47 segundos (Los Ausentes nº 1) CAPÍTULO 30 #2
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CAPÍTULO 30 #2

Gabriel empujó a Ethan hacia Marcela. —Bájalo.

Marcela obedeció porque en ese instante proteger al niño era la única decisión que no admitía discusión.

Descendieron hasta el nivel inferior, pero detrás de ellos sonó un golpe.

Ethan se volvió. —¡Gabriel! Marcela miró la escalera y comprendió la elección que llevaba demasiado tiempo acercándose.

Podía seguir hacia el canal y sacar a Ethan, dejando a Gabriel con Adrián y una puerta abierta hacia Cuna.

O podía regresar y arriesgar que el niño volviera a caer en manos del sistema.

No intentó hacer ambas cosas. Señaló una sala de bombas lateral.

—Métete ahí. Cierra por dentro. No abras hasta que yo vuelva o escuches a Reeves.

Ethan la agarró. —No. —Hazlo. —Marcela...

—Ethan. Su voz hizo que obedeciera. El niño entró.

Ella esperó a escuchar el seguro y volvió arriba.

Gabriel y Adrián estaban contra la pared junto a la abertura.

Dos agentes de recuperación avanzaban desde Cuna, todavía al otro lado.

Marcela disparó contra una pieza del marco y la puerta perdió definición sin cerrarse.

Gabriel había conseguido volver a colocar parte del blindaje sobre el implante de Adrián, pero la señal seguía entrando.

—Elena Morales —dijo Marcela. Adrián reaccionó.

—Lucas Hale. Daniel Mercer. Caleb Morris.

Ethan Nolan. No eran palabras mágicas. No apagaban la orden.

Solo le devolvían contextos que Life prefería convertir en objetivos y resultados.

Adrián miró a Gabriel y la mano empezó a ir hacia su cinturón.

Gabriel dijo entonces: —1984. El movimiento se detuvo.

Marcela lo miró. Gabriel no apartó los ojos de Adrián.

—Yo estaba allí. Adrián perdió color. —Te vi.

—Sí. —Me llevaste. —No. —Entonces ¿qué hacías?

Gabriel miró la abertura y tomó una decisión.

—Intenté sacarte antes de que Life te encontrara.

Nada más. No explicó cómo había llegado a 1984 siendo adulto, ni por qué sabía dónde estaría Adrián niño, ni qué había ocurrido después.

El dato no resolvía la paradoja; solo desplazaba una pieza.

—¿Fallaste? —preguntó Adrián. —Sí. Life intervino diciendo que el recuerdo no podía verificarse.

Gabriel soltó una risa sin humor. —Qué conveniente.

La puerta empezó a estabilizarse otra vez y uno de los agentes intentó cruzar.

Gabriel lo golpeó cuando apenas había completado el paso y lo devolvió contra el marco.

Marcela disparó a la pierna del segundo antes de que pudiera entrar por completo.

Adrián vio un panel físico en la pared y reconoció el cierre.

—Puedo cerrarla. Gabriel negó. —No con el implante abierto.

—No hay otra forma suficientemente rápida.

—Buscamos otra. Adrián miró la sala blanca y después hacia la escalera donde Ethan estaba escondido.

—Eso dijiste de Lucas. Gabriel dejó de responder.

Adrián apoyó la mano sobre el panel. La interfaz lo reconoció y la luz detrás de su oreja aumentó.

No desapareció Adrián. Marcela vio exactamente cuándo llegó la orden porque el miedo cambió de lugar en su rostro.

Life informó que Gabriel Fernández seguía disponible para corrección.

Adrián mantuvo la mano sobre el cierre. La abertura comenzó a contraerse.

—Sigue —dijo Gabriel. —La orden está entrando.

—Lo sé. —Está usando el brazo. —Entonces termina con el otro.

Adrián soltó el cierre durante una fracción de segundo y lo recuperó.

La puerta volvió a contraerse. Los agentes del otro lado retrocedieron cuando comprendieron que podían quedar atrapados entre correspondencias.

Life repitió la proyección de 31,408,006 muertes.

Adrián seguía cerrando. Su otra mano comenzó a moverse hacia el arma caída de uno de los agentes.

Marcela la pateó lejos. Gabriel sujetó el brazo antes de que alcanzara otra cosa.

Adrián lo golpeó con la cabeza por reflejo impuesto y después intentó apartarse.

—No te acerques. —No. —Gabriel, aléjate.

—No. Marcela apuntó sin encontrar un ángulo seguro.

La presión regresó antes de que pudiera moverse.

Las luces parpadearon y durante una fracción de segundo la habitación pareció quedar fuera de sincronía.

Cuando volvieron, había algo en el suelo entre Adrián y Gabriel.

Un pequeño dispositivo oscuro. Marcela estaba segura de que no había estado allí un instante antes.

Adrián lo vio. Gabriel también. Pero Gabriel no lo miró como alguien que acabara de verlo por primera vez.

Marcela reconoció la forma del dispositivo y recordó la lesión circular en el cuerpo de Daniel.

