CAPÍTULO 2
Austin, Texas
La noche había caído sobre las afueras de Austin con una lentitud engañosa, dejando todavía una franja de luz morada detrás de las casas nuevas y los terrenos vacíos cuando Gabriel Fernández tomó la delantera con la bicicleta.
Tenía once años y pedaleaba con esa ventaja irritante de quien sabe que puede alejarse pero decide no hacerlo del todo.
Marcela, de ocho, lo seguía sobre una bicicleta que todavía le quedaba demasiado grande; cada vez que el camino cambiaba del pavimento a la grava tenía que levantar un poco la cadera para conservar el equilibrio y odiaba que Gabriel volteara para comprobar si seguía detrás.
—No tienes que estarme cuidando —le dijo cuando lo alcanzó junto a una fila de casas a medio construir.
Gabriel se rio y respondió que precisamente por eso había tenido que esperarla tres veces desde que salieron de la tienda de videos.
Llevaba una mochila azul colgada sobre un solo hombro y dentro quedaban únicamente la cartera de su padre, que debía devolverle al llegar, y una bolsa de dulces que había comprado sin permiso con unas monedas que encontró en la cocina.
Marcela sabía de los dulces porque Gabriel ya le había dado dos con la condición de que no dijera nada.
Él había regresado la cinta que su padre le encargó y ahora insistía en que podían llegar a casa antes de que su madre empezara a preocuparse.
Marcela no estaba tan segura. Los lugares conocidos cambiaban cuando oscurecía.
Los lotes vacíos parecían más grandes, los árboles se volvían una sola pared negra y las luces de las casas quedaban demasiado lejos unas de otras, pero no iba a admitirlo porque Gabriel llevaba toda la tarde diciendo que ella era quien había insistido en acompañarlo.
—Si llegamos tarde voy a decir que fue porque te paraste a comprar dulces —amenazó.
—Y yo voy a decir que te comiste la mitad.
—Fueron dos. —Fueron cuatro. —Mentiroso.
Gabriel redujo la velocidad hasta quedar a su lado y le enseñó la lengua.
Marcela intentó patear su llanta sin perder el equilibrio y estuvo a punto de caer, lo que hizo que ambos se rieran durante unos segundos.
Después Gabriel volvió a ponerse delante.
La carretera que utilizaban para regresar no era realmente una carretera todavía, al menos no como las avenidas cercanas al centro.
Había tramos recién pavimentados, otros llenos de grietas y algunos donde la grava se acumulaba en las orillas.
Las urbanizaciones crecían alrededor de ellos con la rapidez de una ciudad que parecía comerse el campo: estructuras de madera expuestas, montones de ladrillos, letreros prometiendo casas nuevas y calles que de día estaban llenas de trabajadores pero que a esa hora quedaban casi vacías.
Marcela pedaleaba siguiendo la luz roja de la bicicleta de Gabriel cuando escuchó el vehículo.
Al principio creyó que era un transformador, porque el sonido no se parecía al de los carros de su padre ni a las camionetas de los vecinos; era un zumbido bajo, casi más fácil de sentir que de escuchar, que parecía mantener siempre el mismo tono aunque se acercara.
Miró hacia atrás y vio dos luces blancas.
—Gabriel —llamó. Él respondió sin voltear, todavía ocupado intentando abrir la bolsa de dulces con una mano.
—Viene un carro. Gabriel miró finalmente por encima del hombro y le hizo una seña para que se orillara.
Marcela acercó la bicicleta al borde del camino y él se colocó entre ella y el centro del pavimento sin que ninguno de los dos le diera demasiada importancia.
Los vehículos pasaban por allí con frecuencia suficiente.
Lo extraño empezó cuando las luces estuvieron cerca.
No rebotaban sobre las grietas. Permanecían perfectamente niveladas, como si la camioneta avanzara sobre una superficie distinta a la que ellos podían sentir bajo las ruedas.
Marcela dejó de pedalear y permitió que la bicicleta siguiera por impulso.
El vehículo era oscuro, grande y cuadrado, de un modelo que no reconocía.
Estaba demasiado limpio para aquella carretera.
No llevaba placas visibles y los cristales eran tan negros que parecían pintados, aunque cuando pasó junto a ellos las luces de las casas se reflejaron sobre el vidrio como sobre agua.
La camioneta continuó algunos metros y Gabriel soltó el aire con exageración.
—¿Ves? No pasa nada. Marcela no contestó porque seguía observándola.
Había algo en el sonido que no le gustaba.
Esperaba escuchar el motor alejándose, pero el zumbido se mantuvo casi idéntico.
Después la camioneta empezó a perder velocidad.
