CAPÍTULO 4 El equilibrio
El despertador no llegó a sonar. Nuria abrió los ojos a las cinco y media y apagó la alarma antes de que vibrara.
Fuera todavía era de noche. Permaneció bajo el edredón, despierta sin motivo aparente, hasta que el aparcamiento volvió entero: las manos de Miguel en sus caderas, su cuerpo contra el de ella y el beso cortado por la llamada de Jaime. Apartó el edredón con una risa baja.
En la cocina preparó el batido de todas las mañanas. La ropa deportiva esperaba sobre la butaca desde la noche anterior. Mientras se recogía el pelo frente al espejo, la tirantez de la coleta le recordó los dedos de Miguel bajo la oreja. El deseo le recorrió el cuello y continuó más abajo.
Dejó el batido en el vaso térmico, cogió la mochila y salió.
En el gimnasio comenzó por la cinta. Aumentó la velocidad hasta encontrar su ritmo y fijó la vista en el reflejo de los ventanales.
La respiración y la cadencia de las zapatillas consiguieron ocuparla hasta que recordó cómo Miguel la había sujetado contra el coche.
El pie derecho rozó el lateral móvil y tuvo que agarrarse a la barra.
Bajó un punto la velocidad y terminó el tiempo previsto. No pensaba permitir que un hombre al que conocía desde hacía nueve días arruinara también su entrenamiento.
Se sentó en el banco y bebió agua. Miguel le gustaba mucho. La noche anterior habría subido con él al ático y aquella tarde pensaba marcharse a la sierra sin saber qué ocurriría al llegar. La incertidumbre aumentaba la excitación. No necesitaba decidir nada más para admitir que deseaba verlo.
En el vestuario se duchó y guardó la ropa deportiva. Al buscar el vaso térmico encontró el hueco vacío en la mochila: lo había dejado junto a la cafetera. Resopló mientras cerraba la cremallera.
Salió del gimnasio. Aún debía preparar el equipaje y revisar los esquís antes de que Miguel pasara a recogerla.
***
Miguel llegó al despacho de Jaime poco antes de las ocho.
La planta diecisiete permanecía casi vacía y la recepcionista lo condujo a la sala de reuniones.
Llevaba años apareciendo por allí: primero para recoger a Jaime después de alguna jornada interminable y, más tarde, cuando alguno de los dos necesitaba hablar sin despachar el asunto en una llamada de cinco minutos.
Sobre la mesa había una carpeta gruesa con el nombre de Álex Santacruz impreso en la cubierta. Jaime tenía la corbata floja, la misma camisa del día anterior y dos vasos de café vacíos a su lado.
Jaime le acercó la carpeta: portadas, transcripciones de tertulias, capturas de redes y fotogramas de informativos.
Una fotografía de Miguel saliendo del hospital acompañaba un titular que lo responsabilizaba del final de la carrera de Santacruz.
Fuera de Asterión, el respaldo de la comisión apenas importaba.
Médicos y antiguos deportistas aislaban los cuarenta y ocho segundos y sostenían que Miguel había descartado una reconstrucción viable, actuado sin consultar al equipo o desobedecido a una familia que no recibió información hasta que Santacruz estuvo estabilizado.
—Todo eso es mentira.
—Lo sé, pero ha dejado de ser solo un problema de prensa.
Jaime encendió la pantalla de la pared. Aparecieron la fachada del edificio donde vivía Miguel, la matrícula parcial de su coche, una fotografía del coche de Laura y una lista con los nombres de Rubén, Héctor y Laura. A Laura le atribuían además un cargo hospitalario que nunca había ocupado.
Miguel se acercó a la pantalla.
—No me jodas. Que lo retiren.
—Los requerimientos están preparados. Lo publicado no desaparecerá de todas partes porque lo ordenemos desde aquí.
En otra captura se exigía la retirada de la licencia de Miguel.
Debajo se acumulaban insultos, amenazas y fotografías tomadas de campañas hospitalarias.
Jaime había separado las opiniones de las afirmaciones verificables y de los mensajes que contenían datos personales, horarios o llamadas a hostigar a quienes habían intervenido.
—Lo que digan de mí me da igual. Lo de mi gente, no.
Jaime no respondió. Miguel volvió a mirar los nombres de su equipo.
—Me preocupa que un paciente busque a Rubén antes de una intervención y encuentre a miles de personas llamándolo carnicero. O que Laura tenga que explicar por qué la fotografía de su coche circula por una red social.
Miguel regresó a la mesa. Debajo de las capturas había una solicitud de acceso presentada por Garrigues y un borrador del comunicado del hospital.
Jaime pediría a Asterión la conservación formal del informe de la comisión, el registro intraoperatorio, las grabaciones y las declaraciones completas, además del inventario íntegro de ese material.
La familia y el club accederían por los cauces legales. Los medios, no.
—La historia clínica es confidencial —dijo Miguel.
—Y seguirá siéndolo. El comunicado solo confirmará la hemorragia masiva, la necesidad de amputar para salvarle la vida y el respaldo de la comisión.
