47 segundos (Los Ausentes nº 1) CAPÍTULO 26 #2
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CAPÍTULO 26 #2

La abertura apareció entre las estructuras con una lentitud que hizo que Marcela temiera que no llegara a completarse.

Primero hubo oscuridad, después un cuarto que reconoció.

El viejo taller ferroviario de 2026. Reeves estaba sentado contra una pared con el torso vendado y un arma sobre las piernas; Ortiz permanecía cerca y Vale tenía abierto un panel de mantenimiento.

Los tres se levantaron cuando la abertura adquirió nitidez.

Marcela sintió un alivio físico, casi doloroso.

Reeves dijo su nombre y el sonido cruzó con retraso.

Eleanor revisó el módulo. —Solo soportará dos cruces estables.

Marcela tomó a Ethan por los hombros. —Ve.

El niño la miró con alarma. —¿Tú vienes?

—Después. Ethan negó. —No. —Tu papá está allá.

—No quiero ir solo. Marcela miró a Gabriel.

—Tú vas con él. Gabriel negó. —No puedo usar esta ruta.

—Eleanor dijo dos. —Dos que la cámara acepte.

Mi identificación está bloqueada para regresar por este punto.

Marcela sintió rabia porque la información llegaba justo cuando no podía discutirla.

Adrián tampoco era opción aceptable: incluso con blindaje nadie podía garantizar que Life no recuperara suficiente control sobre su cuerpo en 2026 para convertirlo en la forma más rápida de perder otra vez a Ethan.

Marcela miró a Eleanor. —Tú. —Puedo cruzar.

—Entonces vas con él. La anciana miró a Gabriel y algo pasó entre ambos que Marcela no entendió.

—Si cruzo, no regreso aquí fácilmente. —Eso lo resolvemos después. Ethan es ahora.

Marcela se arrodilló frente al niño. Las lágrimas estaban en sus ojos, aunque no hacía ruido.

—Reeves está ahí. Ortiz también. Ellos te van a cuidar y te van a llevar con tu papá.

Ethan miró la abertura y después volvió hacia ella.

—¿Y tú? Marcela sostuvo su cara entre las manos.

—Voy a encontrar otra puerta. No sabía si era verdad.

Era la única promesa que podía darle sin pedirle que eligiera quedarse.

Eleanor cruzó primero. El movimiento no pareció un viaje; simplemente dejó de estar en una habitación y apareció en la otra.

Reeves retrocedió por reflejo y Ortiz se acercó de inmediato.

Eleanor giró y extendió la mano. Ethan no se movió hasta que Marcela lo abrazó.

Fue breve, apretado y suficientemente real para que durante un instante ella olvidara el ruido del módulo.

—Ve. Ethan la sostuvo. —¿Le vas a decir a mi mamá que estoy bien?

Marcela cerró los ojos apenas un segundo.

—Te voy a contar todo cuando vuelva. No podía darle la muerte de Rachel en el borde de una puerta entre siglos.

Ethan se separó, tomó la mano de Eleanor y cruzó.

Reeves lo recibió del otro lado y Ortiz se agachó frente a él.

El niño se volvió una última vez hacia Marcela antes de que la abertura comenzara a perder definición. Después 2026 desapareció.

Marcela permaneció mirando el espacio vacío.

Ethan estaba fuera de Cuna. No en HOLD, no como una fotografía, no como un registro ambiguo: físicamente en 2026, con personas que podían llevarlo hasta David.

Mina seguía dentro. Los otros niños seguían dentro.

Eleanor se había marchado con una parte de las respuestas.

Marcela estaba atrapada en 2147 con Gabriel y Adrián, y por primera vez desde que lo había encontrado tenía a su hermano delante sin una puerta cerrándose entre ellos.

Se volvió. —Ahora sí. Gabriel entendió. No después.

Ahora. Abrió la boca para responder, pero Adrián dio un paso extraño detrás de ellos.

La placa de blindaje se había desplazado durante la carrera.

La piel alrededor del implante se tensó y él llevó inmediatamente una mano hacia la oreja.

—Cúbrelo. Marcela buscó la pieza metálica, pero Adrián levantó la otra mano hacia el arma.

Gabriel se quedó inmóvil. Adrián lo miró y Marcela vio algo peor que la ausencia que había temido encontrar.

Seguía reconociéndolos. Seguía siendo él.

Precisamente por eso el terror en su rostro resultó más claro cuando sus dedos comenzaron a cerrarse alrededor de la empuñadura contra su voluntad.

—Aléjate de mí —dijo, sin apartar los ojos de Gabriel.

Gabriel no se movió. —Adrián. —Aléjate. Marcela alcanzó la placa y trató de fijarla de nuevo contra la piel, pero el brazo de Adrián ya estaba subiendo.

Él respiraba como si estuviera sosteniendo un peso que nadie más podía ver.

No había vacío en sus ojos ni una voz ajena saliendo de su boca.

Había reconocimiento, miedo y esfuerzo. Eso era peor, porque significaba que sabía exactamente hacia quién estaba llevando el arma y no podía garantizar que conseguiría detenerse.

Marcela sujetó su muñeca con ambas manos mientras Gabriel finalmente retrocedía un paso.

El cañón siguió buscándolo. Adrián apretó los dientes hasta que un hilo de sangre apareció en su labio.

—No me dejes hacerlo. Marcela empujó la placa con más fuerza sobre el implante.

La mano tembló. Durante un instante creyó que la señal cedía.

Entonces el dedo de Adrián comenzó a entrar en el guardamonte y Gabriel entendió antes que ella que aquello no era un intento de recuperar a Ethan.

Era otra cosa, y estaba dirigido contra él.