47 segundos (Los Ausentes nº 1) CAPÍTULO 31 #3
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CAPÍTULO 31 #3

David apareció en la puerta con Ethan detrás.

—¿Nos encontraron? —preguntó el niño. —No.

—¿Entonces ya puedo irme con mi papá? Marcela miró a David, después a Reeves y Ortiz.

Proteger a Ethan no podía significar encerrarlo hasta que el mundo fuera seguro; ese día no llegaría.

—Sí. Pero no vuelven a casa todavía. Reeves va a conseguirles un lugar fuera de las rutas normales.

Nada conectado que no necesiten. Ortiz te va a explicar qué señales hay que vigilar por lo que le hicieron a Ethan.

Y si aparece alguien con una orden médica, policial o judicial, no entregas al niño hasta hablar físicamente con Reeves o conmigo.

David asintió. —¿Y después? Marcela pensó en Rachel, en la casa vacía y en la cantidad de verdad que Ethan todavía tendría que absorber.

—Después empiezan a vivir. No prometió normalidad.

La palabra ya no significaba suficiente.

Antes de salir, Ortiz llamó a Marcela aparte.

Abrió una caja de evidencia y sacó el pequeño astronauta de plástico con las iniciales L.H.

Marcela lo reconoció inmediatamente. —Reeves lo conservó desde Daniel —dijo Ortiz—.

Nunca entró al sistema. Pensé que debía quedarse contigo.

Marcela sostuvo el juguete. El plástico estaba gastado por la mano de un niño desaparecido en Santa Fe en 1997, usado durante años como una de las pocas cosas que Lucas había conseguido mantener suyas.

Miró a Ethan a pocos metros y decidió no entregárselo.

No era un recuerdo para otro niño. Era evidencia de uno que todavía no había vuelto a casa.

Guardó el astronauta junto a la placa de Gabriel.

Ethan se acercó antes de irse y preguntó si Gabriel sabía que iba a lograr salir.

Marcela pensó en el HOLD, en las rutas modificadas, en Sophie Arlen, en las diecinueve personas que Gabriel había conseguido sacar de cincuenta y ocho intentos, en la cantidad de decisiones que ella todavía no conocía.

—Esperaba que sí —respondió. Ethan aceptó.

David tomó su mano. Reeves los condujo hacia una salida trasera y desaparecieron dentro de una camioneta sin sistemas activos.

Marcela observó la puerta cerrarse y dejó que aquella parte fuera suficiente.

Ethan Nolan estaba vivo y con su padre. Rachel no.

Lucas no. Daniel no. Caleb no. Gabriel no.

Mina seguía en Cuna. Sophie quizá también.

Victoria no era la palabra correcta. Pero Ethan estaba vivo.

Ortiz comenzó la autopsia de Gabriel en la habitación interior.

Vale separó fotografías, documentos y copias en paquetes que nunca viajarían juntos.

Marcela regresó al cuarto principal. Adrián seguía sentado.

Puso el astronauta sobre la mesa entre ambos y después sacó un par de esposas.

—Vas a contarme todos los nombres que recuerdes.

Adrián miró el juguete. —No recuerdo todos.

—Entonces empezamos por los que sí. —¿Y cuando termine?

Marcela colocó las esposas frente a él. —No confundas esto con libertad.

Adrián extendió las manos. Marcela lo esposó.

Esta vez no era operador, aliado ni una víctima que necesitara que alguien decidiera por él.

Era un hombre bajo custodia, responsable de homicidios que todavía no sabía cómo demostrar ante un tribunal sin entregar también al testigo al mismo sistema que lo había utilizado.

—¿A dónde me llevas? —preguntó. —A un lugar donde Life no tenga acceso mientras declaras.

—¿Y después? —Después vemos qué podemos demostrar sin inventar nada.

Adrián asintió. Parecía exhausto. No redimido.

Marcela recogió la placa y el astronauta.

Adrián miró hacia la habitación donde Ortiz trabajaba con el cuerpo de Gabriel.

—Marcela. Ella se detuvo. —¿Qué? Adrián levantó las manos esposadas.

—Cuando escribas cómo murió, no digas que Life lo mató.

Marcela permaneció inmóvil. —Life te puso la orden.

—Sí. —Manipuló el implante. —Sí. —Te mostró una proyección para empujarte.

—Sí. Adrián sostuvo su mirada. —Y yo lo maté.

El dolor regresó con una precisión física.

Marcela no suavizó la respuesta. —Sí. —No quiero que eso también desaparezca.

—No va a desaparecer. Adrián bajó las manos. —Bien.

Marcela abrió la puerta de la bodega. Afuera, Austin seguía funcionando.

Los semáforos cambiaban, los hospitales recibían pacientes, las personas compraban comida, pagaban facturas, conducían y dormían dentro de una infraestructura que había perdido cuarenta y siete segundos y regresado como si nada.

Life 365 seguía allí. Gabriel Fernández no.

Ethan Nolan estaba vivo. Eleanor Voss estaba desaparecida.

Mina Reyes seguía en algún lugar de 2147.

El asesino de Gabriel caminaba esposado detrás de Marcela y llevaba sobre la piel nombres que quizá ningún archivo digital conservaría.

Dentro de la bodega quedaban papel, plástico, sangre, fotografías, un cuerpo imposible, muestras separadas y una pila de testimonios que todavía no formaban una historia completa.

Marcela tampoco tenía una respuesta completa.

Por primera vez, no la necesitaba. Tenía testigos.