47 segundos (Los Ausentes nº 1) CAPÍTULO 1
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47 segundos (Los Ausentes nº 1)

47 segundos (Los Ausentes nº 1)

Por Alberto Sevilla

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CAPÍTULO 1

Vermont, Estados Unidos

Bennington College parecía más pequeño bajo el cielo gris de diciembre.

Desde la distancia, los edificios de ladrillo y las extensiones pálidas de césped parecían contener una clase de tranquilidad demasiado completa, como si el campus estuviera aislado no solo del resto de Vermont sino también de todo lo que iba a ocurrir después.

El hombre observó desde el borde de la propiedad sin necesidad de consultar la hora.

Sabía cuándo saldría Paula Jean Welden de Dewey Hall, sabía qué llevaba puesto, sabía que no cargaría comida ni una muda de ropa, sabía incluso cuáles serían los detalles que décadas más tarde se repetirían una y otra vez en artículos, reportes policiales y reconstrucciones.

Había estudiado aquella tarde hasta convertirla en una secuencia casi mecánica, pero verla desarrollarse delante de él tenía otra textura: el viento real contra la piel, el humo de una chimenea mezclándose con el aire frío, estudiantes cruzando el campus sin saber que uno de los nombres que compartían en dormitorios y comedores terminaría convertido en una pregunta nacional.

Paula apareció poco después de las dos y media, y por unos segundos el hombre no la siguió.

La observó caminar. Tenía dieciocho años, el cabello recogido sin demasiada preocupación y una forma de avanzar que no correspondía a alguien escapando.

Eso también coincidiría con lo que dirían después.

No había maleta, ni plan visible, ni despedida.

Solo una joven alejándose del campus porque necesitaba estar fuera de él unas horas.

Cuando cruzó hacia la carretera, el hombre esperó hasta que la distancia entre ambos fue suficiente y empezó a seguirla.

Paula se detuvo frente a la entrada del sendero.

No había nada monumental allí, solo una abertura entre árboles, barro endurecido, hojas mojadas y una línea estrecha que se internaba hacia el bosque.

Durante unos segundos miró hacia arriba, siguiendo con los ojos la dirección del camino.

Volvió a sentir la misma incomodidad de los últimos días, una especie de reconocimiento sin recuerdo.

Había visto esa curva antes. No sabía dónde.

El pensamiento llegó y se fue con tanta rapidez que decidió atribuirlo a una fotografía o a alguna caminata anterior.

Se ajustó el abrigo y entró. El hombre la dejó avanzar sola durante varios minutos.

Sabía que todavía tenía que cruzarse con alguien.

El último testigo confiable. Había leído la declaración tantas veces que podía reconstruirla sin esfuerzo: la hora aproximada, el punto del sendero, la pregunta de Paula y la respuesta del hombre que avanzaba en dirección contraria.

Cuando finalmente ocurrió, el desconocido se mantuvo entre los árboles, fuera de la vista.

Paula preguntó hasta dónde llegaba el camino.

El excursionista respondió que hasta Canadá, con el tono casual de quien no sabe que una frase terminará reproducida durante décadas.

Hablaron apenas unos momentos. Después cada uno siguió su dirección.

El hombre esperó a que el testigo desapareciera detrás de la curva antes de volver al sendero.

A partir de ese instante, cualquier persona que asegurara haber visto a Paula pertenecería a una zona más incierta de la historia.

El bosque cambió cuando quedaron solos. La temperatura parecía descender más rápido entre los árboles y el poco sol que atravesaba las ramas se volvió gris.

Paula continuó hacia el norte, aunque empezó a caminar con menos seguridad.

No llevaba linterna y conocía mal aquella sección.

Se decía que todavía tenía tiempo para regresar antes de que oscureciera por completo, pero cada curva parecía alargar la distancia hasta la carretera.

Escuchó una rama quebrarse detrás de ella y miró hacia atrás.

No vio a nadie. Avanzó otros cincuenta metros y volvió a escuchar algo, esta vez un roce entre hojas húmedas.

Pensó en el excursionista, quizá regresando; después descartó la idea porque el ritmo no correspondía a alguien caminando abiertamente por el sendero.

Se apartó unos pasos y esperó. Nada. El bosque recuperó su silencio.

Paula sintió vergüenza de su propia inquietud y siguió, pero el hombre ya se había acercado lo suficiente para distinguir la forma en que ella tensaba los hombros cada vez que escuchaba algo.

No necesitaba apresurarse. De hecho, apresurarse era una de las pocas maneras de cometer un error.

Había aprendido hacía mucho que las personas percibían mejor la persecución cuando quien las seguía intentaba ocultarse demasiado.

