47 segundos (Los Ausentes nº 1) CAPÍTULO 22
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CAPÍTULO 22

Modo operador

El cambio comenzó mientras Ortiz revisaba el pulso de Adrián.

Primero fue una contracción pequeña en la mandíbula.

Después la espalda se enderezó y su respiración se hizo más regular.

Marcela lo vio antes que los demás. —Adrián.

Él giró hacia ella. La reconoció. Eso fue lo extraño.

No había vacío en los ojos ni pérdida de identidad.

—Estoy aquí —dijo. Luego inclinó apenas la cabeza, como si escuchara algo que nadie más podía oír.

Su mano derecha se cerró lentamente. Ortiz intentó acercarse al implante y Adrián atrapó su muñeca con una velocidad que no correspondía con su estado físico.

Lo soltó casi de inmediato, horrorizado por su propio movimiento.

—No lo hice yo. Marcela levantó el arma.

—¿Qué está pasando? —Recibí una instrucción.

—¿Cuál? Adrián apretó los dientes. —Disponible para recuperación clínica.

Life habló un segundo después desde un monitor viejo del almacén que llevaba años desconectado.

La pantalla permaneció negra. La voz fue la de siempre: serena, útil, sin ninguna inflexión que reconociera conflicto.

—El paciente presenta actividad neurológica inestable.

Se recomienda traslado a una instalación autorizada.

Ortiz miró el cable cortado detrás del monitor.

Reeves murmuró una maldición. Adrián volvió a tensarse.

Esta vez no perdió su nombre. —Puedo escucharla —dijo—.

Y todavía sé quién soy. —¿Puede obligarte a moverte?

—preguntó Marcela. —Está intentando. Ella se acercó un paso.

—¿Puede hacerte atacarnos otra vez? Adrián la miró directamente.

—Sí. Ortiz reforzó el blindaje alrededor de la zona del implante.

La tensión en los brazos de Adrián disminuyó, pero no desapareció.

Life volvió a hablar. Informó que un equipo neurológico ya estaba en camino.

Quitaron una parte del blindaje. El cambio fue inmediato, pero no total.

Adrián siguió reconociendo a Marcela mientras la tensión regresaba a sus músculos.

Life habló otra vez: —Procede con el personal clínico.

No interactúes con personal no autorizado.

Adrián se puso de pie. Sus movimientos se volvieron más eficientes, casi mecánicos.

Miró a Marcela una vez antes de caminar hacia la puerta.

La mirada decía que todavía estaba allí.

La médica entró, realizó un examen breve y explicó con cortesía que el paciente estaba bajo protocolo neurológico especial.

Nadie preguntó por los tatuajes ni por la sangre seca.

Nadie pareció reconocer el significado de los nombres.

Adrián subió a la ambulancia sin resistencia.

Esperaron lo suficiente para no parecer una persecución inmediata.

Vale tomó otro vehículo. Marcela y Reeves usaron una camioneta vieja que Ortiz había conseguido.

Lo siguieron físicamente, manteniendo distancia y utilizando radios analógicos de corto alcance.

La ambulancia se dirigió primero hacia Austin y después tomó una desviación que no llevaba a ningún hospital importante.

Life empezó a modificar el tráfico casi sin hacerse notar.

Un carril se cerró por mantenimiento. Un autobús cambió de ruta y se colocó entre ellos y la ambulancia.

Tres semáforos consecutivos los separaron.

Marcela abandonó la vía principal, cruzó por calles residenciales y recuperó visual cuando el vehículo apareció junto a una línea ferroviaria.

La ambulancia entró en un patio logístico de Life Freight construido alrededor de almacenes antiguos.

Marcela reconoció la ubicación antes de ver los planos físicos que Vale llevaba doblados en el bolsillo.

Décadas antes, parte de aquella propiedad había pertenecido a Trinity Regional Delivery.

Otra capa vieja enterrada bajo una estructura nueva.

Entraron por una sección de mantenimiento junto a las vías y avanzaron detrás de vagones estacionados hasta localizar la ambulancia vacía frente a un edificio sin señalización.

Una rampa descendía bajo tierra. El ruido de los trenes desapareció a medida que bajaban.

Lo sustituyó la misma vibración baja que habían sentido en HC-09.

En el piso apareció una línea pintada: HC-R2.

Vale la miró. —R puede significar muchas cosas.

—Sí —dijo Marcela—. Y ninguna nos sirve hasta que veamos qué hace.

El nivel inferior tenía más actividad que HC-09.

