47 segundos (Los Ausentes nº 1) CAPÍTULO 26
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CAPÍTULO 26

Los que no regresaron

La primera puerta detrás de ellos cedió antes de que Eleanor alcanzara la siguiente intersección, pero la anciana no volvió la cabeza.

Avanzaba con una rapidez que no correspondía a la fragilidad aparente de su cuerpo, sosteniendo la lámpara a la altura de la cintura para que la luz no se proyectara por los cruces antes que ellos.

Marcela caminaba detrás con Ethan pegado al costado; Adrián cerraba la marcha arrastrando todavía ligeramente una pierna después de la descarga recibida en Cuna.

El corredor descendía bajo tuberías antiguas, placas oxidadas y capas de cableado muerto que parecían pertenecer a distintas versiones de la misma ciudad.

Eleanor explicó únicamente lo necesario: aquella infraestructura era anterior a las redes modernas de Life, construida cuando los primeros sistemas experimentales todavía dependían de conexiones físicas gruesas, cámaras grandes y redundancias que después habían quedado enterradas bajo estructuras nuevas.

Life había abandonado parte de esos corredores porque desmontarlos habría comprometido lo construido encima, y durante décadas los huecos habían servido para mover personas y cosas que no debían quedar registradas.

Marcela preguntó quién los había utilizado.

Eleanor respondió que demasiados y que la mayoría ya no estaba allí para contarlo.

Marcela habría insistido si Ethan no hubiera comenzado a respirar con dificultad.

Se detuvo, le pidió que respirara despacio y comprobó que siguiera orientado.

Cada respuesta pendiente podía esperar unos minutos más. Sacarlo de aquella ciudad no.

En la cuarta bifurcación Eleanor apagó la lámpara y levantó una mano.

Una franja azul apareció a lo lejos, recorriendo paredes y piso sin comportarse como una linterna.

Adrián la reconoció. —No está buscando imágenes.

Está leyendo cambios. Temperatura, presión, vibración, carga.

Cualquier cuerpo altera el espacio. Eleanor abrió una compuerta lateral y los hizo entrar en un hueco donde apenas cabían.

Sacó de un bolsillo una bolsa de tela, esparció un polvo gris sobre varias tuberías calientes y esperó.

El material produjo humedad y diferencias térmicas en distintos puntos.

La franja azul llegó hasta ellos, se detuvo unos segundos y continuó hacia otra bifurcación.

—¿Qué fue eso? preguntó Marcela. —Basura industrial.

—¿Y engaña a Life? Eleanor negó. —Le da demasiadas respuestas posibles.

A veces basta con eso. Marcela pensó en Gabriel.

No enfrentaba al sistema intentando superarlo en información; lo obligaba a escoger entre demasiadas versiones plausibles.

Continuaron cuando la franja desapareció y, varios corredores después, encontraron a Gabriel de una manera que Marcela no esperaba.

Una puerta de servicio se abrió en una galería superior y un hombre con uniforme gris salió empujando una plataforma de herramientas.

Marcela lo reconoció pese a la gorra y la máscara que cubría parte de su rostro.

Dos técnicos trabajaban junto a una compuerta.

Gabriel dejó caer deliberadamente una caja de piezas y consiguió que ambos se agacharan para ayudarlo.

Mientras recogían material levantó la mirada hacia la rejilla donde Eleanor esperaba y señaló dos veces hacia la izquierda.

No hubo saludo. Eleanor los condujo por otro acceso y Gabriel se reunió con ellos más adelante después de provocar una alarma menor en el corredor contrario.

Ethan tocó el cristal. —Me habló. Gabriel se volvió.

—¿Cuándo? —En el lugar blanco. No la veía.

Hablaba por la pared. Dijo que se llamaba Mina.

Marcela observó a la niña dormida y pensó en la brutalidad de un sistema donde dos niños arrancados de años distintos podían pasar horas separados por una pared mientras afuera transcurrían décadas.

—La sacamos —dijo. Gabriel negó. —No así.

—Está viva. —Precisamente. Si desconectas esta cámara sin estabilizarla, puedes matarla.

—Entonces la estabilizamos. —No tenemos lo que necesitamos.

Marcela lo miró. —¿Cómo sabes tanto de ella?

Gabriel sostuvo la mirada. —Porque llevo meses intentando moverla.

—¿Meses? —En mi tiempo local. Marcela respiró hondo.

Sabía que la siguiente pregunta no iba a darle una respuesta cómoda y aun así la hizo.

—¿Cuántos niños has intentado sacar? Gabriel permaneció callado.

Eleanor pidió que siguieran. Marcela no se movió.

—¿Cuántos? —Cincuenta y ocho. La cifra podía parecer una victoria hasta que Marcela preguntó cuántos habían salido.

