48 segundos CAPÍTULO 3 La anatomía del riesgo #3
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CAPÍTULO 3 La anatomía del riesgo #3

Miguel sonrió. El camarero dejó las cartas sobre la mesa.

Nuria llevaba un vestido oscuro sin adornos y el pelo recogido, con el cuello completamente despejado.

Miguel recordó el agua descendiendo por aquella misma piel en el vestuario y abrió la carta antes de que ella descubriera dónde estaba mirando.

—¿Has estado aquí más veces?

—Unas cuantas.

—Entonces he hecho bien dejándote elegir.

—Todavía no has comido.

—También es verdad.

El sumiller apareció junto a la mesa.

—¿Desean consultar la carta de vinos?

Nuria negó con la cabeza.

—Un Cepas Viejas. —Miró a Miguel—. ¿Te va bien?

—Sí, perfecto.

El sumiller se alejó y Miguel cerró la carta.

—Podías haberme preguntado antes de pedirlo.

—Te he preguntado.

—Después de pedirlo.

Nuria sonrió.

—Y has dicho que sí. No veo el problema.

—Ninguno. Voy entendiendo cómo funciona esto.

—Miguel, llevamos cinco minutos.

—Precisamente.

El vino llegó. Nuria lo probó, asintió y esperó a que el sumiller llenara las copas.

Miguel levantó la suya.

—¿Brindamos por algo?

—Por haber salido vivos del lunes.

—Yo he salido bastante bien.

—Cabrón.

Miguel se rio.

—¿Qué?

—A ti te dieron la razón. A mí me llamó Ramírez en cuanto terminó la comisión.

—¿Para qué?

—Para echarme la bronca sin llamarlo bronca.

Miguel dejó la copa a medio camino.

—¿Por haber intervenido?

—Por intervenir, por discutir con Garrigues, por hablar más de la cuenta… Lo normal.

—Te dije que iba a pasar.

—Sí, ya me acuerdo.

—No te lo digo por…

—Ya sé por qué me lo dices. —Nuria bebió—. Pero llevo cuatro días con gente diciéndome lo que puedo contar, lo que no puedo contar, con quién puedo hablar y casi dónde puedo sentarme. Me estoy cansando un poco.

—Garrigues va a seguir apretando.

—Que apriete. Lo que no va a decidir es con quién ceno.

Miguel la miró por encima de la copa.

—Cenar conmigo ahora mismo tampoco es la idea más prudente del mundo.

—No he venido porque sea prudente.

El camarero regresó para tomarles nota. Nuria pidió sin mirar demasiado la carta. Miguel eligió después y esperó a que volviera a alejarse.

—Una cosa.

—A ver.

—Al final me invitaste tú.

Nuria frunció el ceño.

—Perdona.

—Yo dije cena. Tú elegiste restaurante, hora y vino.

—Porque si esperaba a que lo hicieras tú acabábamos cenando el mes que viene.

Miguel soltó una risa.

—Puedo irme.

—Sí, claro.

—¿No me crees?

—No.

—¿Tan segura estás?

Nuria se encogió de hombros.

—Tenía curiosidad.

—¿Por mí?

—No te emociones.

—Demasiado tarde.

Ella sonrió y cogió la copa.

—Quería verte fuera del hospital. Sin bata, sin una comisión delante, sin veinte personas pendientes de lo que dices.

—El sábado me viste en el Palace.

—Eso no cuenta.

—¿Por qué?

—Porque estabas trabajando.

—Era una gala.

—Miguel, estabas pendiente de todo el mundo menos de la gala.

Él no discutió.

—Vale. ¿Y ahora qué?

—¿Qué?

—Ya me estás viendo fuera del hospital. ¿Alguna conclusión?

Nuria lo observó un momento.

—Sí.

—¿Cuál?

—Que te pone bastante nervioso no controlar lo que pasa.

Miguel sonrió.

—Eso ya lo sabías.

—No sabía que tanto.

Los entrantes llegaron y la conversación se interrumpió. Durante los primeros minutos hablaron del restaurante, del vino y de una combinación del plato que a Nuria le había parecido mejor al leerla que al probarla. Miguel discrepó, volvió a probarla y acabó dándole la razón.

Cuando retiraron los platos, dejó la copa sobre el mantel.

—Bueno.

—¿Qué?

—¿Está mereciendo la pena?

Nuria lo miró.

—¿La cena?

—Sí.

—No está mal.

—Qué entusiasmo.

—Aún no me he ido.

Miguel llevaba buena parte de la cena pensando en cómo plantearle lo que quería decir. Al final decidió dejar de buscar una forma mejor.

—Mañana voy a subir a la sierra.

—Vale.

—Tengo una casa en Cercedilla.

Nuria esperó.

—Y quiero que vengas conmigo.

Esta vez no hubo respuesta inmediata. Nuria dejó la copa sobre la mesa.

—¿Mañana?

—Sí.

—¿A tu casita de la sierra?

—Sí.

—Joder, Cortés.

Miguel sonrió.

—¿Qué?

—Que íbamos a cenar.

—Estamos cenando.

—Ya. Y ahora me estás proponiendo que me vaya contigo un fin de semana.

—Correcto.

Nuria soltó una risa.

—Por lo menos no lo adornas.

—¿Para qué? Tú y yo tenemos algo pendiente.

Nuria sonrió por encima de la copa.

—¿Pendiente? Yo diría que lo dejamos a medias.

Miguel sostuvo su mirada.

—Por eso.

—¿Cuándo volveríamos?

—El domingo.

