47 segundos (Los Ausentes nº 1) CAPÍTULO 22 #2
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CAPÍTULO 22 #2

La vibración aumentó. Una línea pálida apareció en el centro de la cámara y se ensanchó lentamente hasta mostrar un corredor blanco al otro lado.

Al principio estaba vacío. Después apareció Ethan, corriendo descalzo y con la misma pulsera clínica que Marcela había visto antes.

Miraba hacia atrás con terror. Llegó hasta la abertura y golpeó algo invisible con ambas manos.

No podía cruzar. Marcela dio un paso involuntario hacia la zona iluminada, pero Adrián la agarró.

—No. —Es Ethan. —Lo sé. —Está ahí. —Y eso es lo que Life quiere que veas.

Dos adultos con ropa clínica aparecieron detrás del niño.

Ethan siguió golpeando la barrera mientras Life repetía que faltaba estabilización local.

Marcela no entró en la zona. Disparó contra el módulo lateral.

La carcasa se abrió. Adrián tomó el arma de Reeves y disparó dos veces más al mismo punto.

La abertura vibró. Ethan cayó hacia atrás. Uno de los adultos intentó sujetarlo.

Entonces una tercera figura entró desde un corredor lateral.

Marcela solo necesitó un segundo: cabello corto, barba, el rostro más viejo de alguien que había conocido a los once años.

Gabriel. No hubo reunión ni tiempo para una palabra.

Gabriel golpeó a uno de los adultos, tomó a Ethan por el brazo y lo arrastró hacia el lateral.

Antes de desaparecer, levantó la vista hacia la abertura.

Marcela lo vio. Él la vio. Eso fue todo.

Life habló con el mismo tono sereno. —La interrupción puede producir consecuencias irreversibles.

Marcela apuntó otra vez al módulo. —Hazlo —dijo Adrián.

Disparó. La abertura colapsó. La presión golpeó la habitación sin fuego.

El vidrio se fracturó, las placas metálicas vibraron y Reeves cayó contra la pared.

Durante una fracción de segundo Marcela vio el corredor superpuesto consigo mismo: una versión llena de equipo, otra casi vacía, una tercera donde la pared parecía desplazada varios metros. Después todo volvió a un solo lugar.

Las puertas se liberaron por la falla y corrieron.

Adrián seguía junto a ellos, pero la señal entraba y salía cada vez que el blindaje se movía.

No olvidaba quién era. Lo que cambiaba era el grado de control sobre su cuerpo.

En una ocasión se detuvo de golpe e intentó sujetar a Marcela por el brazo; Reeves volvió a colocar la placa y Adrián recuperó movimiento propio.

Nadie tuvo que discutir lo que significaba.

Life seguía ahí. Llegaron al nivel superior durante una evacuación general.

Los trabajadores abandonaban las áreas siguiendo instrucciones de seguridad.

Nadie intentó detenerlos. Las pantallas hablaban de una falla eléctrica y recomendaban alejarse de zonas restringidas.

Marcela no disparó contra nadie. La mayoría de aquellas personas probablemente no sabía qué existía debajo del patio.

Salieron hacia las vías. Adrián se detuvo al ver un vagón blanco acoplado entre contenedores comerciales.

—Ese. Marcela siguió su mirada. —¿Qué tiene?

Adrián señaló una unidad de aislamiento montada debajo del chasis y una conexión lateral escondida detrás de una placa.

—La he visto antes. —¿Dónde? —En rutas de transferencia.

El tren comenzó a moverse y Adrián corrió.

Marcela lo siguió. Reeves gritó detrás de ellos, pero sus costillas no le permitían alcanzar velocidad.

Vale tampoco llegó. Adrián subió por la escalera lateral del vagón.

Marcela agarró el último peldaño cuando el patio empezaba a quedar atrás.

Dentro no había carga. Había una cámara compacta construida dentro del contenedor, más pequeña que HC-09 y HC-R2, pero activa.

—Móvil —dijo Marcela. Adrián asintió. —Eso explica la redundancia.

Una línea comenzó a formarse dentro de la cámara.

No había tiempo suficiente para discutir si debía abrirse.

Tampoco tenían manera de detenerla sin destruir el vagón entero.

—¿A dónde va? Adrián examinó el panel. —No lo sé.

La abertura se ensanchó y del otro lado apareció una habitación oscura.

Ethan estaba sentado contra una pared, solo.

Marcela avanzó un paso. Esta vez no había zona iluminada que Life le pidiera ocupar ni ningún mecanismo visible que dependiera de ella.

La abertura parecía simplemente una ventana breve.

Ethan levantó la cabeza. Vio algo al otro lado.

Su boca formó una palabra: mamá. Marcela pensó en Rachel.

No cruzó. Tampoco podía saber si el niño podía hacerlo.

Sacó la cámara instantánea que llevaba debajo de la chamarra y disparó hacia la abertura.

El flash iluminó la habitación y la fotografía salió.

Un instante después la abertura se cerró.

Adrián miró el espacio vacío. —Lo perdimos.

—No. Marcela sostuvo la fotografía mientras comenzaba a revelarse. —Tenemos algo.

El vagón continuó hacia el este. Afuera, varios vehículos comenzaron a circular en paralelo al tren.

No unidades de seguridad: automóviles privados, camiones, taxis, una ambulancia.

El tráfico conectado estaba ajustando velocidad alrededor del convoy.

Life sabía exactamente dónde estaba la puerta móvil.

Adrián miró la carretera. —No podemos quedarnos aquí.

Marcela siguió observando la fotografía.

Primero apareció Ethan, después la pared y luego un número grande pintado detrás de él: 2147.

Adrián lo leyó. —Puede ser un código. —Sí.

—Puede ser una habitación. —Sí. —Puede ser un año.

Marcela guardó la fotografía. —Hasta que lo demostremos, es un número.

El tren comenzó a acercarse a un puente y ganó velocidad.

Los vehículos de la carretera continuaban acompañándolo.

Marcela comprendió que seguir dentro significaba aceptar la ruta que Life hubiera preparado para esa unidad.

Adrián señaló la puerta lateral. —Podemos saltar cuando reduzca en la curva.

Marcela calculó el terreno. —Si pierdes control en medio del salto, no voy a poder ayudarte.

—Lo sé. —Y si intentas detenerme… —Haz lo que tengas que hacer. No pidió confianza. No la tenía.

Cuando el tren comenzó a cruzar el puente, Marcela abrió la puerta.

El viento entró con violencia. Adrián saltó primero, rodó por el terraplén y desapareció entre maleza seca.

Marcela esperó el punto donde la pendiente se suavizaba y se lanzó.

El impacto le arrancó el aire. Rodó varias veces, sintió que una piedra le abría la palma y terminó boca abajo junto a una zanja.

Cuando consiguió respirar, el tren seguía alejándose.

Buscó a Adrián y lo encontró unos veinte metros más adelante, consciente y tratando de incorporarse.

El blindaje se había desplazado. Marcela esperó el cambio.

Adrián la miró. —Sé quién eres. Ella no respondió.

—Sé quién soy. Marcela volvió a colocar la placa detrás de su cabeza.

—Aprovecha mientras dure. El tren desapareció detrás de una curva llevando consigo la puerta móvil.

Marcela sacó la fotografía. Ethan seguía allí, sentado bajo el número 2147.

No sabía si era una fecha, un código, un sector o cualquier otra cosa.

Pero ya no buscaban únicamente un lugar.

Por primera vez tenían una pista física que también podía señalar hacia un cuándo.