CAPÍTULO 2 #2
El desconocido avanzó un paso. Gabriel agarró su bicicleta por el manubrio y la empujó contra él con toda la fuerza que pudo reunir.
Marcela escuchó el golpe del metal y durante una fracción de segundo creyó que funcionaría, pero el hombre atrapó la bicicleta antes de que lo derribara y la desvió hacia un lado.
No fue un movimiento espectacular; precisamente por eso resultó peor.
Gabriel lanzó un golpe contra su abdomen y el hombre lo recibió casi sin moverse.
—¡Corre! —gritó Gabriel. Marcela intentó obedecer.
Dio un paso hacia su bicicleta, pero el desconocido levantó el objeto negro y la línea azul se hizo más intensa.
El aire cambió. Marcela sintió presión dentro de los oídos y un zumbido tan profundo que no sabía si realmente lo escuchaba o si estaba ocurriendo dentro de su cabeza.
Los dientes le vibraron. Las luces de la carretera parpadearon y se apagaron al mismo tiempo.
Gabriel cayó sobre una rodilla. Marcela quiso gritar su nombre, pero la mandíbula no respondió como debía.
Intentó mover las piernas y descubrió que eran demasiado pesadas, como si alguien hubiera llenado sus zapatos de cemento.
El cuerpo todavía era suyo, podía sentirlo entero, pero ya no obedecía.
Cayó de costado junto a la bicicleta y golpeó el pavimento con el hombro.
El hombre guardó el dispositivo sin prisa y caminó hacia Gabriel, que trataba de levantarse utilizando una mano contra el suelo.
—No —dijo Gabriel. Su voz era débil, pero continuó forcejeando cuando el desconocido lo sujetó por la muñeca.
Marcela intentó arrastrarse. Apenas consiguió mover unos centímetros la mano derecha.
—Déjelo —alcanzó a decir. Las palabras salieron deformadas porque todavía no controlaba bien la boca.
El hombre miró hacia ella. Marcela pudo verle los ojos por primera vez con claridad.
No había alegría, ni rabia, ni el nerviosismo que ella imaginaba que debería tener un secuestrador.
Eso la aterrorizó más que cualquier otra cosa.
Parecía alguien que sabía exactamente cuánto tiempo tenía.
—No se lo lleve —dijo Marcela, consiguiendo mover un poco mejor la lengua.
Gabriel se retorció e intentó golpear al hombre otra vez.
—¡Corre, Marcela! Ella quiso decirle que no podía.
Quiso pedirle que dejara de pelear para que no lo lastimaran, pero el hombre lo inmovilizó contra el suelo con un movimiento rápido y Gabriel soltó un grito de dolor.
Marcela sintió una desesperación tan grande que consiguió levantar el torso apoyándose en un codo.
—¡Lléveme a mí! —gritó Gabriel. El hombre lo miró.
Marcela también. —¡No! —respondió ella. Gabriel seguía forcejeando.
—¡A ella déjela! Marcela comprendió entonces algo que Gabriel probablemente había entendido varios segundos antes.
El extraño había pronunciado su nombre. Había dicho su edad.
Su fecha de nacimiento. No había preguntado quiénes eran.
No estaba allí porque hubiera encontrado casualmente a dos niños en una carretera. Había venido buscando a uno.
Marcela logró ponerse de rodillas cuando el hombre se inclinó hacia ella.
No sabía si pretendía tocarla, sujetarla o volver a utilizar el objeto negro, así que levantó una mano para protegerse.
—No se lleve a mi hermano. El desconocido se detuvo a menos de un metro.
Durante un instante miró su rostro como si intentara decidir algo que no tenía relación con la súplica.
Después extendió la mano, pero no llegó a tocarla.
—No vine por ti. La frase entró en Marcela con una claridad mayor que todo lo ocurrido antes.
No vino por ti. No significaba que estuviera a salvo.
Significaba que Gabriel estaba perdido desde antes de que ellos supieran que había peligro.
El hombre regresó hacia él. Marcela intentó lanzarse sobre su pierna y apenas logró sujetarle el pantalón.
El desconocido se liberó sin golpearla. Gabriel consiguió ponerse de pie y volvió a atacarlo, pero todavía estaba afectado por el zumbido y sus movimientos eran torpes.
El hombre lo agarró por la cintura y lo levantó.
Gabriel pateó, golpeó su espalda y trató de agarrarse de cualquier cosa.
Marcela volvió a sentir la línea azul antes de verla.
La presión atravesó el aire por segunda vez y esta vez sus piernas dejaron de responder por completo.
Cayó sobre las manos. Gabriel gritó su nombre.
Ella levantó la cabeza y vio al hombre cargarlo hacia la camioneta.