48 segundos CAPÍTULO 3 La anatomía del riesgo #2
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CAPÍTULO 3 La anatomía del riesgo #2

Miguel permaneció inmóvil.

—Dice que ahí es donde van a buscar.

—Ya hemos hablado de esos cuarenta y ocho segundos.

—Varias veces.

—Y mi respuesta no ha cambiado.

—Eso es lo que me jode.

La voz de Álex perdió fuerza. Se pasó una mano por la cara y volvió a mirar hacia la cama.

—Usted ha repasado la operación desde entonces, ¿no?

—Sí.

—¿Muchas veces?

—Las suficientes.

Álex apretó la mandíbula.

—¿Y no ha encontrado nada? ¿Ni una cosa que pudiera haber hecho de otra manera?

Miguel conocía la respuesta antes de que terminara la pregunta.

—No. Lo siento.

Álex cerró los ojos durante un instante.

—Pues yo sigo pensando que tendría que haberla encontrado.

Miguel no intentó convencerlo. Aquello también lo habían discutido antes.

—Lárguese —dijo Álex—. Hoy no quiero seguir hablando con usted.

Miguel salió sin añadir nada. Ramírez seguía en el pasillo, revisando unos mensajes en el teléfono.

—¿Cómo ha ido?

—Igual que los últimos días.

Ramírez guardó el móvil.

—Lo de la comisión no iba a cambiar eso.

Miguel continuó hasta el despacho que utilizaba cuando trabajaba en Asterión.

Cerró la puerta, se sentó frente a la mesa y abrió de nuevo la historia clínica.

Había repasado aquella intervención demasiadas veces, pero volvió al momento de la pérdida del flujo y recorrió una vez más cada decisión hasta la ligadura definitiva.

No encontró una maniobra que hubiera cambiado el resultado.

La frase de Álex volvió con la misma precisión con la que llevaba días persiguiéndolo.

Tendría que haber encontrado otra manera.

Miguel cerró el informe y se frotó los ojos. Después pensó en Nuria delante de la pantalla, corrigiendo a Garrigues sin medir si aquello podía volverse contra ella.

Miguel cogió el teléfono y marcó la extensión del control de enfermería.

—Dime.

Reconoció la voz de Nuria.

—¿Puedes bajar un momento?

—¿Ha pasado algo?

—No.

—Entonces tendrás que darme una razón mejor.

Miguel apoyó la espalda en la silla. Había llamado para darle las gracias y podía haberlo hecho por teléfono.

—Cinco minutos.

—Voy.

Miguel dejó el auricular y abrió de nuevo la historia clínica.

Leyó dos líneas sin enterarse de ninguna.

Cerró el documento y se levantó para mirar por la ventana.

Abajo, un celador empujaba una camilla mientras dos familiares discutían junto a los ascensores.

Alguien llamó a la puerta antes de que transcurrieran los cinco minutos.

—Adelante.

Nuria entró con una carpeta bajo el brazo.

—Empieza a correr el tiempo.

—¿Siempre eres tan estricta?

—Cuando alguien me hace bajar dos plantas sin decirme para qué, sí.

Miguel señaló la silla, pero ella dejó la carpeta sobre la mesa y permaneció de pie.

—Quería darte las gracias.

—Ya lo has hecho arriba.

—Y también invitarte a cenar.

—Eso explica mejor la llamada. ¿La invitación forma parte del agradecimiento?

—No.

—Entonces acepto.

La respuesta llegó con tanta facilidad que Miguel tardó en reaccionar.

—¿El jueves?

—Me viene bien.

Nuria cogió la carpeta, pero no se movió.

—Elijo yo el restaurante.

—¿Por qué?

—Porque me apetece.

Nuria extendió una mano.

—Dame el teléfono.

Miguel sacó el móvil del bolsillo y se lo entregó. Nuria escribió su número y realizó una llamada que cortó en cuanto su propio teléfono empezó a sonar.

—Te enviaré la dirección.

—¿A qué hora?

—También te la enviaré.

Le devolvió el móvil y recogió la carpeta.

—Nuria.

Ella se volvió.

—Gracias. Por lo de la comisión.

—Procura que la cena merezca la pena y estaremos en paz.

Salió antes de que Miguel pudiera responder. Él miró el número nuevo en la pantalla. No sabía el restaurante ni la hora; solo que Nuria quería que llegara el jueves. Guardó el teléfono, recogió la documentación de la intervención y abandonó el despacho.

***

Nuria regresó al control de enfermería con la carpeta apoyada contra el costado. Una auxiliar le preguntó por una medicación pendiente y tuvo que pedirle que repitiera la consulta. Respondió, comprobó la prescripción y dejó los documentos sobre el mostrador.

—¿Todo resuelto? —preguntó la supervisora.

—Sí.

—Ramírez quiere verte antes de que te marches.

Nuria abrió la carpeta por una página cualquiera antes de cerrarla de nuevo.

—¿Ha dicho para qué?

—No. Imagino que por la comisión.

La petición no la sorprendía. Había intervenido cuando solo debía responder a las preguntas que le formularan y Garrigues había dejado claro que su declaración tendría recorrido fuera del hospital.

Lo que no esperaba era seguir pensando en la torpeza con la que Miguel había terminado invitándola a cenar.

En el quirófano no necesitaba buscar palabras ni comprobar el efecto de cada orden; delante de ella, sí.