No hubo luces de freno. No hubo ruido de llantas.
Simplemente dejó de avanzar hasta quedar detenida en medio del camino.
Gabriel también dejó de pedalear. Marcela llegó junto a él y puso un pie en el suelo.
Durante varios segundos ninguno habló. Una lata vacía cruzó el pavimento empujada por el viento y golpeó una piedra antes de seguir rodando.
—A lo mejor se descompuso —dijo Marcela.
Gabriel tardó en responder. —Entonces seguimos.
Dio una vuelta pequeña con la bicicleta, preparándose para pasar por un costado, pero la puerta del conductor se abrió.
El hombre que bajó era alto y más delgado de lo que Marcela esperaba por el tamaño del vehículo, aunque incluso debajo de la camiseta oscura se notaba que era fuerte.
Tenía la cabeza completamente afeitada. Su piel era café clara y su rostro podía pertenecer a un hombre de cincuenta años o a alguien bastante más joven que se hubiera cansado demasiado; Marcela no sabía explicarlo mejor.
Lo que más le llamó la atención fueron los brazos.
Llevaba las mangas dobladas y sobre la piel había letras.
Al principio creyó que eran dibujos, pero cuando se acercó un poco más distinguió palabras, muchas, escritas unas sobre otras en direcciones diferentes.
Nombres. El hombre cerró la puerta y se quedó observándolos sin sonreír, sin saludar y sin mirar la camioneta como alguien que necesitara ayuda.
Gabriel bajó de la bicicleta antes que Marcela.
—¿Se le descompuso? —preguntó. La voz le salió más firme de lo que seguramente se sentía, pero Marcela lo conocía demasiado bien: cuando tenía miedo hablaba más despacio, como si pensar cada palabra pudiera impedir que algo malo sucediera.
El desconocido no contestó. Sus ojos recorrieron primero el rostro de Gabriel, luego la mochila, después a Marcela y finalmente regresaron al niño.
No los miraba como lo hacía un adulto cuando encontraba dos niños solos en la calle.
Marcela tuvo la sensación desagradable de que estaba comprobando algo.
—Gabriel Fernández —dijo el hombre. Gabriel dejó de respirar un instante.
Marcela miró a su hermano esperando que reconociera al desconocido.
—¿Quién es? —preguntó. Gabriel negó apenas con la cabeza y colocó la bicicleta de lado, como una pequeña barrera entre ellos.
—¿Cómo sabe mi nombre? El hombre no respondió la pregunta.
—Once años. Nacido el tres de febrero de mil novecientos setenta y seis.
Gabriel dio un paso hacia atrás y Marcela hizo lo mismo sin saber por qué.
Ahora sí estaba segura de que algo estaba mal.
Nadie que no fuera de la familia decía la fecha completa de nacimiento de Gabriel, y menos un extraño parado en una carretera oscura.
—¿Es policía? —preguntó Gabriel. El hombre negó.
Marcela esperaba que entonces explicara quién era, que mostrara una placa, una identificación, cualquier cosa que permitiera que aquello regresara a una forma conocida del mundo.
En lugar de hacerlo, metió una mano en el bolsillo del pantalón.
Gabriel reaccionó antes de que Marcela pudiera hacerlo.
Dejó caer su bicicleta, agarró el manubrio de la de ella y la hizo retroceder.
—Vete —le dijo. —¿Qué? —Vete a la casa. Marcela sintió miedo precisamente porque Gabriel ya no estaba tratando de parecer valiente.
El hombre sacó un objeto negro, pequeño y rectangular.
No parecía un arma. No tenía botones que Marcela pudiera ver, ni antena, ni pantalla, pero una línea azul apareció lentamente en el centro.
Marcela la reconoció de una manera que no tenía sentido.
No recordaba haber visto algo igual y, sin embargo, el color le produjo la misma sensación que recordar un sueño justo antes de que desaparezca.
Gabriel también la miró, pero él no parecía reconocerla; parecía únicamente asustado.
—¿Qué quiere? —preguntó. El desconocido permaneció en silencio.
Marcela observó otra vez sus brazos y alcanzó a distinguir algunos nombres, aunque la luz era mala y muchas letras desaparecían bajo la manga.
Había uno que empezaba con P y terminaba quizá en A.
Paula, creyó leer, aunque no estaba segura.
El hombre notó dónde miraba y bajó ligeramente el brazo.
Ese movimiento hizo que Marcela tuviera todavía más miedo, porque significaba que no quería que leyera.
—Gabriel, vámonos —dijo ella. Él no respondió.
Seguía mirando al hombre. Entonces se colocó completamente delante de Marcela, tapándola con el cuerpo tanto como podía. —No se acerque.