CAPÍTULO 3 La anatomía del riesgo
El lunes, a primera hora, la sala de juntas del hospital era un búnker de cristal.
El zumbido del sistema de climatización se mezclaba con el olor del café recalentado que alguien había abandonado sobre la mesa.
Al otro lado de los ventanales continuaban pasando camillas, residentes y carros de instrumental.
La comisión conjunta debía determinar si existían indicios suficientes para abrir una investigación.
Dentro, Luis Garrigues, abogado del club y representante legal de la familia, había detenido de nuevo el registro intraoperatorio en el mismo punto.
—Doctor Cortés, entre la constatación documentada de la inviabilidad de la extremidad y la orden formal de amputar transcurren cuarenta y ocho segundos. El club y la familia quieren saber qué ocurrió durante ese intervalo.
Miguel apoyó los antebrazos sobre la mesa.
—Esa anotación recoge la valoración vascular. Antes de ordenar la amputación pedí al cirujano ortopédico que confirmara el estado de los tejidos y al anestesista que me informara de la situación general del paciente.
—¿Necesitaba otras dos opiniones para mantener su propio criterio?
—Necesitaba saber si quedaba algo que pudiéramos conservar y cuánto tiempo teníamos antes de que la hemorragia y la coagulopatía hicieran imposible mantener con vida al paciente.
Garrigues desplazó el puntero hacia la línea siguiente.
—Durante esos cuarenta y ocho segundos no consta que iniciara ninguna reconstrucción vascular.
—Porque ya habíamos comprobado que no existía un segmento arterial utilizable.
—Eso es una conclusión, doctor. Yo le pregunto qué hizo.
Miguel notó la tensión en la mandíbula y la relajó antes de responder.
—Mantuve la compresión, confirmé las valoraciones del equipo y tomé la decisión.
—La decisión de amputar la pierna a uno de los futbolistas más importantes del país.
—La decisión de impedir que muriera desangrado.
Garrigues dejó el puntero sobre la mesa.
—O la de renunciar demasiado pronto.
El director médico se inclinó hacia delante.
—Doctor Cortés, esta comisión debe determinar si otro cirujano razonablemente competente habría podido actuar de una manera diferente.
Una silla se desplazó al fondo de la sala antes de que Miguel contestara. Nuria se puso en pie y caminó hasta la pantalla con la carpeta de la intervención bajo el brazo.
—Yo estuve allí.
Garrigues volvió la cabeza hacia ella.
—Ya lo sabemos, señorita Bosch.
—Entonces también sabrá que instrumenté la operación completa.
Dejó la carpeta sobre la mesa y buscó el punto anterior del registro. La imagen mostraba el campo quirúrgico cubierto de sangre y las manos de Miguel comprimiendo la arteria.
—Los intentos de encontrar un tramo vascular utilizable fueron anteriores a la anotación que acaba de señalar. El doctor Cortés amplió la disección, probó varias pinzas y buscó tejido que pudiera soportar una sutura. No lo encontró.
Garrigues se quitó las gafas.
—¿Está usted cualificada para valorar una reconstrucción arterial?
—No. Para eso estaba el cirujano vascular. Yo puedo decirle qué material pidió, qué maniobras realizó y en qué orden.
Nuria avanzó el registro hasta el intervalo de los cuarenta y ocho segundos.
—Aquí preguntó al cirujano ortopédico por el estado del músculo, la rodilla y las partes blandas. Después pidió al anestesista que confirmara cuánto margen tenía el paciente. Cuando recibió las respuestas, ordenó amputar.
—Nadie ha dicho que permaneciera inactivo.
—Acaba de preguntar qué hizo como si el registro no lo mostrara.
El director médico llamó a Nuria por su apellido. No elevó la voz, pero bastó para recordarle que no le correspondía interrogar al abogado.
Ella apartó la mano del control.
—He explicado lo que vi.
Garrigues volvió a ponerse las gafas.
—Y ha dejado bastante clara su opinión sobre la actuación del doctor Cortés.
—Mi opinión no importa. El orden de los hechos, sí.
Nuria regresó a su asiento. Al pasar junto a Miguel no lo miró. Abrió la carpeta sobre sus rodillas y esperó a que continuara la reunión.
Los miembros de la comisión revisaron el registro y contrastaron las anotaciones con los informes de anestesia y cirugía ortopédica.
Miguel conocía la documentación, pero siguió la revisión página a página mientras el dolor de cabeza que arrastraba desde que se había levantado empezaba a concentrarse detrás de los ojos.
Garrigues terminó por dejar el puntero junto al ordenador.
—No tengo más preguntas.
El presidente de la comisión consultó brevemente con los otros miembros antes de cerrar la carpeta.
—La declaración de la señorita Bosch se incorporará al expediente. A la vista de la documentación y de las explicaciones ofrecidas, esta evaluación preliminar no aprecia indicios que permitan cuestionar la actuación quirúrgica del doctor Cortés.
Miguel asintió. Esperaba aquella conclusión desde que revisó el registro al terminar la intervención. Aflojó la presión con la que sujetaba el bolígrafo.
Garrigues guardó sus documentos sin apresurarse.
—El club y la familia solicitarán una copia completa del expediente y encargarán una valoración pericial independiente.
—Están en su derecho —respondió el director médico.
El abogado cerró la carpeta y miró hacia Nuria.