Marcela sintió que la escena se reducía hasta dejar solo tres personas, aunque Ethan estuviera debajo y Cuna desapareciera detrás.

Adrián se agachó y la recogió antes de que Marcela pudiera reaccionar.

Gabriel no intentó detenerlo. Adrián levantó el arma contra su pecho.

Tenía lágrimas en los ojos. Seguía allí.

Ese era el horror. —No puedo bajarla. Gabriel no retrocedió.

—Lo sé. —Mátame —dijo Adrián. Gabriel negó.

—No. —Mátame antes. —No te voy a dar eso.

Marcela avanzó un paso. —Yo sí. Gabriel levantó una mano hacia ella.

—No dispares. —Quítate. —No. —Te va a matar. —Puede ser. —Gabriel. —Marce, no.

Life cambió de estrategia. Dejó de hablar de millones y habló de Marcela.

Informó que la supervivencia de Gabriel reducía la probabilidad de un retorno seguro para ella y aumentaba riesgos para Ethan.

Adrián miró a Marcela. Esa pequeña desviación bastó para que Gabriel entendiera qué estaba haciendo el sistema.

—Ahí está —dijo—. Siempre lo mismo. Te encuentra a alguien que quieres salvar y te cobra otra persona.

Adrián respiró con dificultad. —¿Y si es verdad?

—Puede serlo. Marcela giró hacia Gabriel.

Él no suavizó la respuesta. —Las proyecciones pueden ser reales.

Lo que no demuestra es que su solución sea la única.

Life insistió en que eliminar a Gabriel mejoraba los resultados proyectados.

Gabriel miró a Adrián. —Nunca te enseñó el mundo donde no obedecías.

Adrián empezó a doblar el brazo hacia abajo.

Marcela lo vio avanzar apenas unos centímetros.

La puerta de Cuna terminó de cerrarse detrás de ellos con un golpe seco.

Por un segundo pensó que habían ganado la pelea más importante: Ethan seguía en 2026, Cuna había perdido la ruta y Adrián estaba consiguiendo bajar el arma.

Entonces Adrián miró a Marcela. No había ausencia.

No había una voz ajena. Había duda. Eso fue lo que mató a Gabriel.

La orden no necesitó controlar completamente el movimiento cuando pudo convertir una decisión en argumento.

Adrián vio a Marcela, pensó en Ethan, escuchó treinta y un millones de muertes y durante una fracción de segundo creyó que quizá disparar era realmente la forma de salvarlos.

Gabriel lo entendió antes que Marcela. —No —dijo.

Adrián apretó el gatillo. El pulso golpeó a Gabriel en el centro del pecho.

No hubo explosión ni una cantidad imposible de sangre.

Su cuerpo se tensó como si una corriente lo hubiera atravesado entero y cayó contra la pared antes de deslizarse al suelo.

Marcela disparó inmediatamente. La bala alcanzó a Adrián en el hombro y lo hizo girar.

Ella cruzó la distancia, lo golpeó contra el piso y descargó la empuñadura sobre el implante hasta que la luz desapareció.

Adrián quedó inmóvil, consciente apenas lo suficiente para ver a Gabriel en el suelo.

Marcela ya no lo miraba. Se arrodilló junto a su hermano, abrió la camisa y encontró una quemadura circular sobre el esternón.

Gabriel respiraba, pero cada intento parecía quedarse a mitad.

—Ortiz —dijo Marcela, más para sí misma que para él—.

Vamos por Ortiz. Gabriel atrapó su muñeca.

—No. —Cállate. —Marce. —Cállate. —Mírame.

Ella no quería hacerlo porque entendía demasiado bien lo que iba a encontrar.

Gabriel esperó. Marcela finalmente levantó la vista.

Adrián recuperó suficiente conciencia para sentarse contra la pared.

Miró el dispositivo oscuro que había quedado en el suelo, después la quemadura en el pecho de Gabriel.

—Yo... Marcela levantó su pistola. Gabriel apretó su muñeca antes de que apuntara.

—No. —Lo mató. —Sí. Adrián cerró los ojos.

—Life me hizo creer... Gabriel lo interrumpió con una fuerza que parecía imposible en su estado.

—No uses eso. Adrián abrió los ojos. Gabriel respiró antes de continuar.

—Te dio el argumento. Te empujó. Te entrenó.

Te manipuló durante años. Pero tú apretaste el gatillo.

Adrián bajó la cabeza. —Sí. La palabra quedó entre ellos sin alivio.

Marcela sintió el arma temblar en su mano.

—Déjame hacerlo. —No ahora. —¿Por qué lo proteges?

Gabriel negó apenas. —No lo protejo. Ethan está abajo.

Vienen policías. Y él tiene que vivir lo suficiente para responder por lo que hizo.

Adrián no protestó. Marcela quiso odiar a Gabriel por obligarla a seguir pensando cuando lo único que quería era disparar.

—Tú también vas a vivir. Gabriel sonrió débilmente.

—Siempre mandona. —No empieces. —No estoy empezando nada.