47 segundos (Los Ausentes nº 1) CAPÍTULO 2 #3
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CAPÍTULO 2 #3

La parte trasera del vehículo se abrió sin que el desconocido tocara ninguna manija.

Marcela no comprendió lo que estaba viendo.

Esperaba encontrar una banca, cajas o simplemente oscuridad, pero detrás de la puerta había una luz blanca y una profundidad que no correspondía al tamaño de la camioneta.

Desde afuera, el vehículo podía medir unos cuantos metros.

Adentro parecía haber espacio para un pasillo entero.

Marcela parpadeó varias veces convencida de que era un efecto del golpe o de la extraña presión que todavía le entumecía los brazos, pero la imagen no cambió.

Había superficies claras, algo parecido a una pared mucho más lejos de lo que debería estar y una luz que no parecía provenir de ningún foco.

Gabriel también lo vio. Dejó de golpear durante un instante y su cuerpo se puso rígido.

—¿Qué es eso? —preguntó. El hombre no contestó.

Gabriel volvió a luchar con más fuerza, quizá porque hasta ese momento había pensado que todavía podían llevarlo a algún lugar que entendiera: una casa, un almacén, otra ciudad.

Aquello no pertenecía a ninguna posibilidad que un niño de once años pudiera imaginar.

—¡Marcela! —gritó. Ella arrastró una rodilla hacia adelante.

Después la otra. El movimiento le dolía como si sus músculos fueran de otra persona.

Intentó levantarse, cayó y volvió a intentarlo.

El hombre llegó a la puerta. Gabriel estiró un brazo por encima de su hombro, abriendo y cerrando la mano hacia su hermana aunque todavía los separaban varios metros.

Marcela extendió la suya. Sabía que no podían alcanzarse, pero lo hizo de todos modos.

—¡Gabriel! —gritó.

Él seguía peleando cuando el hombre dio el primer paso dentro de la camioneta.

La luz blanca cubrió parte de ambos y volvió borrosos sus contornos durante una fracción de segundo.

Marcela consiguió levantarse sobre una pierna.

—¡No mires atrás! —gritó Gabriel. No sabía por qué se lo decía.

Quizá quería que corriera. Quizá simplemente necesitaba decir algo que sonara como una instrucción de hermano mayor, una última cosa que todavía pudiera hacer por ella.

Marcela no obedeció. No iba a dejar de mirar.

El hombre llevó a Gabriel completamente al interior y la puerta comenzó a cerrarse.

Durante un instante quedó solo la mano de su hermano entre la luz blanca y el borde oscuro del vehículo.

Después desapareció. La puerta terminó de cerrarse y Marcela volvió a caer sobre las rodillas.

Esperó escuchar el motor, las llantas, cualquier sonido que indicara que la camioneta se alejaba por la carretera.

No ocurrió. El zumbido aumentó. El aire alrededor del vehículo empezó a ondular como cuando el pavimento se veía borroso durante los días más calientes del verano, aunque aquella noche era fresca.

Marcela parpadeó y vio algo que pasaría el resto de su vida intentando describir sin encontrar las palabras correctas: durante menos de un segundo pareció haber más de una camioneta ocupando el mismo lugar.

Una se veía exactamente como la que acababa de detenerse.

Otra parecía vieja, con pintura desgastada y manchas de óxido.

Una tercera tenía formas distintas alrededor de las ventanas.

Estaban todas allí y ninguna terminaba de estarlo.

El destello fue blanco y tan intenso que Marcela cerró los ojos.

Cuando volvió a abrirlos, la carretera estaba vacía.

No había camioneta avanzando a lo lejos, ni luces traseras, ni nube de polvo.

El vehículo simplemente ya no estaba. Lo único que permanecía era un olor metálico que Marcela asociaría después con las tormentas, aunque aquella noche el cielo estaba despejado.

Las luces de los postes regresaron una por una y el cuerpo empezó a responderle lentamente.

Primero los dedos, luego los brazos, después las piernas.

Marcela se arrastró hasta el lugar donde había estado Gabriel.

Encontró su bicicleta tirada en mitad del pavimento y la mochila azul unos metros más atrás.

La rueda trasera todavía giraba. Se sentó junto a ella y la observó como si mientras siguiera moviéndose quedara alguna posibilidad de que Gabriel regresara antes de que se detuviera.

Llamó su nombre una vez. Después otra, mucho más fuerte.

Nadie contestó. A lo lejos ladró un perro y una luz se encendió en una de las casas nuevas, pero Marcela no se movió.

Miró la carretera vacía, la mochila, la bicicleta y sus propias manos raspadas.

Quiso ordenar los recuerdos para que no se escaparan.

El hombre calvo. La piel llena de nombres.

La camioneta sin placas. Los cristales negros.

La línea azul. El zumbido. El lugar blanco demasiado grande dentro del vehículo.

Gabriel estirando la mano. Pensó cada cosa varias veces porque de repente tuvo miedo de que los adultos llegaran y le dijeran que alguna no había ocurrido.

Eso fue exactamente lo que empezarían a hacer.

Primero preguntarían qué color tenía la camioneta, luego si estaba segura de que no había placas, después si había visto hacia qué dirección se marchó.

Al escuchar que no se había marchado sino desaparecido, algunos volverían a formular la pregunta con palabras distintas.

Dirían que había estado asustada, que el golpe contra el pavimento podía haberla confundido, que una niña de ocho años no podía calcular bien distancias en la oscuridad.

Con el tiempo aparecerían explicaciones todavía más cuidadosas: el trauma podía alterar los recuerdos, las luces podían producir ilusiones, los vehículos no se desvanecían en medio de una carretera.

Marcela repetiría la misma historia hasta aprender cada detalle de memoria y aun así descubriría que los adultos siempre encontraban una manera de transformar lo imposible en algo que ella debía haber entendido mal.

Esa noche todavía no sabía nada de eso. Solo estaba sentada en el pavimento esperando que la rueda de la bicicleta de Gabriel siguiera girando.

Cuando finalmente perdió velocidad y se detuvo, Marcela apoyó una mano sobre el neumático y volvió a escuchar dentro de su cabeza la voz tranquila del desconocido, mucho más clara que el zumbido y que los gritos de su hermano.

No vine por ti.