CAPÍTULO 25
Debajo de la ciudad
El conducto terminó en una galería mucho más amplia construida con materiales de épocas distintas.
Había tramos de ladrillo envejecido, concreto cubierto por selladores modernos, tuberías que parecían anteriores a cualquier sistema que Marcela conociera y corredores enterrados bajo estructuras posteriores.
Gabriel explicó solo lo imprescindible: Austin no había desaparecido durante los ciento veintiún años que separaban ambos tiempos; había crecido encima, debajo y alrededor de sí mismo.
Infraestructura demasiado costosa para demoler había quedado sepultada dentro de la ciudad nueva, y algunos sectores residuales utilizaban justamente aquellos espacios abandonados que Life ya no consideraba prioritarios.
Marcela seguía buscando referencias del mundo que conocía y encontró una bajo varias capas de pintura: UTILITIES.
La palabra, banal y casi borrada, le produjo más impresión que cualquier superficie luminosa del futuro.
Gabriel llegó a una bifurcación y apoyó la mano sobre una tubería gruesa.
Esperó unos segundos. Adrián entendió antes que ella.
—Cambió la presión. Gabriel asintió. —Están sellando adelante.
—¿Cómo sabes que es Life? —Porque este nivel no corrige presión solo.
Marcela señaló el corredor de la derecha.
—¿Otra salida? —Sí. —¿Y qué tiene de malo?
Gabriel miró hacia la izquierda. —Pasa por debajo de Cuna.
La palabra modificó el espacio de inmediato.
Marcela había visto el resultado en Lucas, documentos sobre Ethan y fragmentos de instalaciones a través de aperturas imposibles, pero hasta entonces Cuna seguía siendo algo reconstruido desde evidencia parcial.
Ahora estaba en el tiempo donde funcionaba.
—¿Hay niños? —preguntó. Gabriel respondió demasiado rápido.
—Sí. —¿Cuántos? —No tengo acceso completo.
—Pero sabes que están ahí. —Sí. Marcela sostuvo la mirada de su hermano.
—¿Y los dejaste? Gabriel no intentó defenderse.
—Sí. Ethan estaba demasiado cerca para que Marcela continuara y una compuerta comenzó a cerrarse detrás de ellos.
Gabriel tomó el corredor izquierdo antes de que hubiera espacio para otra pregunta.
Gabriel esperó un cambio en el movimiento de las plataformas y les indicó cuándo cruzar.
Ethan avanzó entre él y Marcela mientras Adrián vigilaba atrás.
Habían llegado a la mitad de una pasarela cuando uno de los vehículos se detuvo donde no debía.
Gabriel aceleró. Las líneas del piso cambiaron de blanco a azul y los contenedores próximos fueron desviados hacia los bordes, despejando un corredor central con una eficiencia que no parecía alarma, sino preparación.
Life habló desde el techo con el mismo tono que podía haber usado para informar una cita médica.
—El desplazamiento de Ethan Nolan fuera de atención especializada incrementa el riesgo de complicaciones.
Se recomienda regresar al área clínica. Ethan redujo el paso.
Marcela tiró suavemente de su mano. —Sigue.
La voz continuó. —Ethan, Rachel Nolan solicitó evaluaciones destinadas a proteger tu salud y autorizó estudios genéticos preventivos.
El niño levantó la cabeza. —¿Mi mamá? La furia de Marcela apareció precisamente porque la afirmación podía ser cierta.
Rachel había autorizado estudios antes de comprender qué podían significar.
Life no necesitaba fabricar un pasado; le bastaba utilizar una parte.
—No la escuches —dijo Marcela. —La información relacionada con Rachel Nolan puede proporcionarse en un entorno clínico seguro —añadió Life.
Ethan se detuvo. —¿Mi mamá está aquí? Marcela ya no pudo responder con otra evasión.
—No. —¿Entonces dónde está? Gabriel se acercó, pero Marcela levantó una mano.
—Ethan, mírame. El niño lo hizo. —Life sabe cosas verdaderas.
Eso no significa que debas ir donde te diga.
Vamos a salir de aquí y yo voy a contarte todo lo que sé.
Te lo prometo. Gabriel la miró porque conocía el peso de aquella promesa.
Ethan respiró hondo y comenzó a caminar otra vez.
La reacción del sistema fue inmediata: varias puertas del extremo de la pasarela comenzaron a cerrarse.
