48 segundos CAPÍTULO 2 El espacio equivocado #2
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CAPÍTULO 2 El espacio equivocado #2

Había visto a un paciente perder una pierna y, poco después, había deseado al hombre que ordenó amputarla.

No confundía una cosa con otra, pero la proximidad le resultaba incómoda.

Miguel seguía asociado al campo cubierto de sangre, a la voz con que había declarado inviable la extremidad y al instante en que se había acercado a ella bajo el vapor.

Al llegar a casa dejó los botines junto a la entrada y cruzó descalza el salón.

Se sirvió una copa de vino, bebió de pie junto a la cocina y fue hasta el despacho.

La invitación continuaba sobre la mesa. La abrió y leyó de nuevo el programa: recepción en el Palace, presentación de la nueva ala de oncología, cena benéfica y subasta.

Debajo aparecía la relación de patronos y colaboradores principales.

El nombre de Miguel figuraba entre ellos; hasta aquella mañana no se había detenido en él.

Cogió el teléfono y escribió a Eva:

«Al final voy a la gala».

La respuesta llegó antes de que dejara el móvil:

«Qué sorpresa. Seguro que no tiene nada que ver con el cirujano desnudo».

Nuria escribió:

«Voy por la oncología».

Eva contestó con una sucesión de carcajadas y un último mensaje:

«Ponte el Versace».

No necesitaba que Eva se lo sugiriera; ya había pensado en el mismo vestido.

El teléfono la despertó poco antes de las siete del jueves.

El grupo del hospital acumulaba decenas de mensajes y enlaces a periódicos deportivos.

Durante la madrugada, el Atlético había informado de una intervención de urgencia por una lesión gravísima y había pedido respeto para el jugador y su familia.

El comunicado confirmaba que Álex estaba estable. Sobre la pierna no decía una palabra.

La omisión no duró mucho. Un digital aseguraba que Santacruz había sufrido una amputación y atribuía la operación a Miguel Cortés.

Otros medios repetían la información con fórmulas más prudentes, pero la fotografía de Miguel ya aparecía junto a las imágenes del choque.

En las redes, la amputación se repetía como un hecho.

Cuando Nuria llegó al hospital encontró dos unidades móviles frente a la entrada principal y fotógrafos apostados al otro lado de la calzada.

Junto a ellos se habían reunido varios aficionados con bufandas del Atlético.

Uno sostenía una camiseta de Álex; otro había apoyado contra una valla un cartel escrito a mano: «Fuerza, Santacruz».

Seguridad hacía pasar al personal por una puerta lateral y comprobaba las acreditaciones una a una.

Al cruzar el acceso lateral, un periodista alargó el micrófono por encima del hombro de un vigilante y le preguntó si había participado en la operación.

Repitió la misma pregunta a dos auxiliares que venían detrás.

Nuria continuó andando. Aquel hombre no reconocía a nadie: probaba suerte con cada uniforme.

En el vestuario, la televisión mostraba la fachada del hospital.

Una reportera hablaba de una lesión que podía terminar con la carrera del futbolista mientras, en la franja inferior, avanzaban titulares sobre una amputación que el club se negaba a confirmar.

Nuria se cambió sin subir el volumen. El hospital no había confirmado nada y ella no iba a convertirse en la fuente.

La dirección distribuyó un recordatorio sobre la confidencialidad clínica y prohibió hacer declaraciones a periodistas dentro del recinto.

La advertencia apenas frenó los comentarios.

En la sala de descanso, una enfermera de planta quiso saber si Nuria había estado en el quirófano.

Ella se limitó a decir que había trabajado en la intervención y volvió al control antes de que llegaran más preguntas.

En la cafetería dejaron el televisor encendido.

Cada vez que aparecía la fotografía de Miguel, alguien subía el volumen.

Un traumatólogo se negó a valorar la amputación sin conocer la historia clínica; otro médico respondió que Cortés tendría que explicar por qué no había intentado una reconstrucción.

Nuria dejó la bandeja y regresó a su puesto antes de que la discusión la obligara a intervenir.

Antes del mediodía circulaban versiones incompatibles por los grupos de mensajería del hospital.

Un supuesto especialista de Londres habría ofrecido una reconstrucción; el club habría pedido un traslado que Miguel rechazó; la amputación se habría decidido sin consultar a la familia.

Ninguna publicación aportaba un nombre o un documento.

Al terminar su turno del viernes, las cámaras seguían frente al hospital.

Una fotografía de Miguel saliendo del hospital ocupaba las portadas digitales: algunos artículos recordaban sus éxitos; otros lo presentaban como el hombre que había terminado la carrera de Santacruz.

Nuria cerró uno de estos últimos antes de llegar a los comentarios.

Aquella tarde recibió la confirmación de que la gala se mantenía.