—O sea, dos noches.

—Sí.

Nuria lo miró durante unos segundos.

—¿Trabajas mañana? —preguntó Miguel.

—No.

—Entonces…

Ella levantó un dedo.

—No hagas eso.

—¿Qué?

—Convertirlo en una cuestión de agenda. Que no trabaje no significa que me vaya contigo a la sierra.

—Vale. Tienes razón.

—Eso ha dolido.

—Muchísimo.

Nuria bebió un poco de vino.

—¿Y qué haces allí?

—Nada especial. Cocino, salgo, paseo, leo, esquío si hay nieve…

—¿Cocinas?

—Sí.

—Eso sí que no me lo esperaba.

—¿Por qué?

—No sé. Te imaginaba sobreviviendo a base de restaurantes y gente que te lleva cosas a casa.

Miguel se rio.

—Tengo cocina. Y sé usarla.

—Habrá que verlo.

—También tengo una bodega y una biblioteca.

—La cosa mejora.

—La biblioteca la uso menos de lo que debería.

—La bodega, por lo que veo, no.

—Bastante más.

El camarero llegó con el siguiente plato y tuvieron que apartar las copas. Miguel esperó a que terminara de servir.

—No tienes que decírmelo ahora.

Nuria cogió el tenedor.

—Menos mal.

—Solo lo decía.

—Y yo solo te aviso de que no voy a decidir porque tengas prisa.

La invitación quedó ahí mientras continuaban cenando.

Nuria le preguntó por la casa, por la nieve y por cuánto tiempo llevaba subiendo a Cercedilla.

Miguel quiso saber desde cuándo esquiaba y descubrió que no tendría que enseñarle nada.

Cuando la conversación se acercó a relaciones anteriores, Nuria cambió de tema sin disimular demasiado.

Miguel entendió el mensaje y tampoco habló de las suyas.

Cuando terminaron, pidió la cuenta. Atravesaron el vestíbulo y esperaron el ascensor que comunicaba el restaurante con el aparcamiento privado. Al cerrarse las puertas, el ruido del comedor desapareció.

Miguel pulsó la planta.

—No me has contestado.

Nuria se apoyó contra la pared.

—Ya.

—¿Y?

—¿Y qué?

—Nuria.

Ella empezó a sonreír.

—Te está poniendo nervioso.

—No.

—Sí.

—Solo quiero saberlo.

—Pues todavía no.

Miguel la miró.

—Estás disfrutando.

—Bastante.

—Qué cabrona.

—Un poquito.

Las puertas se abrieron en la planta del aparcamiento. Nuria salió primero. Sus pasos resonaron mientras avanzaban hacia los coches, situados a poca distancia uno del otro. Allí abajo no quedaba rastro del murmullo del restaurante.

Cuando llegaron junto al coche de Nuria, ella sacó las llaves del bolso, pero no abrió la puerta. Miguel se detuvo frente a ella.

—¿Vas a hacerme esperar hasta mañana?

—Mañana a las cinco.

—¿Eso significa que vienes?

—Significa que a las cinco estaré preparada.

Miguel dio un paso hacia ella.

—Podías haberlo dicho arriba.

—No quería.

Nuria apoyó una mano sobre la puerta del coche. La distancia se había reducido lo suficiente para que percibiera la colonia de Miguel y el vino que aún llevaba en el aliento. Él rozó con los dedos la piel bajo su oreja.

Nuria lo sujetó por la solapa y tiró de él.

El primer beso fue torpe. Ella aún tenía las llaves en la mano y Miguel golpeó la puerta del coche con una rodilla. Nuria soltó una risa contra su boca.

—Muy elegante —murmuró.

—No contaba con la puerta.

—Pues tendrás que aprender a improvisar.

Miguel volvió a besarla y la sujetó por la cintura. Nuria se apretó contra él y llevó una mano hasta su cuello. El beso se volvió más lento hasta que ella aflojó los dedos de su solapa.

El teléfono vibró dentro de la americana de Miguel. Nuria mantuvo la mano en su cuello.

—Cógelo.

Miguel sacó el móvil. Al ver el nombre en la pantalla, su expresión cambió.

—Es Jaime, mi abogado.

Respondió y escuchó a Jaime sin interrumpirlo.

—Mañana a las ocho. De acuerdo. No hablaré con nadie.

Terminó la llamada y guardó el teléfono.

—¿Santacruz? —preguntó Nuria.

—Jaime quiere verme. No ha querido decirme por qué.

Miguel retiró la mano de su cintura.

—Tu abogado no llama así por nada.

—Mañana sabrás si se ha complicado.

Nuria abrió la puerta y dejó el bolso sobre el asiento.

—Te enviaré mi dirección.

—Si tengo que cancelar, te avisaré.

—Avísame.

Entró en el coche y bajó la ventanilla.

—Y procura dormir.

Miguel apoyó una mano sobre el marco de la puerta.

—Héctor me ha dicho lo mismo esta mañana.

—Entonces empieza a resultar preocupante.

Nuria puso el motor en marcha. Miguel se apartó y ella salió de la plaza.

***

Antes de abandonar el aparcamiento, Nuria se detuvo junto a la barrera, envió a Miguel la ubicación de su edificio y guardó el teléfono.

Todavía tenía los labios sensibles y notaba en la nuca la presión de su mano.

Iba a pasar el fin de semana en la sierra con un hombre al que conocía desde hacía ocho días.

La decisión tenía poco de sensata; le apetecía demasiado para seguir analizándola.

La barrera se levantó y se incorporó al tráfico.