48 · LO QUE FALTA ENTRE DOS FOTOGRAMAS
LO QUE FALTA ENTRE DOS FOTOGRAMAS
Sofía juró que no había cortado el vídeo.
—Se me acabó la grabación.
—¿La batería? —preguntó Ríos.
—No. El almacenamiento. Tenía miles de fotos.
—Conveniente.
—Ya sé cómo suena.
—¿Qué vio después?
Sofía se llevó una mano a la frente.
—Clara volvió.
—¿Por qué?
—No lo sé.
—¿Qué hizo?
—Siguieron discutiendo.
—¿Quiénes?
—Los tres.
—¿Gabriel seguía vivo cuando usted se fue?
Sofía dudó.
—Sí.
—¿Está segura?
—Sí.
—¿A qué hora se fue?
—No miré.
—La cámara la sitúa saliendo a la una cincuenta y ocho.
Sofía asintió.
—Entonces a esa hora estaba vivo.
Ríos hizo un cálculo mental. El coche de Adrián salía a las dos cinco.
Siete minutos.
—¿Vio violencia?
—No.
—¿Oyó golpes?
—Cuando iba hacia la salida, uno.
—¿Qué tipo de golpe?
—Metálico. Fuerte.
—¿Volvió?
—No.
—¿Por qué?
Sofía la miró como si la pregunta fuera absurda.
—Porque llevaba quince años imaginando enfrentarme a quienes dejaron morir a mi padre y, cuando los tuve a veinte metros, me dio miedo.
Ríos cerró la carpeta.
—¿El golpe vino del ascensor?
—No lo sé.
—¿Del cuarto de mantenimiento?
Sofía palideció.
—Puede ser.
El cuarto de mantenimiento estaba a doce metros del lugar donde encontraron el cadáver de Gabriel.
Leo y los técnicos regresaron esa tarde.
Habían procesado la zona el primer día, pero entonces buscaban sangre, huellas, arma. Ahora buscaban otra cosa.
Sonido.
El cuarto tenía una puerta metálica con muelle. Si se abría del todo y se soltaba, golpeaba el marco con un ruido seco.
Leo grabó tres cierres.
De vuelta al laboratorio, los comparó con el audio de las 03:17.
Primer golpe.
Coincidencia parcial.
Segundo.
Tercero.
No era el ascensor.
Habían estado buscando en el lugar equivocado.
Los tres sonidos de fondo procedían de aquella puerta.
Ríos pidió las fotografías de la escena.
El cuerpo de Gabriel había aparecido dos plazas más allá, junto a su coche. Pero en el cuarto de mantenimiento había una pequeña mancha de sangre que en el primer análisis se consideró transferencia antigua de un trabajador.
La muestra seguía conservada.
ADN de Gabriel.
Ríos llamó a Robles.
—Lo mataron en el cuarto y movieron el cuerpo.
—¿En siete minutos?
—O antes de que Sofía se fuera y ella está mintiendo.
—¿Arma?
—Todavía no.
Leo amplió las fotos del cuarto.
En una estantería había herramientas, latas de pintura y un pesado tope de puerta de acero.
En las imágenes de la mañana siguiente, el tope no estaba.
—¿Lo inventariaron? —preguntó Ríos.
Robles revisó.
—No aparece.
—Busca al encargado.
Lo encontraron en su casa.
—Sí, faltaba —dijo—. Pensé que algún vecino se lo había llevado. La puerta pegaba unos portazos de la hostia y todo el mundo se quejaba.
—¿Desde cuándo faltaba?
—Desde esa mañana.
—¿Lo había visto el día anterior?
—Seguro. Lo usé el sábado por la tarde.
Ríos colgó.
Arma potencial.
Desaparecida.
Siete minutos sin vídeo.
Un audio aparentemente auténtico grabado en el lugar del homicidio.
Y una frase que Clara había dicho con su propia voz:
Lo maté yo. Adrián no sabe nada.
Ríos pidió orden de detención.
Pero no para Clara.
Todavía no.
Porque en el mango de la puerta del cuarto de mantenimiento acababan de identificar una huella completa.
Era de Adrián.