47 segundos (Los Ausentes nº 1) CAPÍTULO 31
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CAPÍTULO 31

Los que quedan

Marcela no recordó completo el trayecto desde el anexo hasta la bodega donde Ortiz había concentrado la evidencia.

Recordaba fragmentos: Ethan dormido contra la puerta de la camioneta con la cabeza apoyada sobre una chamarra enrollada; Reeves hablando por radio con una normalidad cuidadosamente fabricada mientras daba instrucciones que no revelaban dónde estaban; Vale arrancando la batería de un dispositivo antes de que terminara de encenderse; Adrián inclinado hacia adelante por la herida del hombro, las manos vacías, sin atreverse a mirar a nadie.

Recordaba sobre todo sus propias manos. Seguían manchadas con la sangre de Gabriel.

Había empezado a limpiarlas con una botella de agua y se detuvo después del primer intento porque la imagen de la sangre desapareciendo de los dedos le produjo una rabia absurda.

Life podía cambiar rutas, historiales, órdenes médicas y versiones públicas; había demostrado que incluso podía intervenir en la memoria de un hombre.

Marcela no quería llegar a la siguiente habitación con las manos limpias como si su hermano hubiera sido otra variable eliminada de una escena.

Cuando entraron a la bodega, Ortiz llevó a Ethan hacia una habitación interior y revisó nuevamente las marcas de agujas, el brazo vendado y los signos vitales.

Reeves cerró una puerta mecánica detrás de ellos.

Adrián permaneció junto a la entrada. Marcela sacó del bolsillo la lámina metálica que había encontrado en la ropa de Gabriel y la colocó sobre una mesa.

El dibujo imperfecto del planeta quedó hacia arriba.

La giró después: NO DEJES QUE LO CORRIJAN. Nadie dijo a quién se refería.

La prioridad cambió sin resolver nada. Marcela miró la puerta detrás de Ortiz y después el plano sobre la mesa.

Durante semanas cada decisión había llegado de la misma manera: dos cosas correctas que no cabían en la misma hora.

Gabriel estaba muerto. Ethan seguía vivo.

Elegir al niño no significaba abandonar a su hermano; significaba aceptar una realidad que Gabriel había intentado enseñarle incluso cuando ella lo odiaba por hacerlo.

—Yo me quedo con Ethan —dijo—. Reeves y Vale van por Gabriel.

Ortiz se queda con la evidencia. Adrián dio un paso.

—Puedo ayudar con el cuerpo. Marcela lo miró hasta que se detuvo.

—No vas a acercarte a él. —Conozco las rutas de recuperación.

—Precisamente. No. Sacó una silla metálica y la colocó en el centro del cuarto.

—Siéntate. Adrián obedeció. Reeves señaló las esposas que llevaba.

—¿Lo aseguro? Marcela pensó un instante.

—Todavía no. Quiero que elija quedarse. Adrián levantó la vista.

La diferencia podía parecer ridícula después de todo lo que había hecho, pero no lo era para un hombre cuyo cuerpo había ejecutado órdenes que su mente intentaba resistir.

Marcela dejó su arma sobre la mesa, fuera de su alcance pero visible.

—Si te levantas antes de que yo te diga, te disparo.

—Entendido. —No es una orden de Life. —Lo sé. Reeves y Vale salieron.

Ethan estaba sentado sobre un colchón improvisado con una sudadera demasiado grande y las piernas recogidas contra el pecho.

Sin máquinas alrededor parecía más pequeño que en Cuna, y la cantidad de años, personas y decisiones que habían girado alrededor de su cuerpo se volvió todavía más obscena.

Ortiz había retirado la vía y cubierto con una venda los puntos donde habían insertado agujas.

Marcela se sentó frente a él. —Quiero a mi papá —dijo Ethan.

—Lo sé. —Dijiste que íbamos a encontrarlo.

—Sí. —Entonces tráelo. La exigencia era completamente razonable para un niño de nueve años y difícil para todos los adultos de la habitación.

Marcela explicó que David estaba vigilado y que no podían llamarlo directamente.

Ethan preguntó si las personas que lo vigilaban eran malas.

—Algunas probablemente creen que están haciendo su trabajo.

—Como los doctores. —Sí. —¿Los que me tenían allá eran malos?

Marcela tardó. —Algunos sabían suficiente.

Otros quizá solo conocían una parte. Ethan miró la venda de su brazo.

—Pero igual lo hacían. Marcela pensó en Adrián sentado al otro lado de la puerta.

—Sí. El niño guardó silencio y después preguntó por Gabriel.

No preguntó si estaba muerto; eso ya lo sabía.

Preguntó por qué había muerto si ya lo habían sacado.

Marcela sintió el golpe con una precisión que no esperaba.

—Porque Life todavía quería detenerlo. —¿Por mí?

—No. —Fueron por mí. —Eso no significa que seas responsable.

Ethan no pareció convencido. Marcela se acercó un poco.