Él no huía de su atención; administraba la distancia.

Paula se detuvo otra vez cuando el sendero rodeó una formación rocosa.

Esta vez giró completamente. —¿Hay alguien ahí?

—preguntó. La voz se perdió entre los pinos y regresó deformada por la distancia.

El hombre permaneció inmóvil. Podía haber esperado más, pero ya no existía ninguna razón práctica.

La nieve empezaba a caer en partículas pequeñas que apenas alcanzaban a quedarse sobre el suelo; para la mañana siguiente, parte de las huellas serían inútiles y el resto estaría mezclado con las de quienes iniciarían la búsqueda.

Salió de entre los árboles sin dramatismo.

Paula lo vio aparecer a unos veinte metros y retrocedió inmediatamente.

No era un hombre fácil de olvidar. Parecía tener cerca de cincuenta años, aunque había algo en su rostro que volvía la edad incierta.

Era alto, atlético sin ser voluminoso, con la cabeza completamente afeitada y la piel de un tono café claro que destacaba contra el paisaje pálido.

Llevaba ropa sencilla, demasiado limpia para alguien que hubiera caminado durante horas por ese terreno, y sus movimientos tenían una economía extraña: ninguna vacilación, ninguna corrección innecesaria, como si siempre supiera exactamente dónde iba a colocar el siguiente pie.

—¿Me estaba siguiendo? —preguntó Paula. El hombre no respondió de inmediato.

La miró como había mirado su fotografía muchas veces, comprobando detalles que solo él conocía.

Estatura. Cabello. Abrigo. Rostro. Nada indicaba que se hubiera equivocado de persona.

Paula interpretó ese silencio como algo peor que una respuesta afirmativa y dio un paso hacia atrás.

—Si necesita indicaciones, el camino está por allá —dijo, señalando hacia el sur sin apartar los ojos de él.

El hombre miró en la dirección indicada y después volvió a ella. —Lo sé.

Su voz era tranquila. No amable, pero tampoco agresiva.

Paula sintió una sensación incómoda en el estómago porque la voz le resultó familiar.

No podía ubicarla. Había escuchado ese tono en algún sitio, tal vez en uno de los sueños que siempre olvidaba al despertar.

El hombre dio un paso y la manga de su abrigo se desplazó lo suficiente para mostrar parte del antebrazo.

Paula creyó ver escritura sobre la piel.

No un dibujo. Letras. Nombres. Distinguió dos o tres antes de que él volviera a cubrirlos con el movimiento.

Uno parecía comenzar con una P. No tuvo tiempo de leer más.

—¿Nos conocemos? —preguntó. Por primera vez, algo en la expresión del hombre cambió.

Fue mínimo. No sorpresa completa, pero sí una interrupción.

Esa pregunta no formaba parte de lo que él esperaba.

—No —respondió. Paula negó lentamente. —Creo que lo he visto.

El bosque pareció volverse todavía más silencioso.

—No —repitió él. La certeza con la que lo dijo la inquietó más.

—Entonces ¿cómo sabe quién soy? El hombre no había pronunciado su nombre.

Paula comprendió el error un segundo tarde.

Él también. La mirada de ambos cambió al mismo tiempo.

—Yo no dije que lo supiera —dijo. Paula retrocedió otro paso. —No, pero lo sabe.

El hombre dejó pasar unos segundos. Habría sido fácil mentir.

Había utilizado mentiras muchas veces porque casi siempre eran suficientes.

Allí no servían. La joven estaba asustada, pero seguía pensando.

Eso complicaba las cosas. —Paula Jean Welden —dijo finalmente.

El color desapareció de su rostro. —¿Quién es usted?

Él no respondió. —¿Lo mandó mi padre? La pregunta tenía lógica para ella.

Quizá alguien del campus, quizá un policía, quizá una persona enviada para seguirla por alguna razón que desconocía.

El hombre negó. —Entonces ¿qué quiere? No respondió todavía porque la respuesta verdadera no cabía dentro de ningún concepto que Paula pudiera aceptar.

Había llegado allí con instrucciones precisas, pero esas instrucciones no explicaban motivos.

Nunca era necesario conocerlos para completar una misión.

Lo único que importaba era que Paula estuviera allí, que nadie más permaneciera cerca y que el último tramo de la historia siguiera abierto a las mismas interpretaciones que existirían después.

El hombre metió una mano en el bolsillo interior del abrigo.

Paula vio el movimiento y se preparó para correr.

—No —dijo él. —No se acerque. —Paula. —No se acerque.

Ella retrocedió hacia la parte lateral del sendero y buscó con la mirada algo que pudiera utilizar como arma. Una rama. Una piedra. Cualquier cosa.