47 segundos (Los Ausentes nº 1) CAPÍTULO 30 #3
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CAPÍTULO 30 #3

Su respiración volvió a fallar. Marcela puso ambas manos sobre él como si pudiera contener algo que ya se estaba yendo.

Gabriel miró hacia la escalera. —Ethan salió de Cuna.

—Sí. —Eso importa. —Tú también importas.

—Lo sé. La respuesta la golpeó más que cualquier falsa modestia.

Gabriel nunca había dicho que su vida no valiera.

Sabía exactamente lo que estaba perdiendo.

—Escúchame —dijo. Marcela negó. —No. —No fui el bueno, Marce.

—No me importa. —A ti sí. Después te va a importar.

Dejé misiones correr porque necesitaba rutas.

Usé a Adrián. Elegí a quién sacar cuando no podía sacar a todos.

Ayudé con cosas que mantuvieron el sistema funcionando porque necesitaba seguir dentro.

Si después alguien te cuenta que fui el héroe, no le creas.

Marcela sintió las lágrimas y no permitió que le cerraran la visión.

—Me lo vas a explicar tú. —No alcanza. —Encuentra más tiempo.

Gabriel soltó una respiración que casi pareció una risa.

Después su expresión cambió. —Encuentra a Mina.

Marcela dejó de discutir. —Sí. —Sigue viva.

—La vi. Gabriel cerró los ojos un instante, aliviado por una noticia que aparentemente no conocía con certeza.

—Bien. Sophie también, si puedes. Y los demás.

No todos. Los que puedas. Marcela lo miró furiosa incluso entonces.

—Sigues con eso. Gabriel sonrió apenas. —Y tú sigues creyendo que una detective puede arrestar al universo entero. —Cállate. —Eso tampoco cambió.

Gabriel miró a Adrián. El hombre de los nombres seguía contra la pared, sangrando por el hombro.

—No dejes que te digan que salvar millones hizo correcto matarme.

Adrián sostuvo su mirada por primera vez.

—No. —Y no conviertas lo que te hicieron en una historia donde tú no hiciste nada.

Adrián tragó. —No. Gabriel volvió hacia Marcela.

—Tampoco lo perdones por mí. Ella soltó una risa rota.

—Eso sí te lo prometo. El cuerpo de Gabriel se tensó una última vez.

Marcela sintió el cambio debajo de sus manos antes de aceptarlo.

No hubo discurso final ni una frase perfecta que ordenara treinta y nueve años.

Hubo una exhalación que no regresó. Ella esperó.

Presionó donde sabía que ya no servía, volvió a decir su nombre y después lo dijo otra vez, con la misma voz con que una niña de ocho años había gritado hacia una calle vacía en 1987.

Esta vez Gabriel no desapareció dentro de una luz imposible.

Estaba allí, pesado, adulto, lleno de cicatrices y años que ella nunca había compartido.

La segunda pérdida fue peor porque podía tocarlo.

Adrián lloraba en silencio. Marcela levantó el arma y lo apuntó durante varios segundos.

Él no se defendió. —Hazlo. Marcela acercó el dedo al gatillo.

Después bajó el arma. No porque Gabriel se lo hubiera pedido.

No porque la placa de blindaje hubiera fallado ni porque Life fuera responsable de parte de la cadena.

La bajó porque matar a Adrián arrodillado frente a ella sería una ejecución, y Marcela había pasado demasiado tiempo persiguiendo a un sistema que convertía proyecciones en permisos para matar.

—Levántate. Adrián la miró. —Marcela... —Si vas a decir que Life te obligó, mejor cállate.

Él cerró la boca y se puso de pie con dificultad.

Desde abajo Ethan llamó. Marcela intentó levantar el cuerpo de Gabriel.

No pudo llevarlo más allá del primer escalón sin entender la siguiente elección.

Ethan estaba escondido mientras afuera se acercaban policías y personal médico.

Gabriel estaba muerto. Sacar uno significaba dejar al otro durante unos minutos que podían convertirse en horas.

