47 minutos 61 · LA MUJER QUE NO ESTÁ
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61 · LA MUJER QUE NO ESTÁ

LA MUJER QUE NO ESTÁ

Durante las primeras cuarenta y ocho horas buscaron a Clara como se busca a una fugitiva convencional.

Aeropuertos.

Estaciones.

Autobuses.

Peajes.

Tarjetas.

Hoteles.

Cámaras.

No apareció.

Su pasaporte registró un intento de embarque a Lisboa a las 19:14 del día de la desaparición.

La cámara del control mostraba a Clara con gorra y gafas.

Leo tardó catorce minutos en detectar la manipulación.

El rostro era suyo.

El cuerpo no.

La tarjeta de embarque había sido comprada con una identidad falsa y el pasaporte nunca había pasado físicamente por el lector. Alguien había inyectado un registro en un sistema de una agencia intermediaria, no en la base oficial de fronteras.

—Nos está haciendo lo mismo otra vez —dijo Robles.

Ríos miró la imagen.

—No. Ahora no intenta demostrar que todo puede ser falso.

—¿Entonces?

—Intenta gastar nuestro tiempo.

El segundo rastro apareció en Valencia.

Un coche alquilado a nombre de Clara, cámara de una gasolinera, compra con tarjeta prepago.

La mujer del vídeo tenía su cara.

No era ella.

El tercero, en Burgos.

El cuarto, en Marsella.

Cada pista requería horas para ser descartada.

Clara había convertido la fuga en una continuación del mismo crimen.

Adrián regresó a casa tres días después.

No quiso quedarse con familiares ni amigos.

Ríos insistió en que tuviera protección discreta.

Él aceptó solo porque estaba demasiado cansado para discutir.

Entró en el dormitorio.

La cama seguía sin hacer desde la mañana en que se llevaron el Mac.

En el armario faltaban pocas cosas.

Un abrigo.

Dos camisetas.

Ropa interior.

Las zapatillas que Clara usaba para viajar.

No parecía una fuga preparada durante meses.

Entonces vio el joyero.

Estaba abierto.

El anillo de boda seguía dentro.

Adrián lo cogió.

Se sentó en la cama.

Once años reducidos a un círculo de oro que no pesaba casi nada.

El móvil vibró.

Número desconocido.

El corazón le dio un golpe tan fuerte que le dolió.

Abrió el mensaje.

NO SOY ELLA.

Adrián frunció el ceño.

Segundo mensaje.

SOY SOFÍA. ESTE ES MI NÚMERO NUEVO.

Tardó en respirar.

¿Qué quieres?

Sofía respondió:

Decirte algo que no le dije a la policía.

Adrián llamó.

—¿Qué?

La voz de Sofía sonó cansada.

—Gabriel me dijo una vez que Clara tenía un lugar al que iba cuando quería desaparecer.

—¿Dónde?

—No lo sabía. Solo dijo «el mar». Pensé que se refería a una casa familiar.

Adrián cerró los ojos.

Había demasiados mares.

—¿Por qué no se lo dijiste a Ríos?

—Porque entonces no sabía si ayudarla a encontrarla o quería encontrarla yo primero.

—¿Y ahora?

Silencio.

—Ahora sé que si la encuentro yo, no sé qué haría.

Adrián miró el anillo en su mano.

—Yo tampoco.

Colgó.

No llamó inmediatamente a Ríos.

Fue al armario de Clara.

Buscó una caja vieja de fotografías de viajes.

Playas.

Hoteles.

Grecia.

Portugal.

Alicante.

En una foto de hacía nueve años, Clara estaba de espaldas frente a una casa blanca junto al Mediterráneo.

En el reverso había escrito:

El único sitio donde nadie me encuentra.

Adrián cogió el teléfono.

Esta vez sí llamó a Ríos.