47 segundos (Los Ausentes nº 1) CAPÍTULO 25 #2
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CAPÍTULO 25 #2

Los perseguidores reaparecieron al fondo.

Adrián empujó a Marcela detrás de una esquina cuando una descarga cruzó donde había estado su cabeza.

—Si quieres odiarme, sobrevive primero. Marcela respondió con dos disparos destinados a detener avance, no a matar.

Uno de los agentes se cubrió; los otros siguieron acercándose.

Detrás del vidrio, un niño comenzó a golpear con la palma.

Otro hizo lo mismo. Después otro. El sonido se extendió por el corredor sin convertirse en gritos.

Solo manos contra cristal. Ethan se detuvo junto a Marcela.

—¿Nos vamos sin ellos? La pregunta hizo más daño que la voz de Life.

Marcela se agachó frente a él mientras los golpes continuaban alrededor.

—Hoy voy a sacarte a ti. Ethan miró hacia las puertas.

—¿Y ellos? Marcela no tenía derecho a prometer lo que no sabía hacer.

—Voy a recordar dónde están. —Eso no los saca.

Marcela sostuvo la mirada del niño. —No.

La verdad era insuficiente, pero seguía siendo verdad.

Se levantó y siguió a Adrián mientras memorizaba códigos, posiciones y rostros: C-14-02, C-14-03, C-14-07; una niña pequeña con una cicatriz debajo de las costillas; un adolescente que no levantaba la vista; dos niños de rasgos parecidos en habitaciones contiguas.

No sabía cómo volvería ni con qué recursos, pero se negó a convertirlos nuevamente en datos anónimos.

El corredor terminó en una compuerta de servicio.

Adrián colocó la mano sobre el lector y nada ocurrió.

El blindaje alrededor del implante impedía la autenticación.

Los pasos se acercaban. —Hay que quitarlo —dijo.

Marcela negó. —Life recupera señal. —Solo necesito segundos.

—Ya vimos lo que puede hacer en segundos.

Adrián miró a Ethan y después a ella. —Entonces detenme si pierdo control.

Marcela retiró apenas la placa. La reacción fue inmediata.

El implante respondió como si hubiera estado esperando y el brazo derecho de Adrián comenzó a girar hacia ella antes de que el lector terminara de reconocerlo.

Él seguía mirándola. La reconocía. —No puedo detener la mano.

Marcela apoyó el cañón detrás de su oreja.

—Lucas Hale. Adrián tensó la mandíbula. —Daniel Mercer.

—Sé. —Caleb Morris. Sus dedos comenzaron a temblar.

—No uses a Life para convertir tus decisiones en algo que no fueron.

Adrián cerró los ojos, respiró y golpeó el control físico con la otra mano.

La compuerta empezó a abrirse justo cuando una descarga alcanzó su espalda.

El cuerpo se le dobló y cayó. Ethan cruzó primero.

Marcela agarró a Adrián por debajo de los brazos y lo arrastró hasta el otro lado antes de que la puerta se cerrara.

Los agentes quedaron detrás. Adrián no podía mover las piernas.

—¿Es permanente? —preguntó Marcela mientras lo alejaba.

—No lo sé. —Necesito que esa respuesta empiece a mejorar. —Yo también.

Entre Marcela y Ethan consiguieron moverlo por una rampa descendente hasta que la sensibilidad comenzó a regresar lentamente.

Otra vez hacia abajo. La arquitectura moderna fue desapareciendo alrededor de ellos, reemplazada por concreto viejo, tuberías expuestas y corredores donde no había iluminación automática.

Ningún perseguidor apareció. Marcela no interpretó la ausencia como seguridad.

Life sabía aproximadamente dónde estaban; que hubiera dejado de enviar gente solo podía significar que esperaba algo delante.

La respuesta llegó en forma de una puerta metálica abierta.

No había paneles, sensores ni luces visibles.

Del otro lado entraba aire más frío. Adrián consiguió ponerse de pie apoyándose contra la pared.

—No conozco esto. Marcela recordó las últimas palabras de Gabriel: no fuera de la red, debajo.

