63 · SEIS MESES
SEIS MESES
El primer titular que leyó Adrián decía que había sido absuelto. Ni siquiera se había celebrado un juicio. Al día siguiente, otro medio lo presentó como cerebro de la manipulación digital. Su abogada le pidió que guardara las capturas, aunque le prohibió responder.
Lo que más le dolió no fue que discutieran su inocencia.
Fue descubrir que algunos desconocidos estaban enamorados de Clara sin conocerla.
La llamaban brillante, valiente, monstruosa, incomprendida.
Unos defendían que había matado para salvarse; otros que todo formaba parte de una conspiración policial.
En ninguno de aquellos hilos aparecía Gabriel como una persona que alguien echaría de menos.
Adrián imprimió una sola fotografía del rostro de Gabriel. No para castigar a Clara, ni siquiera para castigarse a sí mismo. La dejó dentro de un libro porque temía que, si seguía viendo únicamente pruebas, acabara olvidando a la víctima.
El caso de los 47 minutos dejó de pertenecerles.
Primero fue de la policía.
Después de la fiscalía.
Después de los periódicos.
Después de todo el mundo.
Hubo podcasts con reconstrucciones minuto a minuto.
Documentales. Canales que analizaban la forma de caminar de Clara.
Expertos que aseguraban detectar mentiras por la dirección de sus ojos.
Vídeos que comparaban vídeos falsos con vídeos auténticos hasta que nadie recordaba cuál había aparecido primero.
La frase contaminación de la verdad terminó en titulares.
Leo odió haberla pronunciado.
Adrián dejó de leer noticias a las tres semanas.
La investigación sobre él se redujo a delitos relacionados con la alteración de la escena y la omisión de auxilio, condicionados por su estado de intoxicación y por lo que pudiera demostrarse que comprendía en aquel momento. Su abogada le prohibía hablar del proceso.
Él obedecía.
Aquella instrucción, al menos, podía cumplirla sin preguntarse qué significaba.
Sofía declaró ante el juez por ocultación de pruebas y por sus propios mensajes anónimos. También declaró sobre su padre.
No volvieron a hablar.
Ríos sí llamaba de vez en cuando.
Nunca para decir que habían encontrado a Clara.
Había pistas en Portugal, Italia y Marruecos. Ninguna se sostuvo.
La casa junto al mar fue lo más cerca que estuvieron.
El vídeo encontrado allí resultó auténtico.
Eso tampoco ayudó a localizarla.
Adrián vendió el piso.
No podía dormir en el dormitorio donde había escuchado el primer audio. Tampoco quería conservar una casa convertida en escenario para desconocidos que se apostaban alguna tarde frente al portal esperando fotografiarlo.
Alquiló un apartamento pequeño al otro lado de Madrid.
Dos habitaciones.
Poca luz.
Ningún recuerdo.
El primer mes dejó todas las cajas cerradas.
El segundo abrió las de libros.
El tercero colgó una fotografía de sus padres.
Nunca colocó nada de Clara.
Guardaba el anillo de ella en un cajón.
No sabía por qué.
La noche en que se cumplieron seis meses del homicidio cenó solo.
Pasta.
No había elegido el plato conscientemente hasta que recordó que también habían cenado pasta aquella noche.
Dejó el tenedor.
Miró el reloj.
03:09.
Se rio por lo bajo.
—Venga ya.
Había empezado a temer ciertas horas.
03:17.
01:26.
02:13.
Los números eran capaces de volverse habitaciones.
Puso música.
Lavó el plato.
03:16.
El teléfono estaba boca abajo sobre la mesa.
Adrián decidió que no iba a mirarlo.
03:17.
Vibró.
Una sola vez.
Se quedó inmóvil.
No necesitaba ver la pantalla para saber que no era una casualidad.
Esperó diez segundos.
Veinte.
Treinta.
Lo cogió.
Número desconocido.
Un vídeo.
Duración: 0:22.
Adrián llamó a Ríos antes de abrirlo.
—Me ha llegado algo.
La inspectora estaba despierta.
—No lo abras.
—Ya sé cómo funciona esto.
—Adrián.
—Te lo reenvío.
Lo hizo.
—Espera a que Leo lo analice.
—Seis meses esperando y ahora quieres que espere veinte minutos.
—Sí.
Adrián miró la miniatura.
Clara.
—Lo voy a abrir.
Ríos soltó una palabrota.
Él pulsó reproducir.
Clara apareció sentada en un lugar oscuro.
—Si estás viendo esto, ya sabes que casi todo lo que te dije era mentira.
Pausa.
—Casi.
Miró directamente a cámara.
—Nunca quise hacerte daño.
El vídeo terminó.
Adrián lo reprodujo otra vez.
Ríos seguía al teléfono.
—¿Qué dice?
Él se lo contó.
—No hagas nada. Leo ya lo tiene.
—¿Crees que está viva?
—Sabemos que estaba viva cuando grabó el de Alicante.
—No he preguntado eso.
Ríos guardó silencio.
—Sí —dijo al final—. Creo que sigue viva.
Adrián dejó el teléfono sobre la mesa.
—Yo también.