Miguel leyó el borrador. Corrigió «pérdida sanguínea grave» por «hemorragia masiva» y sustituyó «extremidad irrecuperable» por «lesiones incompatibles con una reconstrucción viable». El resto le pareció escrito por alguien que nunca había pisado un quirófano, pero lo dejó como estaba.
—Preguntarán por los cuarenta y ocho segundos.
—Ramírez explicará que empiezan cuando la inviabilidad ya estaba constatada y terminan con la orden formal de amputar. No representan la duración de la valoración ni las horas empleadas en intentar conservar la pierna.
—Recortarán la respuesta.
—La respuesta completa quedará grabada.
La siguiente hoja resumía la cobertura de Aethel Specialty Risk por incapacidad permanente, pérdida de valor deportivo y lucro cesante. La exposición podía superar los sesenta millones de euros, y la aseguradora revisaría lo ocurrido desde el accidente hasta la salida del quirófano.
—La comisión ya ha revisado la actuación.
—La comisión respondía a una pregunta médica. La aseguradora decidirá qué debe pagar y si puede reclamar después a un tercero.
Miguel dejó la hoja sobre la mesa. El club, la familia y las aseguradoras empezarían a calcular qué parte de la pérdida podían trasladar al hospital, a CRT o a él. Si no encontraban una vía clara, encargarían informes hasta encontrarla.
Jaime le explicó que no pretendía abrir una guerra con la familia ni discutir cada opinión publicada.
Actuaría contra los medios que presentaran una falsedad comprobable como un hecho y se negaran a rectificar.
Los insultos anónimos quedarían fuera, salvo que incluyeran una amenaza o datos que permitieran identificar a quien los había escrito.
Miguel no buscaba indemnizaciones. Quería que retiraran las falsedades antes de que condicionaran a sus pacientes, a los hospitales que contrataban al equipo o a cualquier perito que recibiera el expediente después de haber seguido el caso en televisión.
Jaime cerró la carpeta. Había ordenado los documentos con la precisión de siempre, pero el cansancio volvía áspera su voz.
—Ahora necesito una respuesta que no irá en ningún comunicado. ¿Hay una decisión de aquella operación que un perito serio pueda cuestionar con fundamento?
Miguel miró la fotografía del campo quirúrgico incorporada al informe. La arteria se perdía entre tejido desgarrado y sangre; las manos del equipo mantenían una compresión que ya no podía resolver nada.
—La arteria estaba destruida. No había un segmento utilizable y el daño muscular y ortopédico impedía una reconstrucción viable. Cuando ordené amputar, la hemorragia seguía activa y la coagulopatía estaba empeorando. Prolongar el intento habría matado a Santacruz.
—¿Cambiarías algo si volvieras a entrar en ese quirófano?
Miguel mantuvo la vista en la imagen antes de responder.
—Intentaría salvarle la pierna otra vez. Y si llegara al mismo punto, volvería a amputar.
Jaime recogió el informe.
—Con eso puedo trabajar.
—No servirá en una tertulia.
—No defiendo casos en una tertulia.
Se levantó y caminó hasta la cafetera situada al fondo de la sala. La jarra estaba vacía.
—¿Has dormido? —preguntó Miguel.
—Una hora, en el sofá. La primera secretaria que entre se llevará una impresión inolvidable.
—Podías haberte ido a casa.
—Y tú podías haber contestado el teléfono.
Miguel sacó el teléfono y comprobó las notificaciones que no había abierto.
—La rueda de prensa será a la una —continuó Jaime—. Hablarán Ramírez y el jefe de Cirugía. Tú no estarás.
—Podría responder las preguntas médicas.
—Y tendrías que elegir entre vulnerar la confidencialidad de Santacruz o parecer evasivo. Ramírez confirmará el resultado de la comisión y pedirá respeto para el paciente. Después enviaremos los requerimientos a quienes hayan presentado como hechos versiones que podemos demostrar falsas.
Miguel guardó el teléfono.
—¿Hay amenazas creíbles?
—Aún no lo sé. La mayoría parecen escritas por gente que se desahoga detrás de una pantalla.
Seguridad está revisando las que incluyen direcciones, horarios o referencias a personas de tu entorno.
Hasta saber quién ha filtrado los datos, cambia de ruta, alterna el coche y avisa antes de ir al hospital.
—No voy a ir solo —dijo Miguel.
Jaime levantó la vista de la carpeta.
—¿Nuria?
—Sí.
—¡Qué cabrón! Antes de salir de Madrid le cuentas que han publicado datos tuyos y de personas vinculadas al equipo. Si decide ir, será con toda la información.
Miguel no discutió.
—Pensaba hacerlo.
Jaime lo acompañó hasta la puerta.
Miguel se puso el abrigo.
—Gracias.
—Dentro de una semana quizá quieras estrangularme.
—Te conozco desde los ocho años. La posibilidad no es nueva.
Miguel salió de la sala. Mientras esperaba el ascensor, sacó el teléfono: cuarenta y siete llamadas perdidas, dieciocho mensajes y treinta y cinco correos. Una notificación mostraba su fotografía junto a la palabra «mutilación». Debajo seguían visibles los nombres de Rubén, Héctor y Laura.
Bloqueó la pantalla sin abrirla. Las puertas del ascensor se cerraron delante de él.
***