Terminó el parte, revisó la documentación del turno de tarde y acudió al despacho del director general. Él la recibió de pie junto a la ventana y señaló una silla. Nuria prefirió permanecer de pie.

—Has ido bastante más lejos de lo que se esperaba de ti esta mañana.

—He explicado lo que ocurrió.

—Te convocaron como instrumentista, no para discutir con el abogado del club.

—Estaba alterando el orden de los hechos.

Ramírez dejó las gafas sobre la mesa.

—Garrigues pedirá que ratifiques la declaración. Puede intentar cuestionar tu cualificación o sostener que has hecho una defensa personal de Cortés.

—No he valorado la viabilidad de la pierna. He explicado lo que vi y lo que hice.

—Lo sé. También sé cómo trabajan los abogados cuando hay varios millones en juego.

Nuria cambió el peso de un pie al otro. Llevaba toda la mañana de pie y empezaba a notar el cansancio en la zona lumbar.

—¿Qué quieres que haga?

—Quiero que entiendas dónde te has metido.

—Lo entiendo.

Ramírez recuperó las gafas.

—A partir de ahora no hables del caso con nadie. Si te llama un periodista, alguien del club o cualquier persona que no forme parte del procedimiento, comunícalo de inmediato. Tampoco comentes la intervención con otros compañeros.

—De acuerdo.

—Y procura no volver a enfrentarte a Garrigues sin que nadie te lo haya pedido.

Nuria cogió el pomo de la puerta.

—Eso dependerá de lo que pregunte.

—Bosch…

—He dicho que lo procuraré.

Regresó al control, terminó las últimas comprobaciones y recogió sus cosas. Al cruzar la entrada principal respiró el aire frío de la calle. No se arrepentía, aunque tampoco era tan ingenua como para pensar que decir la verdad bastaría para protegerla.

Sacó el teléfono. Tenía una llamada perdida de Eva y varios mensajes de WhatsApp.

***

Miguel salió del hospital aquel lunes poco después de las tres y llegó tarde a la comida que compartía desde los años de residencia con varios amigos.

Respondió a las preguntas sobre Santacruz sin apartarse de lo que el hospital ya había comunicado y dejó que la conversación continuara sin él.

Consultó el teléfono dos veces durante el primer plato y otra mientras esperaban el café.

—¿Esperas una llamada? —preguntó Jaime Santos, su amigo y abogado.

—No.

—Pues llevas toda la comida mirando el puto móvil.

Miguel lo dejó boca abajo sobre la mesa.

—Ya no.

Cuando llegó a casa dejó las llaves sobre el aparador, se quitó la chaqueta y fue hasta la cocina. Abrió la nevera antes de recordar que acababa de comer. La cerró, se sirvió agua y sacó el teléfono.

«Sigo sin saber dónde voy a cenar el jueves».

Nuria respondió mientras él bebía.

«Te preocupa más no haber elegido tú el restaurante».

Miguel apoyó el vaso en la encimera.

«Solo intento calcular el riesgo».

La respuesta tardó algo más.

«Ese cálculo es el problema».

Miguel escribió una frase, la borró y dejó el móvil junto al vaso. La pantalla volvió a iluminarse antes de que pudiera apartarse.

«Amazónico. Mesa para dos. A las nueve».

Debajo apareció la ubicación.

«Allí estaré».

Miguel llevó el vaso al fregadero y consultó el reloj. Aún faltaban tres días. Tenía informes que revisar y dos llamadas pendientes, pero permaneció un momento apoyado en la encimera, mirando el teléfono apagado.

Durante el martes y el miércoles, el caso Santacruz ocupó cualquier pantalla que Miguel encendiera.

TikTok mezclaba las imágenes del accidente con su llegada al Palace, fragmentos de antiguas conferencias y reconstrucciones de gente que no había pisado un quirófano.

Los mismos vídeos reaparecían en Instagram Reels y en los comentarios de sus publicaciones profesionales, acompañados de insultos, menciones y respuestas a comentarios antiguos de pacientes.

En X se sucedían las acusaciones, las capturas de titulares y las fotografías de Álex.

Periodistas deportivos, médicos, aficionados y abogados discutían la amputación sin disponer de la historia clínica; otros etiquetaban al hospital, al club y a CRT Medical Institute para exigir explicaciones.

El miércoles, alguien publicó una fotografía de la entrada de CRT Medical Institute y un fotógrafo esperó a Miguel frente al edificio desde primera hora.

El centro limitó los comentarios y la recepción dejó de transferir llamadas relacionadas con Santacruz.

Jaime le pidió que guardara las amenazas y no respondiera.

Miguel silenció las notificaciones y siguió trabajando.

La conversación con Nuria quedó enterrada bajo mensajes del hospital, periodistas, conocidos y números que no tenía guardados.

Antes de acostarse volvió a abrirla. El último mensaje seguía allí: «Amazónico, mesa para dos, a las nueve».

El jueves, poco antes de las ocho, se duchó, se afeitó y escogió la ropa sin dedicarle más tiempo del habitual. A las ocho y media salió de casa.

El restaurante estaba lleno, pero Miguel encontró a Nuria en cuanto cruzó la puerta. Dejó el abrigo al maître y avanzó entre las mesas. Ella lo esperaba al fondo del salón.

—Creía que iba a tocarme esperar —dijo Miguel mientras retiraba la silla y se sentaba frente a ella.

—Se me ha pasado por la cabeza.

—¿Y eso?

—Tenía hambre.