Entraron. La puerta comenzó a cerrarse detrás y Marcela levantó el arma hasta ver que no había motor.

Alguien la empujaba desde la oscuridad. —Marcela Fernández.

La voz era femenina y vieja. Una lámpara se encendió sobre una mesa.

No una pantalla ni una superficie integrada.

Una lámpara. Bajo aquella luz apareció una mujer de cabello completamente blanco, rostro delgado y una cicatriz circular cerca del cuello.

Marcela había visto esos mismos ojos en dos fotografías separadas por décadas de apariencia imposible: Eleanor Voss joven, y una mujer mucho mayor que parecía ser la misma persona.

—Eleanor Voss —dijo Marcela. La mujer inclinó ligeramente la cabeza.

—Eso ayuda. Adrián la observaba como si hubiera recuperado un recuerdo demasiado antiguo.

—Eleanor. Ella volvió la mirada hacia él.

—Has tardado. Marcela mantuvo el arma levantada.

—Ethan necesita regresar a 2026. Eleanor miró al niño y su expresión cambió apenas.

—Primero tiene que salir de la red de Cuna.

—Acabamos de salir de una instalación. —Cuna no es el edificio.

Marcela estuvo a punto de pedirle que explicara la frase, pero había aprendido cuánto podía costar una explicación en el peor momento.

—Entonces dime qué necesito hacer para sacarlo del sistema.

Eleanor se acercó a una mesa cubierta con mapas físicos.

—Hay una ruta hacia 2026. No durará abierta mucho tiempo y no pasa por las rutas que acabas de usar.

—¿Puede llevarnos? Eleanor tardó lo suficiente para que Marcela entendiera que la respuesta tenía condiciones.

—A dos personas. Nada más. Ethan apretó su mano.

—¿Dos cruces? —Dos cuerpos antes de que la correspondencia se vuelva inútil.

Marcela respondió de inmediato. —Ethan y yo.

Eleanor no dijo que sí. —No estoy eligiendo por ti. Estoy diciendo lo que permite la ruta.

Marcela miró a Adrián. Él ya había entendido el problema.

—Yo no puedo volver con Ethan. —No te pregunté.

—Si regreso a 2026 y Life recupera el implante mientras él está conmigo, puedo entregárselo antes de que lleguemos a la siguiente calle.

Marcela odió que tuviera razón porque una parte de ella habría preferido que fuera una excusa.

—Entonces Gabriel. Eleanor dobló una esquina del mapa.

—Primero hay que encontrarlo. Eso fue todo.

No habló por él, no afirmó que quisiera quedarse en 2147 y no convirtió sus treinta años en una explicación que Marcela todavía no había escuchado de su propia boca.

La puerta metálica vibró una vez y Eleanor apagó la lámpara.

Una segunda luz analógica se encendió al fondo, revelando un túnel estrecho que descendía todavía más.

—Life encontró este nivel. Si quieren esa ruta, tenemos que movernos ahora.

Marcela tomó a Ethan por la mano. Adrián ya podía caminar, aunque arrastraba ligeramente una pierna.

Antes de entrar al túnel, Marcela volvió la vista hacia Eleanor.

—¿Gabriel sabe dónde estás? —Sí. —¿Viene hacia aquí?

—Si pudo salir de la ruta que tomó, sí. Era una respuesta suficientemente limitada para que Marcela la aceptara.

Siguieron a Eleanor por el túnel. Ethan podía tener una salida hacia 2026.

Gabriel estaba en algún punto de aquella estructura después de treinta años de una vida que Marcela todavía no comprendía.

Adrián conocía demasiado de Cuna y seguía siendo demasiado peligroso para confiarle un niño si Life recuperaba control sobre su cuerpo.

Detrás de ellos quedaban habitaciones llenas de niños que Marcela había prometido recordar y que recordar no liberaba.

Adelante existía una ruta capaz de regresar solo a dos personas.

La aritmética era sencilla. Lo insoportable era decidir qué significaban esos dos lugares.

Por primera vez desde que cruzó al futuro, Marcela comprendió que rescatar a Ethan y recuperar a Gabriel podían no caber dentro de la misma salida.