62 · EL MAR
EL MAR
La casa estaba vacía.
Era una vivienda pequeña en una urbanización antigua de la costa alicantina, propiedad de una tía de Clara que llevaba años viviendo en Francia.
Persianas bajadas.
Nevera desconectada.
Polvo en las habitaciones.
Pero alguien había dormido allí.
Sábanas recientes.
Una taza en el fregadero.
Una botella de agua a medio terminar.
Ríos llegó cuatro horas después de la llamada de Adrián.
—Se fue hace poco —dijo uno de los agentes.
—¿Cuánto?
—Difícil. Uno o dos días.
En la mesa del salón encontraron un sobre.
No tenía nombre.
Dentro había una memoria USB.
Leo la abrió esa misma tarde.
Un solo vídeo.
Clara sentada frente a una pared blanca.
Sin maquillaje.
Pelo recogido.
Mirada cansada.
—Si habéis encontrado esto, significa que Adrián recordó la casa o Sofía habló. Apostaría por Adrián.
Pausa.
—No voy a confesar nada que no podáis demostrar ya. No porque crea que soy inocente. Hace tiempo que dejé de necesitar esa palabra.
Ríos observó sin moverse.
—Gabriel tenía razón en una cosa. Durante quince años convertí un acto en una historia que podía soportar. Primero fue «un accidente». Después «yo no quería». Después «él estaba borracho». Todas eran ciertas. Ninguna era la verdad completa.
Clara miró a cámara.
—La noche que murió Gabriel hice lo mismo. Construí versiones hasta que no pude distinguir si estaba intentando escapar de la policía o de mí misma.
Se oyó el mar al fondo.
—Las pruebas falsas no fueron para convencer a nadie de que yo era inocente. Eran para conseguir que ser culpable dejara de ser demostrable. Hay una diferencia.
Leo bajó ligeramente el volumen.
Clara continuó:
—Adrián no participó en el plan. Lo drogué. Lo llevé allí. Me ayudó después porque estaba confundido y porque le dije que Gabriel podía seguir vivo. Si alguien intenta convertirlo en mi cómplice, este vídeo no demuestra lo contrario. Lo sé. Esa es la ironía.
Una sonrisa triste.
—Una confesión puede ser falsa. Una exculpación también.
Ríos sintió rabia.
Incluso entonces, Clara contaminaba su propio testimonio.
—A Sofía le debo una verdad que no arregla nada: su padre estaba vivo cuando nos fuimos. Yo pude llamar. Gabriel pudo llamar. Julián pudo llamar. Ninguno lo hizo. No existe una versión de esa noche en la que eso deje de ser cierto.
Clara respiró.
—Y a Gabriel…
Se detuvo.
A Clara se le quebró la voz.
—A Gabriel no sé qué le debo.
Miró hacia un lado.
—Quizá haberle permitido ser mejor que la persona que fue a los veinte. Él lo intentó. Yo no.
Silencio.
—Adrián, si estás viendo esto, no voy a pedirte perdón. Pedir perdón sería otra forma de intentar decidir qué tienes que hacer con lo que te hice.
La imagen quedó quieta varios segundos.
—Solo quiero que recuerdes una cosa: el primer audio era verdad.
Pausa.
—Pero no toda.
El vídeo terminó.
Ríos miró a Leo.
—¿Auténtico?
Leo soltó aire.
—No lo sé todavía.
La inspectora se echó hacia atrás.
Y empezó a reír.
No había nada gracioso en aquello.
Porque después de todo aquello era la única respuesta que quedaba.