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46 · EL TELÉFONO NEGRO

EL TELÉFONO NEGRO

Clara negó que fuera suyo.

—Parece un teléfono.

—Lo es —dijo Ríos.

—Eso no significa que sea mío.

—Está junto a su bolso.

—Podría ser de Gabriel.

—¿Gabriel lo dejó al otro lado de la mesa, pegado a su bolso?

—No lo recuerdo.

Ríos puso otra fotografía. Un fotograma recuperado de la caché del sistema del parking la noche del asesinato.

Clara aparecía junto al ascensor.

En la mano izquierda llevaba un teléfono pequeño.

Negro.

—¿Tampoco es suyo?

Clara miró la imagen.

—No sé.

—La cámara la grabó con él.

—La cámara ha sido manipulada.

—La copia que recibió Adrián fue manipulada. Este fotograma procede de un bloque anterior del sistema que no llegó a sobrescribirse. Leo no ha encontrado alteraciones en él.

—«No ha encontrado» no significa que no existan.

—No. Pero significa que ya no puede limitarse a señalar cada pantalla y decir que todo es falso.

—Eso decían de muchas cosas al principio.

Ríos sintió irritación, pero la contuvo.

—¿Tiene un segundo teléfono?

—No.

—¿Ha tenido uno en los últimos meses?

—No.

—¿Línea prepago?

—No.

—¿Ha comprado tarjetas SIM?

—No.

—¿Ha utilizado aplicaciones para generar voces?

Clara respiró hondo.

—Para trabajo. Hacemos vídeos de pisos. A veces usamos locuciones.

—¿Y generación de rostros?

—Fondos, imágenes, anuncios.

—¿Vídeo generativo?

—Sí.

—¿Por qué borró los historiales?

—Porque limpio mis cuentas.

—¿Cada semana?

—A veces.

Ríos dejó una hoja delante de ella.

—Diecisiete audios subidos a una herramienta de clonación de voz siete días antes del homicidio.

Clara leyó.

—No recuerdo.

—La sesión se abrió desde su cuenta.

—Eso parece.

—¿Qué voz estaba clonando?

—No sé.

—¿La suya?

Clara levantó los ojos.

—No.

—¿La de Gabriel?

—No.

—¿La de Adrián?

La pausa fue mínima.

Demasiado pequeña para cualquiera salvo alguien que llevaba días viviendo de las pausas.

—No.

Ríos recogió los papeles.

—Vamos a encontrar ese teléfono.

—O van a encontrar uno colocado para que parezca mío.

—Eso ya no funciona igual de bien cada vez que lo dice.

Clara se inclinó hacia delante.

—Ese es precisamente el problema, inspectora. Si alguien consigue que usted se canse de dudar, deja de investigar y empieza a elegir.

Ríos sostuvo su mirada.

—¿Y usted qué ha elegido?

Clara no contestó.

Al salir de comisaría, comprobó que nadie la seguía.

Entró en una cafetería, pidió un café que no bebió y fue al baño.

Cerró la puerta.

Sacó del bolsillo interior del abrigo un teléfono negro.

Lo encendió.

No tenía tarjeta SIM.

La pantalla mostró nueve mensajes programados.

Siete figuraban como enviados.

Dos seguían pendientes.

Clara borró uno.

Dejó el último intacto.

03:17

Fecha de envío: seis meses después.

Apagó el teléfono.

Tuvo que contemplar la posibilidad de irse antes de lo previsto.