaba.

El olor del salmón la devolvió a la cocina. Bajó el fuego y apartó la sartén. Comió en la isla con el Outlook abierto en la pantalla. Cuando terminó, cerró el mensaje y llevó el portátil al despacho.

A las cuatro menos cuarto ya había recogido la cocina y terminado de preparar el equipaje.

Se hizo un café y trató de leer en el salón, pero llegó al final de la página sin saber qué acababa de leer.

Volvió al dormitorio, metió en la maleta el segundo conjunto que había dejado sobre la cama y cerró la cremallera.

Aún faltaba más de una hora.

***

Poco antes de las once, Miguel llegó a su ático. Dejó las carpetas de Jaime sobre la mesa del despacho y se quitó el traje. El silencio de la casa le produjo un alivio breve, hasta que oyó el teléfono vibrando dentro del abrigo.

Se cambió y le pidió a Alexa que conectara la calefacción de la casa de Cercedilla mientras revisaba el sistema de seguridad y la previsión del tiempo.

Nevaría a partir de las diez y, aunque tenía la cena pensada desde hacía un par de días, todavía necesitaba pasar por el mercado para comprar el producto fresco con el que quería cocinar para Nuria.

En el mercado eligió dos lubinas y pidió que las dejaran enteras. Mientras el pescadero las envolvía, una mujer se detuvo al otro lado del puesto.

—Perdone… ¿Usted es el doctor Cortés?

Miguel se volvió. La mujer llevaba una bolsa de fruta apoyada contra el pecho y lo miraba con una mezcla de curiosidad y prevención.

—Sí.

—El del futbolista.

El pescadero interrumpió lo que estaba haciendo. Miguel esperó la pregunta.

—¿De verdad no podían salvarle la pierna?

—No puedo hablar de un paciente.

—Ya. Claro.

La mujer bajó la vista, incómoda, y se alejó. Miguel pagó sin comentar nada y, al pasar junto al puesto de fruta, oyó su nombre en una conversación que se interrumpió cuando se acercó.

Guardó la compra en el maletero y permaneció unos segundos junto al coche. Estaba acostumbrado a que lo reconocieran en congresos, hospitales y actos benéficos, pero aquella mirada era distinta: antes de dirigirle la palabra, la mujer ya había decidido qué clase de hombre era.

El teléfono volvió a vibrar. Jaime confirmaba el envío de los primeros requerimientos y le pedía que no contestara a ningún medio; había también un correo de Asterión Madrid con el comunicado para la rueda de prensa y varias llamadas de números desconocidos. Guardó el móvil y arrancó.

En casa dejó el pescado en el frigorífico y guardó el resto de la compra.

Normalmente habría llenado aquellas horas con informes o una visita al hospital, pero no tenía intervenciones pendientes y aparecer allí solo atraería más atención.

Faltaban casi cuatro horas para recoger a Nuria y, por una vez, no tenía nada urgente que hacer.

Miguel buscó el nombre de Rebeca en la agenda. Rebeca contestó al segundo tono.

—Si esto es una consulta telefónica, te recuerdo que cobro por minutos.

—Necesito hablar contigo. De una mujer.

Rebeca guardó silencio.

—¿Dónde estás? —preguntó Miguel.

—Saliendo de una reunión en Serrano.

—Tengo libre hasta las cinco. ¿Has comido?

—No. Estoy cerca del italiano. Nos vemos allí en diez minutos.

—De acuerdo.

—Miguel…

—Te lo cuento allí.

Rebeca colgó. Miguel dejó el teléfono sobre la consola y fue a buscar el abrigo.

Habían compartido cama con la frecuencia suficiente para conocerse sin ropa y demasiadas temporadas separados para convertir aquello en una pareja convencional.

Rebeca sabía con quién se acostaba Miguel, qué mujeres habían durado una noche y cuáles habían regresado varias semanas.

Él conocía sus amantes, sus rupturas y los hombres a los que abandonaba cuando empezaban a exigirle una versión de sí misma que no estaba dispuesta a ofrecer.

Nunca se habían pedido exclusividad ni habían utilizado la amistad para reclamar lo que el sexo no les daba.

Cuando Miguel llegó al restaurante, Rebeca ya estaba sentada junto al ventanal, con una carpeta en la silla contigua, el teléfono en la mano y una copa de vino delante.

