48 segundos CAPÍTULO 1 El límite del acero #3
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CAPÍTULO 1 El límite del acero #3

El hueso cedió. Rubén sostuvo la extremidad mientras Miguel seccionaba los últimos tejidos. La circulante acercó el recipiente y Rubén la depositó dentro, cubierta por un paño. Después lo retiró del campo.

Miguel regresó al muñón.

—Sigue sangrando aquí.

Nuria orientó la luz mientras él localizaba una rama profunda. La pinza resbaló la primera vez.

—La tienes un poco más medial —advirtió Rubén.

Miguel cambió el ángulo, encontró el vaso y lo sujetó.

—Ligadura.

Nuria se la dejó en la mano. Él anudó y esperó. La compresa permaneció limpia en el punto que acababan de controlar.

—Héctor.

El anestesista revisó los monitores.

—Mejor. Sigue necesitando apoyo, pero remonta.

Miguel y Rubén inspeccionaron juntos la superficie de sección. Desbridaron solo lo imprescindible, cubrieron el hueso y dejaron el muñón abierto bajo un apósito temporal. El sangrado había dejado de caer al suelo y el monitor mostraba cifras menos amenazantes.

—Directo a Reanimación —dijo Héctor—. Allí veremos cómo responde.

Miguel retiró las manos del campo. Le dolían los hombros y tenía la garganta seca bajo la mascarilla.

—Avísame cuando esté instalado.

Nuria inició el recuento con la circulante.

Su voz continuó clara pese al movimiento de las bombas y al personal que preparaba el traslado.

Repitieron compresas, agujas e instrumental hasta confirmar que todo cuadraba.

Después cerraron el registro de consumos.

El material sin uso quedó apartado para su devolución al almacén.

El reloj de la pared marcaba las doce y cuarto.

Miguel se quitó los guantes. Tenía los dedos húmedos y arrugados, con las marcas del látex hundidas alrededor de las muñecas.

Se desató la bata y salió a la zona de lavado.

Al retirar la mascarilla notó el aire frío en la cara y el olor a sangre prendido en el pijama.

Abrió el grifo, se lavó y dejó correr el agua unos segundos antes de cerrarlo.

En el vestuario se cambió el pijama, bebió una botella de agua y permaneció sentado hasta terminarla.

Guardó la ropa usada en la bolsa correspondiente, se puso una bata limpia y recogió el teléfono de la taquilla.

Tenía mensajes de Laura, de Jaime y de tres números que no conocía. Dejó la pantalla bloqueada.

Ramírez lo esperaba junto al mostrador de Reanimación.

—Los padres están en la sala de información. Garrigues y el director deportivo quieren entrar con ellos.

—Hablaré primero con los padres. Si después quieren contárselo al club, lo harán ellos.

—¿La amputación era inevitable?

—Sí.

—Te lo preguntarán de todas las formas posibles.

—La respuesta no va a cambiar.

Ramírez se adelantó para despejar la sala. Cuando Miguel entró, la madre de Álex se levantó de inmediato. El padre tardó algo más, como si las piernas no le respondieran después de tantas horas sentado.

—¿Cómo está mi hijo?

Miguel permaneció frente a ellos.

—Está vivo, pero continúa grave. La operación ha sido más complicada de lo que esperábamos.

La madre buscó la mano de su marido.

—¿Qué ha pasado?

—La lesión de la arteria se extendía por encima de la fractura.

Había perdido el flujo y la pared estaba destruida en varios centímetros.

Al exponerla se produjo una hemorragia masiva.

Conseguimos controlarla, pero no existía un tramo sano que permitiera reconstruir ni tejido viable suficiente para conservar la extremidad.

Miguel esperó. La madre seguía mirándolo; el padre había bajado la vista hacia el suelo.

—Hemos tenido que amputar por encima de la rodilla para salvarle la vida.

La madre negó con la cabeza.

—No… No, por favor.

El padre la sostuvo por los hombros. No lloró ni levantó la voz. Miró a Miguel como si esperara que corrigiera lo que acababa de decir.

—¿No había otra posibilidad?

—No. Si hubiéramos prolongado el intento de salvar la pierna, Álex habría muerto en el quirófano.

El padre apretó la mano de su mujer.

—¿Él lo sabe?

—Sigue anestesiado. Cuando despierte tendremos que explicárselo.

Ahora está en Reanimación, necesita transfusiones, medicación para mantener la presión y vigilancia continua.

La amputación ha sido de urgencia; hemos dejado el muñón preparado para revisarlo cuando esté estable. Tendrá que volver al quirófano.

—¿Puede morir todavía?

—Sí. Las próximas horas son importantes. Está mejor que durante la hemorragia, pero no puedo decirles que se encuentre fuera de peligro.

El padre cerró los ojos. La madre lloraba contra su pecho, sin hacer ruido.

—¿Cuándo podremos verlo? —preguntó él.

—Cuando el anestesista termine de instalarlo y confirme que pueden entrar. Los avisarán. Al principio será un solo familiar y durante pocos minutos.

Ramírez se acercó para explicarles dónde debían esperar. Miguel permaneció allí por si surgía alguna pregunta, pero el padre había vuelto a sentarse y la madre no parecía escuchar. Antes de salir dejó su número para que Reanimación pudiera localizarlo.

Garrigues y los representantes del club aguardaban en el pasillo. El abogado se adelantó.

—Doctor, necesitamos el parte completo y la secuencia exacta de decisiones.

—Hablen con la familia y soliciten la documentación por el cauce correspondiente.

Dejó la respuesta ahí y avanzó hacia los vestuarios con la bata abierta y el teléfono apretado en una mano.

Repasó el acceso, el control proximal, la rotura, la hemorragia; cambió mentalmente el ángulo de la pinza y el instante en que había mandado detenerse a Rubén. Todas las variantes terminaban igual.

¿Y si hubiera entrado antes?

Sabía desmontar la pregunta: antes de ver al paciente, antes de revisar las imágenes, antes de preparar sangre y material. Pero saberlo no acalló la pregunta. De muy mala hostia, empujó la primera puerta de vestuario que encontró. Solo quería arrancarse el pijama y meterse bajo la ducha.