47 minutos 60 · LA LIBERTAD DE ADRIÁN
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60 · LA LIBERTAD DE ADRIÁN

LA LIBERTAD DE ADRIÁN

Adrián salió de comisaría a las once de la noche.

No era inocente de todo.

Había movido un cuerpo.

Había mentido a la policía.

Había ocultado información.

Pero el vídeo mostraba su estado, el zolpidem explicaba la amnesia y, sobre todo, la grabación del cuarto dejaba claro quién había golpeado a Gabriel.

Su abogada le pidió que no hablara con nadie.

Había periodistas al otro lado de la valla.

Alguien gritó su nombre.

Otro preguntó dónde estaba su mujer.

Adrián siguió caminando.

Ríos lo alcanzó antes de que subiera al coche de su abogado.

—Clara ha desaparecido.

Adrián la miró.

No pareció sorprendido.

—¿Cuándo?

—Esta tarde.

—¿La están buscando?

—Sí.

—¿Qué encontraron?

Ríos dudó.

—Un vídeo.

Adrián cerró los ojos.

—¿Lo recuerdo?

—Probablemente no entero.

—¿Ella lo hizo?

Ríos no necesitó preguntar a qué se refería.

—Sí.

Adrián apoyó una mano en el techo del coche.

Durante unos segundos no dijo nada.

—¿Gabriel murió al caer?

—No.

El rostro de Adrián cambió.

—¿Qué hizo?

—No creo que deba verlo ahora.

—Inspectora.

—Lo golpeó después.

Adrián apretó los ojos.

Ríos vio cómo el recuerdo incompleto encontraba sitio dentro de él.

—Yo estaba allí.

—Sí.

—Y la ayudé.

—Estaba sedado.

—La ayudé.

—Eso lo decidirá fiscalía.

Adrián abrió los ojos.

—¿Por qué me mandó el audio?

Ríos respondió con la frase que llevaba horas pensando.

—Porque era verdad.

Él soltó aire.

—No entiendo.

—Fabricó pruebas falsas para que descubriéramos que podían fabricarse. Después mezcló entre ellas pruebas auténticas. La confesión era una de esas pruebas.

Adrián se quedó inmóvil.

—¿Ella quería que yo dudara de algo que realmente había dicho?

—Sí.

—¿Y por qué decir «Adrián no sabe nada»?

Ríos lo miró.

—Creo que esa parte también era verdad cuando la grabó. O quería que lo fuera.

Adrián negó.

—Yo sabía que estaba allí.

—No sabía el plan. No sabía que lo había drogado. No sabía lo de las falsificaciones. Y, en ese momento, quizá ella pensó que al día siguiente usted no recordaría el homicidio.

Adrián miró a los periodistas detrás de la valla.

—Se equivocó.

—Sí.

—Yo tampoco recordaba nada.

—Recordar y saber no son exactamente lo mismo.

Adrián sonrió sin humor.

—Últimamente nada es exactamente lo mismo.

Ríos sacó una tarjeta.

—Si contacta con usted, me llama.

—Lo hará.

—¿Por qué está tan seguro?

Adrián guardó la tarjeta sin mirarla.

—Porque todo esto empezó hablándome a mí.

Subió al coche.

Antes de cerrar la puerta añadió:

—Y Clara nunca deja una conversación a medias.