CAPÍTULO 2 El espacio equivocado
El agua caía tan caliente que le había enrojecido los hombros.
Miguel mantenía la frente contra el azulejo y las manos abiertas sobre la pared.
Los músculos habían cedido bajo el calor; las piernas seguían pesándole.
Oía a Héctor anunciando la presión y veía la sangre desbordando las compresas cada vez que cerraba los ojos.
Golpeó el grifo con la palma y el agua se cortó. El silencio dejó al descubierto su respiración y el rumor de otra ducha al fondo. Cogió la toalla, se secó la cara y se la pasó por detrás del cuello antes de apartar la mampara y salir.
Fue entonces cuando advirtió las taquillas de color marfil, los bancos de madera y los tocadores alineados bajo los espejos.
Sobre uno de ellos había un neceser abierto y, junto a un secador, varios productos de maquillaje.
El olor a champú y a gel perfumado sustituía al desinfectante y a las colonias del vestuario masculino.
Entonces reconoció la puerta por la que había entrado.
¡Me cago en la puta…!
Había cruzado la entrada equivocada sin levantar la cabeza. La bata y el pijama que acababa de quitarse seguían amontonados sobre el banco, donde los había dejado antes de meterse en la ducha. Solo tenía que vestirse y salir antes de que apareciera alguien.
Una mampara se abrió a su espalda.
Al volverse encontró a Nuria Bosch, que acababa de ducharse, con una toalla blanca sujeta sobre el pecho.
Era demasiado pequeña para cubrirla por completo.
El pelo mojado le caía por la espalda y el agua descendía por el vientre, las caderas y las piernas hasta perderse entre las baldosas.
Durante la operación, Miguel solo había visto sus ojos entre el gorro y la mascarilla. Ahora podía verla entera.
Nuria lo reconoció antes de que pudiera decir nada. La sorpresa le abrió los ojos, pero no gritó ni ajustó la toalla. Su mirada bajó hasta su pelvis, recorrió el torso mojado y terminó en su cara.
Después se detuvo en la mano con la que Miguel sujetaba la toalla. Un temblor residual le recorría los dedos.
—Le tiembla la mano.
Miguel cerró los dedos y el temblor desapareció.
—Se me pasará.
—A mí me sigue oliendo a sangre.
Durante unos segundos ninguno miró el cuerpo del otro. El agua corría hacia los sumideros y el vapor cubría los espejos, pero ambos seguían viendo las compresas empapadas, el campo quirúrgico y la pierna que no habían podido conservar.
—Me he equivocado de puerta —dijo Miguel mientras anudaba la toalla a su cintura.
—Eso parece, doctor Cortés.
Lo sensato era coger la ropa, disculparse y marcharse. Miguel miró hacia el banco donde había dejado el pijama limpio. Antes de que pudiera moverse, un carro pasó por el pasillo. Las ruedas se detuvieron unos segundos frente a la puerta y continuaron después.
Nuria volvió la cabeza hacia la entrada.
—Si aparece alguien, no importará que se haya equivocado.
—Sé lo que parecería.
—Usted saldría de aquí como Miguel Cortés. Yo sería la enfermera que se metió con el cirujano después de una amputación.
—A ti te perjudicaría más.
—Bien. Al menos no tengo que explicárselo.
Miguel recogió la ropa del banco.
—Entonces será mejor que me vista.
—Será lo más sensato.
Él sostuvo su mirada.
—No parece que te guste.
—No me gusta.
Nuria soltó uno de los extremos de la toalla. La tela continuó cubriéndole el pecho, sostenida ahora por una sola mano.
Miguel permaneció junto al banco. No volvió a acercarse. Nuria fue quien redujo la distancia y apoyó la mano libre sobre su pecho. Bajo la palma encontró el calor de la piel, la firmeza del pectoral y un latido demasiado rápido para su calma.
—Sigue en el quirófano —dijo.
—Tú también.
Nuria deslizó la mano hasta el centro de su pecho.
—Eso no significa que quiera que se marche todavía.
Miguel cerró una mano alrededor de su cintura, pero esperó. Nuria no retrocedió: acercó la pelvis hasta rozar con la cadera la toalla de Miguel.
—Así está mejor —dijo.
Miguel apartó el pelo mojado de su rostro. Nuria sintió los dedos detrás de la oreja y levantó la cara sin retirar la mano de su pecho. Él se inclinó. Durante un instante solo quedaron el vapor, el contacto de sus cuerpos y la respiración de ambos.
Nuria miró hacia la puerta antes de que sus labios llegaran a tocarse.
Sobre ella, el reloj marcaba las dos menos cuarto. Miguel había quedado con Héctor en Reanimación a esa hora.
—¡Joder! Me espera el anestesista.
Nuria se apartó lo suficiente para romper el contacto.
—Entonces suba.
Miguel se quitó la toalla y empezó a ponerse el pijama limpio. No buscó un rincón ni le dio la espalda. Nuria permaneció junto a su taquilla mientras él se subía el pantalón y se cubría el torso.
—Van a revisar lo ocurrido en ese quirófano —dijo ella.
—Es lo que deben hacer.
—Yo declararé lo que vi. No permitiré que nadie pueda relacionar mi versión con esto.
Miguel recogió la ropa usada.
—No tendrás que hacerlo.
—Eso no depende únicamente de usted.
—Lo sé.
Llegó hasta la puerta y comprobó el pasillo antes de abrir.
—No trabajo aquí —dijo—. Si volvemos a encontrarnos, no será porque me haya equivocado otra vez.
