CAPÍTULO 31 #2
La puerta exterior se abrió y Reeves entró primero.
Vale venía detrás. Entre ambos llevaban una bolsa mortuoria negra sin identificación digital.
Marcela supo la respuesta antes de preguntar.
—¿Lo encontraron? Reeves asintió. —Llegamos justo antes de que cerraran el acceso.
—¿Cómo entraron? Vale dejó la bolsa sobre una mesa larga.
—Durante menos de un minuto todo el anexo perdió red.
Patrullas, puertas, cámaras. Nadie sabía qué instrucción seguir.
Reeves me metió con su placa y lo sacamos por la ruta de servicio.
—¿Cuarenta y siete segundos? Reeves respiró con cuidado.
—Sí. Marcela no preguntó quién lo había provocado. Ninguno lo sabía. Abrió la bolsa.
Gabriel estaba allí. La muerte no había corregido la edad imposible de su rostro ni las cicatrices, ni la quemadura circular sobre el pecho.
Marcela vio la pequeña cicatriz del índice que había alcanzado a distinguir en la imagen de 1987 y se obligó a no construir ninguna conclusión alrededor.
Tocó la frente de su hermano con dos dedos.
Treinta y nueve años buscándolo para tenerlo de regreso unas horas.
La crueldad de la cifra quiso convertirse en pensamiento y ella la rechazó.
—Ortiz. El médico apareció detrás. —Quiero fotos analógicas, huellas sobre papel, cabello, sangre, dientes, todo lo que puedas preservar físicamente.
Separado. Más de una copia. —¿Autopsia? Marcela miró a Gabriel.
—Sí. —Si la hago oficialmente, el cuerpo entra al sistema.
—Entonces no oficialmente. Reeves intervino.
—Eso nos puede destruir un caso después.
—No tenemos caso si mañana este cuerpo no existe o si nos dicen que nunca fue Gabriel.
Ortiz aceptó. Marcela cerró la bolsa y, por primera vez desde el anexo, dejó que las lágrimas aparecieran.
No muchas. Las suficientes para reconocer que él estaba allí.
Life empezó a contar otra historia antes de que Ortiz terminara de preparar la mesa.
Las radios hablaban de Ethan Nolan como un menor localizado gracias a una operación coordinada entre autoridades y servicios médicos.
No mencionaban Cuna ni la instalación del río.
Caleb Morris seguía vinculado públicamente a una investigación criminal que justificaba parte de la confusión alrededor de su muerte.
Daniel Mercer continuaba registrado como un niño fallecido en un incidente que no tenía relación alguna con un hombre del futuro.
Lucas Hale seguía sin encajar en ninguna base de datos que admitiera el cuerpo físico que Ortiz había examinado.
Marcela escuchó unos minutos y apagó la radio.
—¿Podemos demostrar algo? Vale tardó. —Digitalmente, Life tiene demasiadas ventajas.
Ortiz señaló las cajas de la bodega. —Físicamente tenemos más de lo que teníamos hace dos días.
Fotografías. VHS. Documentos. Las tiras de 2147.
Muestras de Lucas. Etiquetas de Cuna. Gabriel.
Marcela miró las cajas y entendió que ninguna prueba aislada demostraba la teoría completa.
No necesitaban hacerlo todavía. Lo que demostraban era más básico y por eso más difícil de destruir: había cuerpos, procedimientos y objetos cuya historia digital no coincidía con su existencia física.
—Entonces dejamos de intentar convencer a una sola base —dijo.
Reeves la miró. —¿Y qué hacemos? Marcela recordó a la técnica de 2147 mirando la fecha de Mina después de que la pantalla intentara corregirla.
—Personas. Más de una. En lugares diferentes.
Nadie que tenga toda la información, pero tampoco nadie cuya memoria pueda reemplazarse cambiando un servidor.
No alcanzaron a convertirlo en plan. Las luces se apagaron.
Esta vez nadie contó. El silencio llegó a toda la bodega al mismo tiempo: radio, iluminación exterior, dispositivos guardados, señales de la calle.
Marcela tomó su arma y fue primero a la habitación donde estaban Ethan y David.
Los encontró juntos, David protegiendo al niño detrás de una pared aunque no sabía de qué.
—Quédense aquí. Cerró y regresó. Adrián seguía sentado, pero había levantado la cabeza.
—Mi implante no tiene señal. —Quédate sentado.
—Eso estoy haciendo. Ortiz llamó desde la mesa de evidencia.
El pequeño fragmento biomédico extraído junto a una cicatriz de Lucas emitía un resplandor azul apenas perceptible.
Marcela se acercó sin tocarlo. En otra mesa, la placa que había llevado Gabriel reflejó la misma luz durante unos segundos.
El mensaje no cambió. No aparecieron palabras nuevas ni una instrucción conveniente desde un muerto.
Marcela agradeció eso. Después el resplandor se apagó.
La electricidad regresó y la ciudad volvió a conectarse como si nada hubiera ocurrido.
Una pantalla del edificio vecino informó que algunos servicios de Life 365 habían experimentado una interrupción breve y que no se requería ninguna acción de los usuarios.
Reeves encendió una radio analógica y recorrió frecuencias.
No había sido solo la bodega. Bomberos, hospitales, tránsito y servicios de varias zonas reportaban el mismo intervalo.
Nadie allí dijo que Gabriel lo había provocado.
Marcela miró la bolsa mortuoria. Si aquello estaba relacionado con lo que su hermano había preparado durante años, entonces matarlo no había terminado el plan.
Si no lo estaba, la coincidencia era otra pregunta para la que no tenían derecho a inventar respuesta.
Adrián se acercó apenas un paso y Marcela levantó la mirada.
—Ni se te ocurra. Él se detuvo. —No iba a tocarlo.
—Bien. —Solo iba a decir que eso no se sintió como una apertura.
—¿Entonces qué fue? Adrián miró las luces restauradas.
—No sé. Por una vez, Marcela agradeció una respuesta incompleta.