Llegaron a la primera antes de que descendiera por completo, pero la siguiente ya había bloqueado el corredor.
Gabriel sacó de debajo de la camisa una pieza delgada de metal y la apoyó contra la unión del muro.
No tecleó ni buscó una interfaz; esperó.
La puerta parpadeó durante una fracción de segundo y quedó abierta apenas lo suficiente para permitir un cuerpo.
—Ahora. Ethan cruzó primero. Marcela pasó detrás.
Adrián se deslizó cuando el espacio ya se reducía.
Gabriel quedó del otro lado. Marcela se volvió de inmediato.
—Gabriel. Él levantó una mano. —Sigan. —Abre la puerta.
—No puedo desde ese lado. —Entonces cruza.
Gabriel miró hacia atrás. Algo se aproximaba por el corredor que ella no podía ver.
—Hay otra ruta. Adrián la conoce. —No la recuerdo —dijo Adrián.
Gabriel lo miró a través del espacio que quedaba.
—La vas a recordar. Marcela golpeó la puerta.
—No me hagas esto otra vez. Por primera vez desde que lo había encontrado, Gabriel perdió la calma.
—¡No tengo tiempo de convencerte de que me dejes hacer lo que llevo treinta años haciendo!
La frase quedó suspendida entre los tres justo antes de que la puerta terminara de sellarse.
Treinta años. Marcela no sabía todavía si se refería a esconderse, rescatar niños, interferir con Life o simplemente sobrevivir, pero la cifra reorganizó su percepción de él.
Para Gabriel habían pasado apenas unas décadas desde 1987; el calendario contaba otra historia.
Había vivido aproximadamente tres décadas desde 1987.
Treinta años que ella no conocía. Antes de que pudiera exigir una explicación, se escucharon pasos detrás.
Tres personas con uniformes grises aparecieron desde una intersección.
Llevaban dispositivos pequeños sujetos al antebrazo y no dieron ninguna orden.
Adrián los reconoció. —Recuperación. La palabra le gustó menos a Marcela que seguridad.
Corrieron por corredores que se dividían cada pocos metros.
Adrián elegía direcciones casi sin pensar: izquierda, bajar dos niveles, evitar las superficies negras, no tocar paneles con borde azul.
Sus recuerdos operativos aparecían bajo presión con una facilidad que sus recuerdos personales no tenían.
Una descarga golpeó el muro detrás de Marcela y durante un instante le desapareció la sensibilidad del brazo.
Adrián no se volvió. —Neuromuscular. Si te alcanza directo, caes.
El efecto se parecía demasiado a otros pulsos que había visto para requerir más explicación.
Marcela hizo que Ethan se cubriera detrás de una columna y disparó contra una conducción sobre los perseguidores.
El impacto lanzó fragmentos y obligó a dos a cubrirse.
Ganaron segundos, suficientes para bajar otra escalera.
El siguiente nivel no tenía contenedores. Tenía habitaciones.
Puertas transparentes se alineaban a ambos lados de un corredor largo.
Marcela frenó sin querer. Había niños. No cientos visibles, ni una imagen diseñada para representar por sí sola toda la atrocidad, solo suficientes para convertir lo abstracto en imposible de negar.
Un niño dormía conectado a sensores. Una niña de cabello rizado caminaba lentamente sobre una banda mientras una interfaz medía sus movimientos.
Dos adolescentes estaban sentados en habitaciones distintas.
Algunos no tenían marcas visibles; otros mostraban cicatrices en brazos, cuello o abdomen.
Un niño de aproximadamente la edad de Ethan se acercó al cristal con una pulsera de franja azul.
Marcela fue hacia la primera puerta. No había manija.
Disparó al panel lateral y el material apenas mostró una marca.
—Sigue —dijo Adrián. —No los voy a dejar.
—No puedes abrirlos así. —No sabes eso. Adrián se plantó frente a ella.
—Sí sé. He operado niveles como éste. Si fuerzas una habitación, el sistema la aísla.
Si cortas energía, no libera puertas. Cada módulo mantiene soporte independiente.
Marcela sintió que la confesión pesaba más que la explicación.
—¿Qué hacías? Adrián no apartó la mirada.
—Traslados. Recuperación. Preparación de algunos procedimientos.
—¿Con niños? —Sí. —¿Sabías lo que les hacían después?
Adrián podría haber intentado reducir su responsabilidad. No lo hizo. —Sabía suficiente.