—Diecinueve. Adrián levantó lentamente la cabeza.

Ethan seguía frente a Mina. —¿Y los demás?

preguntó Marcela. Gabriel miró las cámaras alrededor.

—Algunos murieron durante intentos. Otros fueron trasladados antes de que llegara.

Algunos tuve que dejarlos. —No uses esa frase conmigo.

—No estoy diciendo que esté bien. —Entonces dime qué estás diciendo.

Gabriel la miró con un cansancio que ella nunca había visto en el niño de once años que recordaba.

—Que si intento abrir cincuenta habitaciones al mismo tiempo, Life sella el nivel y no saco a nadie.

Si intento sacar a uno, algunas veces sale uno.

—Eso mismo podría decir Life. Gabriel recibió el golpe sin defenderse. —Lo sé.

Marcela volvió hacia Mina. Había cruzado ciento veintiún años para encontrar a Ethan y ahora tenía delante a otra niña de su propio tiempo, viva y atrapada.

Podía detenerse, intentar abrir aquella cámara y quizá perder la única salida conocida hacia 2026.

Podía continuar y hacer exactamente lo que acababa de reprocharle a Gabriel.

La diferencia no la hacía sentirse mejor: Ethan estaba de pie junto a ella, consciente, respirando, todavía sin las cicatrices que habían convertido a Lucas en prueba física de lo que ocurría cuando llegaban tarde.

Marcela retiró una etiqueta física de respaldo de la cámara de Mina y la guardó dentro de la chamarra.

—Voy a volver por ella. Gabriel no prometió que fuera posible.

—Entonces recuerda que encontrar una puerta no significa saber sacar a quien está detrás.

Marcela aceptó la advertencia porque no sonaba a excusa.

Salieron del almacenamiento y Adrián caminó varios metros en silencio antes de colocarse junto a Gabriel.

—Diecinueve. Gabriel siguió avanzando. —¿Cuántos de esos niños salieron utilizando mis rutas?

Gabriel tardó. —Algunos. —¿Me dejabas huecos?

—A veces. Adrián le cerró el paso. —Entonces me usaste.

—Sí. La respuesta fue limpia. Marcela sintió que la relación entre ambos se volvía más difícil justo cuando empezaba a entenderla.

—Sabías lo que hacía —dijo Adrián. —Sí. —Y no me detuviste.

—No siempre podía detenerte sin perder la ruta.

—Eso significa que dejaste que algunas misiones siguieran.

Gabriel no apartó los ojos. —Sí. Adrián lo agarró por la camisa.

Marcela intervino antes de que el gesto terminara en golpe.

—Basta. Gabriel no intentó defenderse. —Golpéame después.

Adrián apretó los dientes y terminó soltándolo.

—No quiero golpearte. Quiero recordar cuándo empezaste.

Por un instante Marcela creyó que Gabriel respondería 1984.

No lo hizo. —Mucho después de que me trajiste.

La puerta de aquella parte de la historia permaneció cerrada.

La cámara antigua se encontraba debajo de una sala médica todavía activa.

Llegaron por un corredor donde el concreto estaba agrietado y los soportes conservaban números pintados a mano.

En el centro había dos estructuras verticales conectadas a un módulo construido con piezas de distintas épocas.

Eleanor activó solo la parte necesaria y Gabriel colocó una placa física sobre un contacto.

La máquina respondió con una vibración baja.

Life habló desde un altavoz que ninguno había notado.

—La activación de infraestructura histórica no autorizada puede comprometer sujetos pediátricos.

Eleanor no levantó la cabeza. Gabriel sí.

—No tiene control completo aquí. Marcela preguntó cómo podía saberlo.

—Porque está intentando convencernos. El sistema pidió autenticación y Gabriel apoyó la mano.

Marcela vio una cicatriz en la muñeca que no conocía, pero no preguntó.

Había demasiadas verdades compitiendo por entrar al mismo tiempo.

La cámara comenzó a responder y Life cambió de estrategia.

—Ethan Nolan puede recibir atención estable en su ubicación actual.

El retorno a 2026 reduce acceso a tratamientos necesarios para su supervivencia futura.

Ethan miró a Marcela. —¿Estoy enfermo? Gabriel se arrodilló frente a él antes de que ella respondiera.

—No como quieren que pienses. Ethan miró las marcas de agujas en su brazo.

—¿Entonces por qué me quieren? Gabriel tardó apenas un segundo.

—Porque tu cuerpo hace cosas que ellos consideran útiles.

—¿Porque estoy sano? —Sí. Era incompleto, pero suficiente.

Ethan entendió que no lo habían llevado allí para curarlo.