47 segundos (Los Ausentes nº 1) CAPÍTULO 1 #2
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CAPÍTULO 1 #2

El hombre sacó un objeto rectangular pequeño, negro, sin cables ni mecanismos visibles.

Paula lo miró sin comprender. No parecía una pistola, una cámara ni ninguna herramienta que conociera.

Una línea azul apareció sobre la superficie, muy fina, demasiado limpia.

El color no iluminó el bosque como una linterna; parecía existir dentro del material.

Paula dejó de respirar por un instante. La había visto.

No sabía dónde, pero la había visto. Una puerta blanca.

Una franja azul. El sueño regresó como una imagen incompleta y su miedo cambió de forma.

—Tú —dijo. El hombre se quedó inmóvil. Aquella palabra tampoco estaba prevista.

Paula lo miraba como si por fin hubiera conseguido unir algo que había estado fuera de alcance durante semanas.

—Eras tú. Él observó el dispositivo en su mano y después a ella.

Durante muchos años había aprendido a desconfiar de los detalles que no coincidían con los registros, porque un pequeño desvío podía no significar nada o podía significarlo todo.

Paula no debía reconocerlo. No de esa manera.

Aun así, no preguntó qué había visto ni de dónde provenía el recuerdo.

Preguntar podía cambiar su reacción. Su trabajo era terminar.

—¿Qué me hiciste? —preguntó ella. —Nada todavía.

La sinceridad fue un error. Paula corrió. No hacia el sendero. Hacia los árboles.

El hombre reaccionó de inmediato, pero no la persiguió con desesperación.

Sabía que el terreno se cerraba pocos metros adelante y que una pendiente obligaría a Paula a reducir velocidad.

Ella atravesó ramas bajas, resbaló una vez, recuperó el equilibrio y siguió.

El abrigo rojo se movía entre los troncos como una señal imposible de perder.

El hombre guardó el dispositivo durante unos segundos y corrió detrás con una velocidad controlada, reduciendo distancia sin necesidad de alcanzarla todavía.

Paula oyó sus pasos y el miedo se convirtió en certeza.

Gritó. Nadie respondió. Volvió a gritar mientras intentaba bajar por una zona cubierta de hojas, y una piedra cedió bajo su pie.

Cayó sobre una rodilla, se levantó y continuó.

El hombre apareció detrás de ella casi sin hacer ruido.

Paula encontró una rama gruesa, la levantó con ambas manos y se volvió.

—¡No se acerque! Él se detuvo. —No quiero lastimarte.

—Entonces váyase. La frase lo dejó en silencio un instante.

No era verdad decir que no quería lastimarla.

Tampoco era completamente mentira. Querer había dejado de formar parte de muchas de sus decisiones.

Paula lo atacó primero. La rama golpeó su hombro.

El hombre absorbió el impacto, atrapó la madera con una mano y tiró.

Paula no la soltó; durante un segundo quedaron unidos por el objeto, cada uno tirando en dirección opuesta.

Él podría haberla derribado fácilmente, pero no lo hizo.

En lugar de eso giró la rama y la obligó a perder equilibrio.

Paula cayó hacia un costado y volvió a incorporarse antes de que él pudiera acercarse.

Había barro en sus manos y un poco de sangre sobre la palma donde una piedra le había abierto la piel. —¿Qué quiere de mí? —repitió.

El hombre sacó otra vez el objeto. Paula miró la luz azul.

—¿Me va a matar? Él sostuvo su mirada y no respondió.

La ausencia de respuesta fue suficiente.

Paula retrocedió hasta que la espalda chocó contra un árbol.

La nieve ya caía con mayor fuerza, aunque todavía no cubría el suelo.

El hombre avanzó lentamente. Desde cerca, Paula pudo ver mejor los nombres tatuados alrededor de su muñeca, algunos viejos, otros recientes, escritos con estilos diferentes como si hubieran sido hechos en épocas distintas.

Trató de leerlos. El hombre notó dónde miraba y ajustó la manga de forma automática.

Paula volvió a verlo entonces: una palabra incompleta, apenas cuatro letras antes de desaparecer debajo de la tela.

