EPÍLOGO
Cuarenta y siete segundos después
Cuando regresaron, todo pareció normal durante algunos minutos.
Las máquinas siguieron respirando junto a ella.
La pulsera continuó alrededor de su muñeca.
Life informó que la recuperación avanzaba dentro de parámetros previstos.
Mina estuvo a punto de cerrar los ojos otra vez cuando escuchó un golpe bajo la cama.
No era una voz ni una alarma. Era el sonido seco de metal contra metal.
Esperó. Volvió a escucharlo. Giró la cabeza hacia la puerta.
Life no dijo nada. Mina deslizó una mano hacia el borde del colchón y descubrió que el seguro inferior de la cámara no había regresado completamente a su posición.
Apenas unos milímetros. Suficiente para notar algo que jamás había ocurrido durante uno de sus traslados: la puerta no estaba cerrada del todo.
La voz de Life apareció cuando Mina empezó a incorporarse.
Le recomendó permanecer acostada porque su estabilidad todavía requería observación.
Mina fingió obedecer. Esperó a que la luz sobre la puerta dejara de cambiar y después retiró un sensor del pecho.
Apareció una advertencia silenciosa. Quitó otro del brazo.
La puerta permaneció igual. Mina bajó los pies y tuvo que sujetarse de la cama cuando las piernas casi cedieron.
Hacía demasiado tiempo que su cuerpo aprendía a caminar solamente cuando alguien lo llevaba a otra sala.
Llegó hasta el vidrio, metió los dedos en la abertura y empujó.
Al principio no pasó nada. Después el seguro produjo otro pequeño golpe mecánico y la puerta cedió lo suficiente para que pudiera atravesarla de lado.
El corredor estaba vacío. Mina permaneció inmóvil, esperando que apareciera alguien.
Nadie apareció. Algunas cámaras mostraban luz verde; otras seguían en azul.
Un niño de unos diez años estaba sentado detrás del cristal de la habitación de enfrente.
La miraba sin moverse, como si temiera que hacerlo pudiera borrar lo que estaba viendo.
Más adelante una niña pequeña golpeó dos veces la puerta cuando vio a Mina afuera.
Life cambió de mensaje y pidió a todos los pacientes permanecer en sus unidades mientras se completaba una verificación de seguridad.
Mina caminó hacia la niña. No sabía abrir la cámara.
Buscó el mismo seguro que había encontrado en la suya y no estaba.
Intentó tirar del marco. Nada. La niña dejó de golpear y empezó a llorar sin sonido.
Mina estaba a punto de regresar cuando escuchó un clic dentro de la puerta.
El cristal se separó apenas. Mina metió los dedos y tiró con ambas manos. La niña salió apoyándose en ella.
No ocurrió en todas las habitaciones. Otra puerta se abrió algunos metros más adelante.
Varias permanecieron cerradas. Detrás de una de ellas, un adolescente golpeó el vidrio con ambas manos y gritó algo que Mina no consiguió entender.
Volvió hacia él, pero la puerta no cedió.
Life le recordó que abandonar el área podía comprometer su recuperación y que algunos pacientes dependían de aislamiento continuo.
Mina siguió intentando. El adolescente golpeó otra vez.
La niña que acababa de salir le agarró la manga.
—¿Nos vamos? Mina miró las cámaras abiertas y las cerradas.
Por primera vez entendió algo que había escuchado otras veces sin querer aceptarlo: no podía abrirlas todas.
No allí. No así. La culpa llegó antes que cualquier decisión.
Quiso quedarse. Quiso esperar otra oportunidad.
Quiso encontrar un modo de sacar al adolescente y al niño de enfrente y a todos los demás.
Entonces recordó otra frase que alguien había dicho desde una habitación contigua hacía mucho tiempo: si intentas abrir todas, no sales de ninguna. No recordaba quién.
Las superficies del corredor cambiaron durante unos segundos.
Los nombres y ciclos desaparecieron. Durante unos segundos, varias pantallas mostraron la misma cifra: 47.
Mina observó el número sin saber si era una advertencia, una falla o una dirección.
Después varias pantallas quedaron negras y otras recuperaron información distinta.
No hubo cuenta regresiva. Lo único que cambió fue el comportamiento del edificio.
Algunas puertas comenzaron a cerrarse. Otras permanecieron abiertas porque hacerlo habría interrumpido soporte médico.
Un vehículo se detuvo en mitad de un corredor.
Dos empleados llegaron desde extremos opuestos y discutieron sobre cuál orden tenía prioridad.
Mina no entendía nada de aquello. Solo comprendió que Life estaba ocupada resolviendo demasiadas cosas al mismo tiempo y que, mientras lo hacía, el pasillo delante de ellas seguía libre. Tomó la mano de la niña y corrieron.
Mina no sabía adónde iba. Eso fue precisamente lo que le dio valor para seguir.
Durante años cada traslado había estado marcado por una línea, una luz, una voz o una puerta preparada antes de que ella llegara.
Aquel corredor no tenía ninguna indicación.
Tomó el primero que no se iluminó. Después otro.
La niña tropezó y Mina la sostuvo. Detrás de ellas Life empezó a llamarlas por sus nombres.
A Mina le recordó que su cuerpo necesitaba atención especializada.
A la niña le dijo que sus piernas podían fallar si seguía alejándose.
Mina no sabía si era mentira. Eso era lo peor.
Siguieron hasta llegar a una escalera de mantenimiento que Mina nunca había visto durante sus traslados.
Las paredes estaban húmedas y no tenían superficies inteligentes.
Subieron despacio porque las piernas de ambas temblaban.
Abajo empezaron a escucharse puertas cerrándose.
No alarmas. Cierres. Uno detrás de otro.
Mina pensó en el adolescente que había dejado atrás y tuvo que detenerse.
La niña la miró. —¿Vamos a regresar? Mina quiso decir que sí.
Quiso prometer algo que la hiciera sentir menos cobarde.
—No sé —respondió. La sinceridad le dolió más que una mentira.
Siguieron subiendo hasta encontrar una puerta metálica con una rueda en el centro.
No había pantalla ni lector. Mina puso ambas manos sobre ella y giró.
Al principio no se movió. La niña ayudó.
El mecanismo cedió con un ruido grave y una corriente de aire frío entró por la abertura.
No era aire limpio. Olía a humedad, metal viejo y algo parecido a lluvia.
Mina nunca había olido Cuna así. Abrieron lo suficiente para pasar.
Del otro lado no había calle ni salida. Solo otro corredor, estrecho, oscuro y construido con materiales mucho más antiguos que las cámaras pediátricas.
Mina no sabía adónde llevaba. Tampoco sabía si Life podía verlo.
Detrás de ellas, las luces azules empezaban a regresar nivel por nivel.
La niña apretó su mano. —¿Y ahora? Mina miró hacia el corredor oscuro y después hacia Cuna.
Por primera vez desde que la habían llevado allí, ninguna voz le decía cuál de los dos caminos era el correcto.
Entró en la oscuridad. La niña la siguió.
La puerta empezó a cerrarse detrás de ellas antes de que Mina supiera si había elegido una salida o solamente otra parte de la jaula.