50 · EL ÚLTIMO MENSAJE
EL ÚLTIMO MENSAJE
Clara esperó hasta que el coche policial desapareció al final de la calle.
Cerró la puerta.
Apoyó la espalda en ella.
Y dejó de fingir que le temblaban las manos.
Fue al dormitorio, abrió el armario y apartó una caja de zapatos. Detrás había un panel de madera fino, sujeto con dos tiras magnéticas.
Lo retiró.
Sacó el teléfono negro.
Lo encendió.
Ocho mensajes enviados.
Uno pendiente.
Revisó el registro.
El primero había salido a las 03:17 de la madrugada siguiente a la muerte de Gabriel.
Audio_01.
Después, la fotografía del restaurante.
El mapa.
La pregunta sobre Sofía.
La frase sobre la ropa de Adrián.
No todos los mensajes habían sido suyos. Eso era parte de lo que había hecho difícil controlarlo todo. Cuando otras personas empezaron a jugar, el tablero dejó de pertenecerle por completo.
Pero la mayoría sí.
Entró en la carpeta local.
MATERIAL
Había veintisiete archivos.
Doce falsos.
Nueve auténticos.
Seis mezclados.
Clara pasó el dedo por la pantalla sin abrir ninguno.
No necesitaba verlos.
Conocía cada uno.
La fotografía de la cena había sido una decisión de última hora. Si Adrián recibía la original, vería el teléfono negro reflejado en la cuchara. Así que sustituyó parte de la imagen y, deliberadamente, dejó errores suficientes para que un perito competente pudiera encontrarlos.
El vídeo del parking había sido más arriesgado.
Sofía aparecía en él. Clara necesitaba que alguien descubriera que la mujer original no era ella. Necesitaba una primera victoria.
Una prueba falsa demostrada como falsa.
Después todo sería más fácil.
No había previsto que Sofía hubiese grabado con su propio móvil.
Tampoco que Gabriel guardara hashes.
Ni que su padre hubiera conservado tantas fotografías.
Cerró los ojos.
Demasiadas variables.
El plan había empezado como una red.
Ahora era una telaraña en la que ella también podía quedar atrapada.
Abrió el mensaje programado para dentro de seis meses.
Un vídeo de veintidós segundos.
Su rostro.
Su voz.
Ninguna de las dos cosas reales.
Lo reprodujo sin sonido.
Una Clara fabricada miró a cámara y movió los labios.
Borró el archivo.
Después abrió otro.
Este sí era real.
Ella, sentada frente a la cámara, grabada tres semanas antes.
—Si todo sale mal —decía—, no habrá una versión limpia de lo ocurrido. Esa es la única forma de sobrevivir a una verdad que ya no puedo cambiar.
Clara lo detuvo.
Lo borró también.
El último mensaje programado quedó vacío.
Pensó en Adrián dentro de una celda.
Había calculado que la policía sospecharía de él durante algunas horas. Quizá un día. Necesitaba que lo separaran de ella. Necesitaba tiempo.
Nunca había querido que lo acusaran de matar a Gabriel.
No de verdad.
Pero las pruebas tenían su propia inercia.
Y él había hecho algo aquella noche que ella no podía borrar.
Había tocado el cuerpo.
Había abierto la puerta.
Había ayudado a moverlo.
Clara apoyó el teléfono sobre la cama.
Se obligó a pensar la frase hasta el final.
Yo maté a Gabriel.
No sintió alivio.
Tampoco culpa.
Solo una claridad terrible.
El audio de las 03:17 no era falso.
Nunca lo había sido.