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Leo llamó siete minutos después.

—Es sintético —dijo.

Adrián permaneció quieto, con el teléfono apoyado en la oreja. En la pantalla del portátil seguía detenido el rostro de Clara: una imagen de veintidós segundos que fingía una intimidad imposible.

—¿Puedes asegurarlo?

—Puedo demostrar que se ha generado. La persona que aparece no estaba delante de esa cámara. Eso no demuestra quién lo envió.

—No has encontrado nada más.

—Estamos intentando seguir el origen del archivo. Aún no sé si tendremos éxito.

Adrián dejó escapar el aire. Había aprendido a distinguir entre una respuesta y el deseo de que una respuesta fuera suficiente.

—Gracias, Leo.

—Hay algo que necesito preguntarte. ¿Quién sabe dónde vives?

—Mi familia. Mi abogado. La policía.

—¿Y Clara?

La pregunta tardó en encontrar sitio.

—Clara desapareció antes de que alquilara este piso.

—Eso no significa que no lo sepa.

Adrián miró la puerta de la entrada. Cuando se había mudado, cambió el bombín delante del propietario. El cerrajero le entregó dos llaves en un sobre de papel. Una seguía en su llavero; la otra, en un cajón de la cocina.

—No, Leo. No significa eso.

La voz del perito se suavizó.

—No abras a nadie. Ríos ha pedido que pase una patrulla.

Colgaron.

Eran las 03:24. En la calle alguien arrastraba los contenedores y la persiana de un bar empezó a subir con un chirrido antiguo. Adrián puso agua en un vaso, pero no bebió. Dejó el teléfono encima de la encimera y abrió el cajón de los cubiertos.

Sacó el sobre del cerrajero.

Estaba abierto.

Lo había abierto él mismo tres meses antes, cuando quiso comprobar que la segunda llave encajaba. Recordaba la prueba, el papel roto por la esquina y la satisfacción de haber elegido una cerradura nueva. Ahora dentro había una llave, brillante e idéntica a la de su llavero.

Dos llaves. Ningún misterio.

Entonces el ascensor se detuvo en su planta.

Al principio no se alarmó. En el rellano vivían otras tres familias. Oyó pasos, el roce de una bolsa contra la pared y alguien que carraspeaba. Después un sonido mínimo: metal junto a metal.

Fue a la entrada sin encender la luz del pasillo. Miró por la mirilla.

No había nadie.

Solo veía la pared de enfrente, la alfombra del vecino, la luz blanca del techo. Esperó. Los pasos habían cesado.

Quiso retroceder cuando la cerradura recibió un golpe suave.

No era una llave entrando.

Era alguien probando la manilla.

El mecanismo resistió. Desde fuera, una mujer dijo su nombre.

—Adrián.

Conocía esa voz. También había reconocido el audio de las 03:17. También había creído entender la grabación de Alicante y el último vídeo. No abrió.

—Sé que estás ahí —insistió la voz.

Adrián sacó el teléfono y marcó a Ríos. Mientras esperaba, recordó el pie desnudo de Clara fuera del edredón, la taza de café derramándose sobre la mesa, la fotografía de Gabriel en el televisor. No intentó ordenarlos. No quiso convertirlos en una explicación.

—¿Adrián? —contestó la inspectora.

—Hay alguien delante de mi puerta.

Al otro lado del pasillo, la mujer volvió a hablar. Esta vez dejó el tono suave.

—No llames a la policía. Solo necesito que me escuches.

Ríos le ordenó que se alejara de la entrada. La patrulla estaba cerca.

Adrián obedeció sin apartar los ojos de la cerradura.

—Dime una cosa que solo sepas tú —pidió a través de la puerta.

Hubo un silencio largo.

Cuando la voz respondió, sonaba como Clara al final de una discusión, cuando había decidido dejar de discutir.

—No te casaste conmigo porque me conocieras. Te casaste porque creías que nunca iba a esconderte nada.

Adrián se apoyó en la pared. Era algo que ella podría haber dicho. Algo que cualquiera que hubiera leído los mensajes publicados por la prensa quizá pudiera inventar. No había prueba.

La manilla dejó de moverse.

—Adrián —dijo Ríos desde el teléfono—. Dime si sigue ahí.

Él oyó pasos que se alejaban hacia la escalera y luego una puerta cortafuegos cerrándose de golpe. Se acercó a la mirilla. El rellano estaba vacío.

—Ya no.

—No salgas. Vamos hacia allí.

Adrián se deslizó hasta el suelo. Seguía sujetando el sobre del cerrajero. Dentro había dos tarjetas: la factura y una pequeña etiqueta doblada que antes no había visto, adherida al fondo.

La sacó con cuidado.

En el reverso, escrito con rotulador azul, había un número de teléfono. Debajo, cuatro palabras:

«NO CREAS LA VOZ».

Adrián no supo si la advertencia llevaba allí tres meses o si alguien había tenido acceso al cajón aquella misma noche. Por primera vez no intentó decidirlo solo.

—Elena —dijo—. Necesito que vengas a verlo.

Y dejó el sobre sobre la mesa, intacto, hasta que llegó la policía.

FIN