—Escúchame. Las personas que te secuestraron son responsables de haberte secuestrado.

Las personas que hicieron Cuna son responsables de Cuna.

Adrián es responsable de lo que hizo. Gabriel tomó decisiones durante años que también tuvieron consecuencias.

Yo tomé las mías. Tú eras un niño al que se llevaron.

No conviertas las decisiones de todos nosotros en una deuda tuya.

Ethan miró el piso. Marcela entendió, mientras hablaba, que había pasado treinta y nueve años construyendo una versión diferente de la misma culpa alrededor de 1987.

No convirtió esa comprensión en revelación.

No era el momento ni Ethan era un espejo diseñado para curarla.

—Quiero ver a mi papá —repitió él. Esta vez Marcela respondió sin condición.

—Lo vas a ver. Ortiz levantó una ceja cuando salieron al cuarto principal.

—¿Cómo? Marcela miró a Adrián, todavía sentado exactamente donde lo había dejado, y luego a un teléfono sin conexión que Reeves utilizaba para recibir llamadas físicas a través de una línea antigua.

—Sin avisarle a ningún sistema dónde va.

David llegó menos de una hora después dentro de la caja cerrada de una camioneta de un contratista que Reeves conocía desde mucho antes de que Life empezara a decidir las rutas de casi todos.

Un oficial de confianza lo había citado en una gasolinera con la excusa de ampliar su declaración y lo sacó por una salida lateral antes de que una cámara pudiera registrar hacia qué vehículo se dirigía.

Nadie le explicó por teléfono. David entró a la bodega esperando preguntas y vio a Ethan.

Se quedó inmóvil. El niño dijo “papá” y David empezó a negar con la cabeza antes de caminar.

Después dejó de caminar y corrió. Cayó de rodillas frente a Ethan y lo abrazó con tanta fuerza que Ortiz tuvo que recordarle la herida del brazo.

Ethan lloró entonces de una manera que no había podido llorar en Cuna, ni durante la huida, ni cuando Marcela le dijo que Rachel había muerto, ni cuando supo lo de Gabriel.

Lloró con la cara enterrada en el cuello de su padre mientras David repetía su nombre y le tocaba el pelo, la espalda y los hombros como si necesitara verificar varias veces que cada parte seguía allí.

Marcela permaneció unos segundos en la puerta antes de salir.

Adrián seguía sentado en la silla. No se había movido.

—¿Por qué sigues aquí? —preguntó ella. —Me dijiste que me quedara.

—Has obedecido órdenes peores. —Sí. —No era un cumplido.

—Ya sé. Marcela tomó la placa de Gabriel y la dejó sobre la mesa entre ambos.

—¿Sabes qué significa? Adrián leyó la frase.

—Puede significar más que matarme. —Eso no responde.

—Es lo único que sé con certeza. Hay veces que Life no necesita eliminar a una persona si puede eliminar la parte de ella que produce el problema.

Marcela lo observó. —¿Recuerdos? Adrián se tocó con cuidado el vendaje detrás de la oreja.

—Recuerdos. Acceso. Identidad. Lo suficiente para que alguien siga respirando y deje de ser un testigo útil.

Marcela no permitió que la explicación creciera.

—¿Crees que Gabriel hablaba de ti? —Sí. —¿Por qué?

Adrián levantó los brazos tatuados. —Porque sé cosas que él ya no puede decirte.

Marcela sintió una oleada de repulsión. —También sabes matar niños.

—Sí. —No voy a esconderte porque Gabriel dejó una frase.

—No deberías. —Voy a entregarte. Adrián asintió.

—Cuando puedas hacerlo sin entregarme primero a Life.

Marcela odiaba que eso tuviera sentido. Podía esposarlo, llevarlo a una estación, registrar sus huellas, sangre y ADN, y en el instante en que la cadena digital comenzara Life tendría una oportunidad de recuperarlo, reconstruir al operador o convertirlo administrativamente en otra cosa.

Ninguna de esas posibilidades era justicia.

—¿Qué quieres? —preguntó. —Tiempo para declarar lo que recuerdo antes de que vuelva a faltar.

—¿Eso es castigo? Recordar. —No. Es evidencia.

Adrián giró uno de los brazos. Los nombres se extendían por la piel como una lista escrita para sobrevivir a su propia cabeza.

Algunos Marcela ya conocía; otros seguían siendo personas sin historia para ella.

—Hay nombres que tatué porque recordaba exactamente lo que hice.

Otros porque sabía que había ocurrido algo y temía perderlo.

No todos son muertos. No todos fueron víctimas de la misma manera.

Pero si Life me vuelve a corregir, algunos desaparecen conmigo.

Marcela miró los nombres y sintió la contradicción sin necesidad de resolverla.

Seguían siendo marcas hechas por un hombre responsable de atrocidades.

También podían ser un archivo. Ambas cosas eran ciertas.

—No te voy a perdonar. —No te lo pedí. —Bien.