PAUL. Su respiración se detuvo. —¿Eso dice mi nombre?

El hombre no miró su brazo. Paula sí. —¿Por qué tiene mi nombre?

No respondió. —¿Por qué tiene mi nombre antes de conocerme?

La pregunta quedó suspendida entre ambos.

Por primera vez desde que había comenzado a seguirla, el hombre pareció verdaderamente inquieto.

Paula comprendió que había encontrado algo que él no quería explicar y siguió presionando. —¿Qué es usted?

El hombre levantó el dispositivo. La línea azul se intensificó.

Paula intentó moverse, pero la sensación llegó antes que el sonido.

Una presión profunda atravesó el aire y durante una fracción de segundo el bosque pareció hundirse.

Los árboles dejaron de moverse. La nieve quedó suspendida de una forma que quizá solo existió dentro de su percepción.

Paula sintió un zumbido en los dientes y perdió fuerza en las piernas.

Cayó de rodillas sin dejar de estar consciente.

Intentó levantar una mano y apenas consiguió mover los dedos.

El hombre se acercó. Paula podía verlo perfectamente.

Eso era parte del horror. —No —dijo con dificultad.

Él se agachó frente a ella. —No. Paula intentó arrastrarse hacia atrás.

—Por favor. El hombre la observó durante unos segundos.

No había placer en su rostro, ni enojo, ni excitación.

Solo una concentración terrible, la expresión de alguien cumpliendo una tarea que ya había realizado suficientes veces como para conocer cada reacción posible.

Paula miró otra vez los nombres de su brazo y entendió que ella no era la primera.

—¿Dónde me va a llevar? El hombre no respondió.

Entonces ocurrió lo imposible. A unos metros, entre los árboles, apareció una línea vertical de luz azul.

No surgió de una lámpara ni de un automóvil.

Simplemente estuvo allí, delgada al principio y luego más ancha, como si alguien hubiera hecho un corte luminoso sobre el aire.

Paula la miró sin pestañear. El bosque detrás de la línea comenzó a deformarse.

Durante un instante creyó ver una superficie blanca al otro lado, demasiado brillante, demasiado limpia, un lugar que no podía estar en medio de las Green Mountains.

—No —susurró. El hombre la levantó. Paula intentó resistirse, pero su cuerpo no obedecía.

Podía mover las manos apenas lo suficiente para golpearlo sin fuerza.

—¡Suélteme! Él siguió caminando. La línea azul se abrió más.

Paula volvió la cabeza hacia el bosque, buscando el sendero, la carretera, cualquier cosa que perteneciera a su mundo.

—Alguien me va a encontrar. El hombre no contestó.

—Van a buscarme. Eso sí produjo una reacción.

La miró. No con compasión. Con conocimiento.

Paula lo vio en sus ojos y sintió una clase distinta de terror.

—Ya lo sabe —dijo. El hombre siguió caminando.

—Sabe que van a buscarme. Silencio. —Sabe que no me van a encontrar.

La abertura estaba frente a ellos. El aire alrededor tenía un olor metálico, como después de una tormenta.

Paula dejó de forcejear durante un segundo.

—¿Esto ya pasó? El hombre se detuvo. Aquella pregunta tampoco figuraba en ningún registro.

Paula miró la luz y después su rostro. —Para usted.

Él no respondió. No tenía que hacerlo. Paula entendió.

La nieve seguía cayendo detrás de ellos sobre un bosque que, dentro de unas horas, estaría lleno de personas llamando su nombre.

El hombre avanzó el último paso. La luz blanca los cubrió y la abertura comenzó a cerrarse.

Desde el sendero no quedó nada que un investigador de 1946 pudiera identificar: ninguna máquina, ninguna huella imposible, ningún objeto que explicara la desaparición.

Solo ramas alteradas por el paso de dos personas, algunas marcas sobre tierra húmeda y la nieve empezando a borrar diferencias que nadie sabría interpretar.

Cuando la línea azul desapareció, el bosque recuperó sus sonidos. Paula Jean Welden ya no estaba.