—Ha dicho «si».
Miguel la miró desde la puerta.
—No doy por hecho que quieras volver a verme.
—Hace bien, doctor Cortés.
Miguel salió sin pedirle el teléfono ni asegurar que regresaría.
La puerta se cerró. Nuria apoyó la espalda en la taquilla y dejó la camisa sobre el banco. La mano de Miguel seguía en su cintura.
Soltó una risa breve, sacó el móvil del bolso y abrió FaceTime. Eva respondió después de varios tonos. Apareció con el uniforme puesto, un vaso de cartón en la mano y la pared de la sala de descanso a su espalda.
—Como esto no sea importante, voy a colgarte.
—Miguel Cortés acaba de entrar desnudo en el vestuario.
Eva dejó el vaso fuera de plano.
—¿Qué?
—Se ha equivocado de puerta.
—¿Y tú sigues ahí?
—Se acaba de marchar.
Eva acercó la cara a la pantalla.
—¿Qué ha pasado?
Nuria apoyó el móvil contra el neceser y empezó a secarse el pelo.
—Ha dicho que se había equivocado. Después nos hemos quedado mirándonos.
—Eso todavía puedo imaginármelo. ¿Algo más?
—Me he acercado y le he puesto una mano en el pecho.
—¿Tú?
—Sí.
—¿Y él?
—Me ha cogido por la cintura y ha intentado besarme.
—¿Intentado?
—Tenía que subir a Reanimación.
Eva recuperó el vaso.
—Voy a matar al anestesista.
—No ha sido por Héctor. No podíamos seguir allí.
Eva dejó de sonreír.
—Acabáis de salir de una operación en la que un hombre ha perdido una pierna.
—Lo sé.
—¿Estás bien?
Nuria abrió la taquilla y sacó la ropa interior.
—Sí. Pero oigo el aspirador cada vez que me quedo quieta.
Eva guardó silencio unos segundos.
—¿Y qué piensas hacer con Miguel?
—Follármelo.
—Tú querrás. A Miguel Cortés no le faltan mujeres dispuestas.
—No he dicho que esté hecho.
—Has utilizado el futuro.
Nuria se puso el sujetador.
—He dicho lo que pretendo. Lo que él decida es otra cosa.
—Te ha deseado durante cinco minutos y estabais desnudos. Eso no significa que vaya a buscarte.
—Lo sé.
—Bien. Empezaba a pensar que el vapor te había afectado.
Nuria cogió la camisa.
—Primero declararé sobre la operación. No voy a permitir que nadie reduzca lo que diga a que me gusta el cirujano.
—¿Y después?
Nuria introdujo un brazo en la camisa.
—Después veremos si él quiere lo mismo.
Eva levantó el vaso hacia la cámara.
—Eso se parece bastante menos a «me lo voy a follar».
—Nunca he dicho que fuera fácil.
Una voz llamó a Eva desde fuera de plano. Ella respondió que ya iba.
—Tengo que dejarte. Llámame cuando sepas algo.
—No sé si habrá algo que contar.
—Ahora sí te creo.
La videollamada terminó. Nuria dejó el móvil sobre el tocador y terminó de vestirse. En el espejo seguía viendo la marca de la mascarilla sobre sus mejillas. Se pasó los dedos por una de ellas y recordó durante un instante la sangre desbordando las compresas.
Después recordó el pecho de Miguel bajo la palma y la presión de su mano en la cintura.
Se puso los pendientes, se recogió el pelo y guardó el neceser. Salió del vestuario con el bolso colgado del hombro y la chaqueta sobre el brazo. En los pasillos continuaban cruzándose camillas y personal de Urgencias.
Cerca de los ascensores encontró a Rubén, Laura y Héctor.
Laura llevaba bajo el brazo la carpeta provisional de la intervención, ya cargada de registros del equipo, tiempos quirúrgicos y material utilizado.
Rubén aún conservaba la marca de la mascarilla sobre la cara; Héctor atendía la conversación sin perder de vista las puertas de Reanimación.
—El lunes van a revisar hasta la última gasa —decía Rubén—. Estarán la dirección, la comisión médica y los abogados del club.
—¿Y el sábado Miguel tiene que ir a la gala? —preguntó Rubén.
—Si Santacruz continúa estable, irá —respondió Laura—. Lleva meses colaborando con la fundación y su nombre aparece en el programa. Si no se presenta, dirán que se está escondiendo.
—La putada será salir sin que nos metan un micrófono en la boca —dijo Rubén.
Las puertas se abrieron. Rubén y Laura entraron en el ascensor; Héctor se despidió de ellos y regresó hacia Reanimación.
El segundo ascensor llevó a Nuria al aparcamiento.
Durante el descenso recordó la invitación a la gala del sábado.
Llevaba semanas viéndola sobre el escritorio de su casa sin decidirse a ir: la fundación del hospital había reservado parte del aforo para el personal clínico y ella había aceptado la suya por educación.
Una noche entre discursos, donantes y jefes de servicio nunca le había parecido una forma especialmente atractiva de pasar el sábado.
Ahora sabía que Miguel Cortés estaría allí y quería comprobar cómo era fuera del hospital.
El aire del aparcamiento le enfrió el pelo que seguía húmedo. Guardó el bolso en el asiento del acompañante y se acomodó al volante del Mercedes. La circulación de la M-30 avanzaba a tirones. Encendió la música y volvió a apagarla antes de la siguiente salida.