Marcela acomodó a su hermano contra la pared con cuidado, cerró su camisa sobre la quemadura y registró sus bolsillos por reflejo de policía antes de odiarse por hacerlo.

Encontró una pequeña lámina metálica, vieja y rayada, sin electrónica visible.

No la leyó. La guardó. Antes de bajar, recogió también el dispositivo oscuro del suelo y lo guardó en una bolsa de evidencia.

—Volvemos por él —dijo. Adrián asintió. Marcela lo miró. —Tú no lo tocas. Bajaron.

Ethan estaba exactamente donde ella lo había dejado.

Cuando la vio corrió hacia Marcela y después miró detrás de ella.

—¿Gabriel? Marcela tomó su mano. —Tenemos que salir.

Ethan no avanzó. —¿Dónde está? Ella podría haberle dado una respuesta útil.

Herido. Después te digo. Está arriba. Todas habrían conseguido que caminara con menos dolor durante algunos minutos.

Marcela había visto a Life construir un mundo entero con respuestas útiles.

Se agachó. —Gabriel murió. Ethan tardó en comprender.

Después miró a Adrián, vio la sangre en su hombro y la expresión con la que evitaba mirarlo.

—¿Él? Marcela sostuvo los ojos del niño.

—Sí. Adrián cerró los suyos. Ethan apretó la mano de Marcela y no lloró todavía.

—¿Mi mamá sabe que estoy bien? —preguntó cuando empezaron a moverse.

Marcela se detuvo. Había pospuesto esa conversación porque Ethan necesitaba primero sobrevivir.

Ya no podía seguir convirtiendo la verdad en algo que siempre ocurriría después.

—Ethan, tu mamá murió antes de que te encontráramos.

El niño quedó inmóvil. —No. Marcela se agachó otra vez.

—Lo siento. —No. No intentó corregirlo. —¿Gabriel sabía?

Marcela pensó en todas las veces que el hombre había respondido solo lo suficiente para mantener al niño caminando.

—Sí. Ethan miró hacia la escalera por donde Gabriel ya no bajaría.

Entonces lloró. No tuvieron tiempo para hacerlo bien.

Salieron por el canal mientras las sirenas llenaban el exterior.

Reeves había conseguido mover parte del perímetro hacia la entrada principal y Vale mantenía abierta una ruta de servicio que no duraría.

Ortiz esperaba con un vehículo. Marcela entregó a Ethan primero.

Reeves miró detrás de ella esperando ver a Gabriel y después encontró a Adrián, la sangre y la cara de Marcela.

No preguntó. Life anunció desde una pantalla pública al otro lado del río que Ethan Nolan había sido localizado y que continuaba recomendándose cooperación con servicios autorizados.

Marcela no respondió. La instalación quedó atrás con el cuerpo de Gabriel dentro, pero Reeves ya estaba organizando la forma de volver por él antes de que alguien pudiera hacerlo desaparecer.

Ethan permanecía pegado a Ortiz, llorando en silencio.

Adrián estaba herido, desarmado y vigilado.

Life había conseguido lo que quería: Gabriel estaba muerto. No había conseguido recuperar al niño.

Marcela abrió la mano cuando estuvieron suficientemente lejos.

La lámina metálica que había encontrado en el bolsillo de su hermano tenía en una cara un dibujo imperfecto de un planeta con los anillos cruzados de la misma forma en que Gabriel los había dibujado de niño.

En la otra había cuatro palabras escritas a mano: NO DEJES QUE LO CORRIJAN.

Marcela levantó la vista hacia Adrián. Él vio la placa.

No preguntó a quién se refería. Tampoco pidió que la obedeciera.

Marcela cerró la mano alrededor del metal.

Mantener vivo al hombre que acababa de matar a su hermano no sería perdonarlo.

Sería asegurarse de que Life no pudiera borrar al único testigo que todavía llevaba sus crímenes escritos sobre la piel.