—Cinco minutos tarde. Algo grave te está pasando.

—El taxi.

—Tú calculas hasta los semáforos.

Se levantó y lo besó en la boca antes de que Miguel dejara el abrigo en el respaldo y se sentara frente a ella.

—Tienes mala cara.

—Tú estás encantadora.

—Gracias. Sigues teniendo mala cara.

La camarera se acercó y ambos pidieron sin mirar la carta. Rebeca esperó a que se alejara antes de dejar el teléfono sobre la mesa.

—He visto tu cara seis veces desde que he salido de la reunión.

—Podrían haber elegido una foto mejor.

—No tiene gracia, Miguel.

—Ya.

—También he visto los nombres de Rubén, Héctor y Laura.

—Los tres estaban conmigo en el quirófano. Ya los han metido también en esto.

—¿Y tú?

—Yo dirigía la intervención y fui quien tomó la decisión. Es más fácil ponerme a mí en el titular.

Rebeca bebió un poco de vino.

—Han publicado tu portal.

—Jaime se está ocupando.

—Jaime se ocupa de los papeles. Yo te estoy preguntando por ti.

Miguel llenó los dos vasos de agua.

—Mientras esto siga así, no te conviene que te relacionen demasiado conmigo.

Rebeca lo miró.

—No me jodas.

—Han publicado matrículas, horarios, direcciones…

—Y tu solución es decidir tú con quién me conviene que me vean.

—Mi solución es que todo este lío no te acabe perjudicando.

—Llevamos casi diez años entrando y saliendo de la vida del otro. Si alguien quiere averiguar que te conozco, llega unos nueve años tarde.

Miguel apoyó la espalda en la silla.

—No quiero que te salpique.

—Eso lo decido yo.

La camarera dejó una cesta de pan caliente. Rebeca cogió un trozo y lo abrió con los dedos.

—Además, si querías mantenerme lejos de ti, has elegido un método bastante extraño para hacerlo.

—Necesitaba hablar contigo.

Rebeca dejó el pan en el plato.

—Eso sí me preocupa. ¿Qué coño ha pasado?

Miguel partió un trozo del suyo.

—Una mujer.

—Ah.

—Nuria Bosch. La instrumentista que trabajó conmigo en la operación de Santacruz.

—La de la comisión.

—Sí.

—¿Y?

—Anoche cenamos y dentro de unas horas nos vamos a Cercedilla.

Rebeca cogió la copa.

—Empieza por el principio.

Miguel empezó por el vestuario y ella lo dejó llegar hasta el momento en que encontró a Nuria desnuda.

—Espera. ¿Tú entraste en el vestuario de mujeres?

—Por error.

—Tú compruebas dos veces hasta las reservas de los restaurantes.

—La señalización era confusa.

—Y ella estaba desnuda.

—Los dos acabábamos de ducharnos.

Rebeca intentó beber para ocultar la carcajada y no lo consiguió.

—Joder, Miguel.

—¿Ya has terminado de descojonarte, cabrona?

—Ni de lejos. Sigue.

Miguel continuó con la gala, la comisión y la cena de la noche anterior hasta llegar al beso contra el coche y la llamada de Jaime.

Al hablar de Nuria se detuvo más de lo previsto en cómo había trabajado durante la intervención y en que hubiera declarado exactamente lo que vio cuando callarse habría resultado mucho más sencillo.

Rebeca dejó de sonreír.

—¿Ella sabe cómo está esto?

—Estuvo en la comisión.

—No te pregunto por Santacruz. Te pregunto si sabe que están publicando dónde vives y datos de la gente de tu equipo.

Miguel tardó un momento en responder.

—Se lo contaré antes de salir de Madrid.

—Bien.

—Jaime me ha dicho exactamente lo mismo.

—Entonces, por una vez, tu abogado y yo estamos de acuerdo.

Llegaron los platos y la camarera los sirvió. Rebeca probó el suyo cuando volvieron a quedarse solos.

—¿Y anoche se marchó sola?

—Sí.

—¿Habría ido a tu casa contigo?

Miguel dejó el pan en el plato.

—Probablemente.

—Pero no se lo propusiste.

—No.

—¿Por qué?

Con Rebeca no necesitaba fabricar una explicación que lo dejara en mejor lugar.

—No quería que aquello se redujera a follar después de una cena.

Ella apoyó los cubiertos.