—También necesitaremos que ratifique formalmente su declaración.
—Por supuesto.
—La próxima vez tendrá que limitarse a contestar lo que se le pregunte.
Nuria encajó las hojas dentro de su carpeta.
—Pregúnteme por lo que ocurrió y no tendremos ningún problema.
Garrigues no respondió. Se dirigió hacia la puerta. Los demás asistentes recogieron sus documentos y abandonaron la sala en pequeños grupos. El respaldo interno a la actuación de Miguel no impediría que el expediente saliera del hospital.
Cuando la puerta se cerró tras el último de los asistentes, Nuria continuó guardando la documentación. Miguel dejó el bolígrafo sobre la mesa y se acercó.
—Podías haber hablado antes.
—Podía.
—¿Por qué no lo hiciste?
Nuria ordenó las hojas antes de cerrar la carpeta.
—Porque me habían convocado para responder preguntas, no para intervenir cada vez que Garrigues decía algo que no me gustaba.
—Hasta que te cansaste.
—Hasta que empezó a utilizar esos cuarenta y ocho segundos para insinuar que no habías hecho nada.
Miguel apoyó una mano sobre el respaldo de una silla.
—Ahora te pedirá que ratifiques la declaración y tratará de cuestionar tu cualificación.
—Ya lo ha intentado.
—Sabes a qué me refiero.
Nuria levantó la carpeta y comprobó que no quedaba ningún documento sobre la mesa.
—Estuve en el quirófano, Miguel. Si vuelve a preguntarme, contaré lo mismo.
—No tenías por qué exponerte así.
Ella lo miró con cansancio, más que con irritación.
—No me he expuesto por ti. He corregido algo que no era cierto.
—Eso no impedirá que lo presenten como una defensa personal.
—Entonces será problema de Garrigues.
Miguel negó con la cabeza. Nuria había convertido una amenaza jurídica en una molestia administrativa y parecía dispuesta a continuar con su turno.
—No todo se resuelve diciendo la verdad.
—Eso ha sonado muy propio de un abogado.
—Mi abogado diría que tener razón sirve de poco si no puedes demostrarla.
—Empieza a caerme bien.
Miguel se rio.
—Todavía no lo conoces.
—Tampoco te conozco a ti y el sábado fui a verte al Palace.
La respuesta lo dejó sin saber si continuaban hablando de la comisión. Nuria aprovechó para dirigirse hacia la puerta.
—Gracias —dijo Miguel.
Ella se detuvo con la mano en el tirador.
—No me debes nada.
—Eso lo decidiré yo.
—Claro. Se me olvidaba que necesitas decidirlo todo.
Nuria abrió la puerta, pero antes de salir observó la camisa arrugada de Miguel.
—Deberías cambiarte. Empiezas a tener aspecto de haber dormido con el traje puesto.
—No he dormido con él.
—Entonces es peor de lo que pensaba.
Salió de la sala. Miguel se miró el puño arrugado de la camisa y recogió la documentación antes de regresar al pasillo.
Varias conversaciones se interrumpieron cuando apareció.
Dos residentes fingieron consultar una pantalla y una mujer que esperaba junto a los ascensores lo siguió con la vista.
La noticia de la amputación ya circulaba por todo el hospital.
—Miguel.
Eduardo Ramírez, director general del hospital, salió a su encuentro en el pasillo.
—Santacruz sabe que ha terminado la comisión. Garrigues ha hablado con él y lleva un rato preguntando por ti.
Miguel dejó la carpeta sobre el mostrador.
—Voy a verlo.
La habitación estaba en penumbra. Álex Santacruz permanecía incorporado sobre la cama, con el teléfono sobre la sábana y la televisión apagada. El vendaje cubría el muñón por encima de la rodilla; bajo la sábana, el volumen de su cuerpo desaparecía a la altura del muslo izquierdo.
Cuando Miguel entró, Álex señaló la puerta.
—Ciérrela.
Miguel lo hizo y se acercó a la cama.
—Garrigues me ha contado lo de la comisión.
—Acaba de terminar.
—Dice que no han encontrado nada contra usted.
—Han concluido que no hay indicios para cuestionar la actuación quirúrgica.
Álex soltó una risa sin humor.
—Sí. Esa es la forma elegante de decirlo.
Miguel esperó. Ya conocía aquellos silencios. Durante los últimos días Álex había pasado de las preguntas a la rabia y de la rabia a periodos en los que apenas quería hablar.
—Mis padres van a pedir otro informe —continuó Álex—. Garrigues dice que esto no se ha acabado.
—También lo ha dicho en la comisión.
Álex apartó la mirada y bajó los ojos hacia el lugar donde terminaba la pierna.
—Llevo días escuchando que hizo lo único que podía hacer. Usted, mis padres, los médicos… Ahora también la comisión.
Miguel no respondió.
—Y sigo despertándome cada mañana esperando que esto no sea verdad.
Apartó la sábana lo suficiente para dejar visible el vendaje.
—Pero sigue siendo verdad.
—Sí.
Álex levantó la vista.
—No le he llamado para que vuelva a explicarme lo de la arteria ni la hemorragia. Ya me lo sé.
—Entonces ¿para qué querías verme?
Álex tardó unos segundos en contestar.
—Garrigues ha vuelto a hablarme de los cuarenta y ocho segundos.