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49 · LA DETENCIÓN

LA DETENCIÓN

Adrián llevaba más de una hora sentado en la sala de espera, mirando un extintor que tenía una esquina de la pegatina levantada. A veces imaginaba que si lograba concentrarse en aquella esquina con suficiente fuerza el resto de su vida no seguiría desplomándose detrás.

«No lo sé», respondió.

Vio aparecer los tres puntos de escritura. Desaparecieron. Regresaron. Al final no llegó ningún mensaje.

La huella de Adrián no bastaba.

El vídeo sí.

Apareció a las seis de la mañana en una cámara que nadie había revisado porque pertenecía a un garaje privado del edificio contiguo. El objetivo apuntaba a una rampa, pero en el extremo izquierdo se veía parcialmente la salida de servicio del garaje de Gabriel.

02:01.

La puerta se abrió.

Adrián salió primero.

Llevaba la chaqueta azul.

Tenía una mano apoyada en la pared y algo oscuro en los dedos.

Dos segundos después apareció Clara.

Entre los dos arrastraban algo fuera de cuadro.

La grabación no mostraba el rostro de Gabriel ni el cuerpo completo, pero a las 02:03 Adrián regresaba solo y desaparecía por la misma puerta. A las 02:05 el coche abandonaba la calle.

Leo analizó el archivo antes de que Ríos hiciera nada.

—No veo manipulación.

—¿Seguro?

—Tan seguro como puedo estar.

—Eso ya no significa mucho.

—Lo sé.

Ríos fue a casa de Adrián a las ocho y veinte.

Él abrió en camiseta.

Vio a los dos agentes detrás de la inspectora y no preguntó por qué.

—¿Clara está aquí?

—Durmiendo.

—Necesito que se vista.

Adrián la miró.

—¿A mí o a ella?

Ríos sostuvo su mirada.

—A usted.

Clara apareció en el pasillo.

—¿Qué pasa?

Adrián no apartó los ojos de Ríos.

—Me van a detener.

—¿Qué?

Ríos habló con calma.

—Adrián Vega, queda detenido como investigado por la muerte de Gabriel Luján. Tiene derecho a guardar silencio…

El resto de la fórmula sonó distante.

Clara caminó hacia ellos.

—Esto es absurdo.

—Clara —dijo Adrián.

—No. Él estaba drogado. Han encontrado zolpidem.

—Clara.

—Yo estaba allí también.

Ríos la miró.

—Lo sabemos.

Adrián levantó una mano.

—Basta.

Clara se calló.

Él se acercó a ella.

Durante unos segundos ninguno supo qué hacer con las manos.

Al final Clara lo abrazó.

Adrián permaneció rígido.

—No he matado a Gabriel —dijo junto a su oído.

—Lo sé.

—¿Cómo puedes saberlo si yo no lo sé?

Clara se separó.

La pregunta quedó entre ambos.

Ríos la vio.

También vio otra cosa.

Miedo.

No el miedo de una mujer que ve llevarse detenido a su marido.

Uno más específico.

Como si Adrián acabara de acercarse demasiado a una respuesta.

En comisaría le mostraron el vídeo.

Adrián lo vio tres veces.

—¿Qué arrastro?

—Díganoslo usted —respondió Robles.

—No lo recuerdo.

—Su huella está en el cuarto donde creemos que golpearon a Gabriel.

—Estuve allí. Ya lo sabemos.

—La sangre de Gabriel apareció en una costura de su chaqueta.

Adrián cerró los ojos.

—La llevó a lavar.

—Su mujer la llevó.

—Sí.

—¿Por qué?

—Pregúnteselo a ella.

Robles se inclinó hacia delante.

—¿Golpeó a Gabriel Luján con un objeto metálico?

—No lo recuerdo.

—Eso no es negar.

—No voy a inventarme una certeza para que usted esté más cómodo.

—¿Movió su cuerpo?

Adrián miró la pantalla congelada.

Su propia figura arrastrando algo con Clara.

—Parece que sí.

—¿Estaba vivo?

—No lo sé.

—¿Quién puso el zolpidem en su copa?

—No lo sé.

—¿Quién borró la carpeta del ordenador de Gabriel?

—No lo sé.

—¿Quién envió el audio?

—No lo sé.

Robles cerró la carpeta de golpe.

—Tiene una facilidad increíble para no saber.

Adrián levantó la mirada.

—Usted tiene una facilidad increíble para creer que una imagen es una respuesta después de pasar una semana aprendiendo que puede ser una pregunta.

Robles se quedó quieto.

Adrián señaló el vídeo.

—Si eso es auténtico, quiero saber qué pasó un segundo antes y un segundo después. Ya he visto demasiadas cosas verdaderas usadas para contar una mentira.

Robles no respondió.