La fundación no pensaba alterar el programa, pero había ampliado el dispositivo de seguridad y trasladado la zona de prensa al exterior del Palace.

Nuria dejó la invitación junto al bolso.

Si Miguel asistía, tendría que cruzar delante de todos ellos.

La invitación siguió donde la había dejado hasta después de las ocho del sábado. Entonces abrió el armario. El Versace negro ocupaba un extremo, protegido por una funda. Era ceñido, de líneas limpias y con la espalda descubierta hasta la cintura. Se lo puso sin probar otras opciones.

Delante del espejo dejó el pelo suelto y corrigió con los dedos la caída sobre los hombros. Eligió unos pendientes pequeños, prescindió del collar y se maquilló con más cuidado del habitual. Se aplicó perfume en las muñecas y detrás de las orejas antes de recoger el bolso.

Pidió un coche poco antes de las nueve. Durante el trayecto imaginó a Miguel vestido de gala y rodeado de personas que conocían su nombre. Quería saber si se acercaría a ella delante de todas.

Al bajar frente al hotel, un empleado abrió la puerta y le ofreció la mano. Los flashes de los fotógrafos se concentraban en los invitados más conocidos, mientras varios periodistas intentaban obtener declaraciones sobre Álex Santacruz de cualquiera relacionado con el hospital.

Nuria entregó la invitación y cruzó la entrada.

***

El miércoles, después de abandonar el vestuario, Miguel había subido a Reanimación y permanecido allí hasta comprobar que Santacruz respondía al tratamiento y que el vendaje no mostraba signos de una nueva hemorragia.

Antes de marcharse compró un bocadillo y un café en la cafetería.

Comió la mitad en el despacho que le habían asignado mientras revisaba la última analítica. El resto terminó en la papelera.

A la mañana siguiente, Laura lo llamó antes de que saliera de casa.

La centralita de CRT Medical Institute llevaba una hora recibiendo llamadas de periodistas y dos equipos de televisión esperaban frente a la clínica.

Había pedido al personal que no respondiera preguntas y desviaba al buzón cualquier llamada que no pudiera identificar.

Miguel pasó buena parte de la mañana en el hospital. Entró por el acceso de suministros para evitar la puerta principal, aunque un fotógrafo lo reconoció cuando el coche descendía hacia el garaje. El hombre gritó su nombre y tomó varias fotografías antes de que la puerta metálica ocultara el X4.

El teléfono no dejó de vibrar. Recibió mensajes de antiguos pacientes, colegas, personas a las que no veía desde la universidad y números desconocidos que pedían una declaración.

Un redactor le envió una lista de preguntas sobre el momento exacto de la amputación y la existencia de alternativas.

Miguel bloqueó el número y guardó el móvil en el bolsillo.

La oficina de comunicación de Asterión centralizó las consultas y le pidió que no hiciera declaraciones.

La clínica mantuvo la actividad, aunque Laura hizo entrar a los pacientes por el garaje para evitar las cámaras.

Miguel se negó a cancelar las consultas programadas.

Pasó parte de la tarde entre CRT Medical Institute y Asterión, sin conceder a los periodistas más respuesta que la puerta cerrada del coche.

A última hora atendió a un paciente que llevaba meses esperando aquella consulta.

Mientras el hombre describía el dolor que aparecía al caminar, un destello atravesó el cristal traslúcido de la fachada.

Miguel exploró los pulsos, revisó las pruebas y dictó las indicaciones sin mirar hacia la calle.

El ruido regresó cuando el paciente salió por la puerta interior.

A la mañana siguiente, la presión alcanzó la agenda de CRT Medical Institute. Laura le comunicó que dos pacientes habían aplazado sus consultas sin explicar el motivo; un tercero pidió que le confirmaran quién lo operaría antes de mantener la cita.

Al salir del hospital el viernes por la noche, un grupo de aficionados lo reconoció desde la acera.

La mayoría se limitó a grabarlo con el teléfono.

Un hombre le gritó que había destrozado al mejor jugador del equipo.

Miguel entró en el coche sin responder mientras los vigilantes impedían que cruzaran la calzada.

El sábado por la tarde, Álex seguía en estado crítico, pero el equipo ya podía turnarse.

Héctor confirmó a Miguel que la última analítica mostraba una ligera mejoría.

Miguel llevaba meses colaborando con la fundación que había financiado parte de la nueva ala de oncología y había prestado su nombre a varias reuniones con donantes, aunque aquella noche no tenía nada que celebrar.

Ramírez había sido claro: si no aparecía, los medios interpretarían su ausencia como una huida.

Miguel se duchó, eligió un traje negro de Cesare Attolini y salió sin saber si Nuria habría aceptado también la invitación destinada al personal clínico.

Al bajar del X4 frente al Palace, varios periodistas se acercaron antes de que pudiera alcanzar la entrada.