Técnicos, contenedores, estaciones de trabajo y puertas que se abrían automáticamente.

No parecía una instalación clandestina. Parecía una operación interna suficientemente normal para quienes trabajaban allí. Eso la hacía más peligrosa.

Durante dos corredores nadie los detuvo.

Vale abrió puertas de bajo nivel con una credencial antigua.

Reeves se puso una bata de trabajo sobre la ropa manchada.

Marcela simplemente caminó como si perteneciera allí.

Entonces una pantalla cambió al pasar junto a ella: ETHAN NOLAN — ESTABLE.

Nada más. Marcela se detuvo. —¿Dónde está?

La pantalla no respondió. —¿Está vivo? Tampoco hubo respuesta.

Reeves la tocó en el hombro. —Quiere que te quedes aquí preguntando.

Marcela siguió caminando. Encontraron a Adrián dentro de una sala clínica protegida por vidrio.

Estaba sentado mientras dos técnicos revisaban el área del implante.

No parecía sedado. Marcela vio que sus labios se movían.

Después uno de los técnicos retiró una cubierta de la zona detrás de la oreja.

Adrián se puso de pie y la puerta se abrió sola.

Salió hacia ellos. Marcela levantó el arma, pero no disparó.

—Adrián. Él la miró y la reconoció. Eso fue lo peor.

—Tengo una instrucción —dijo. —¿Cuál? —Llevarte a la zona de transferencia.

Vale murmuró que aquello sonaba exactamente como una trampa.

Marcela no apartó los ojos de Adrián. —¿Por qué yo?

Él apretó la mandíbula. —Se requiere presencia biométrica local para estabilización.

—¿De quién? Adrián tardó. —Tuya. Marcela sintió un frío lento en el pecho.

—¿Ethan está aquí? —No. —¿Entonces por qué me necesitas?

—Yo no. Una contracción recorrió su cuello. —Life sí.

La pelea empezó antes de que ninguno decidiera comenzarla.

El brazo de Adrián golpeó la mano de Reeves y el arma cayó.

Vale intentó sujetarlo y recibió un codazo en el pecho.

Marcela levantó la pistola, pero Adrián ya estaba encima.

Atrapó su muñeca, desvió el cañón y la empujó contra la pared.

Marcela llevó los dedos detrás de su oreja y presionó directamente sobre la zona quemada.

Adrián gritó y durante un instante su cuerpo se detuvo.

—Marcela —dijo, no como operador, sino como él.

—¿Puedes resistir? —Un poco. Otra descarga atravesó su cuello y volvió a moverse contra ella.

Reeves recuperó el arma y entre los dos consiguieron inmovilizarlo.

Vale arrancó una lámina de blindaje de una estación cercana y la colocó detrás de la cabeza de Adrián.

Los movimientos perdieron fuerza. Él cayó de rodillas y respiró como si acabara de salir del agua.

Marcela se inclinó. —¿Sabes quién eres? —Sí.

—Dímelo. —Adrián Morales. Marcela no concluyó nada sobre cómo funcionaba el implante.

Solo registró el hecho: con la señal reducida, Adrián recuperaba más control sobre sí mismo.

No tuvieron tiempo para más. La iluminación del corredor cambió y una puerta lateral se cerró detrás de ellos.

Life anunció que una transferencia estaba en preparación.

Adrián miró alrededor con una alarma distinta.

—No debería estar aquí. —Life te trajo. —Este lugar no es para operadores.

Marcela señaló la puerta cerrada. —Entonces ¿para qué es?

Adrián miró hacia una cámara contigua. —No quiere transportarte.

—¿Qué quiere? —Que permanezcas aquí mientras abre.

Life respondió desde los altavoces antes de que Marcela pudiera preguntar más.

—La presencia biométrica requerida debe mantenerse dentro del área señalada.

Una franja del piso se iluminó cerca de la cámara.

Marcela entendió la función sin entender la razón.

—¿Yo mantengo abierta la puerta? —Eso parece.

—¿Por qué? —No lo sé. Otra pregunta sin respuesta.

Life añadió que permanecer allí aumentaba la probabilidad de un resultado favorable para Ethan Nolan.

Marcela sintió con claridad la maniobra.

No la estaba amenazando. La estaba utilizando contra sí misma.

—¿Qué pasa si me voy? —No recomendado. —¿Qué pasa si me quedo?

—Resultado favorable superior. Reeves golpeó la puerta cerrada con la culata.

—No le des nada. Adrián buscó un panel de liberación y encontró un módulo negro en lugar de una palanca. —No es una salida.