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45 · LA CAJA GRIS

LA CAJA GRIS

Sofía entregó la caja cuarenta y ocho horas después.

No la había robado del trastero.

La había robado de Gabriel dos semanas antes de su muerte.

—Pensé que si se echaba atrás otra vez, al menos yo tendría algo — dijo.

Ríos observó la caja metálica sobre la mesa de evidencias.

—¿Y después del asesinato?

—Me asusté. La escondí en casa de una amiga.

—Mientras nosotros buscábamos lo que contenía.

—Sí.

—¿Entiende que podría haber sido detenida por obstrucción?

—Sí.

—¿Y aun así esperó?

Sofía bajó la mirada.

—Cuando vi que el vídeo del parking había sido manipulado con mi cara… pensé que quien estaba haciendo esto sabía exactamente dónde había estado. No sabía si la caja era una protección o una diana.

Ríos abrió los cierres.

Dentro había un portátil de trece pulgadas, un disco duro externo y sobres de papel amarillento.

Uno llevaba escrito:

GU-112 / 2011

Dentro había doce fotografías.

El coche antes de reparar.

El faro roto.

El parabrisas.

Una mancha oscura en el capó.

Mateo junto a la ventanilla.

Clara señalándolo con un dedo.

Gabriel entre ambos.

Otra imagen tomada segundos después: Mateo alejándose por la carretera.

Y otra.

Clara dentro del coche.

Las luces encendidas.

Mateo a unos treinta metros por delante.

Ríos se quedó inmóvil.

La siguiente foto estaba movida.

Faros.

Una silueta.

Después, oscuridad.

—¿Quién hizo esto? —preguntó.

Sofía negó con la cabeza.

—Gabriel decía que su padre.

—¿Y por qué no lo entregó hace años?

—Porque habría incriminado a su hijo también.

Ríos siguió pasando imágenes.

Una mostraba el coche detenido más adelante.

Otra, a Gabriel arrodillado junto a Mateo.

Clara de pie a varios metros.

No había fotografías de la huida.

En el último sobre apareció una hoja manuscrita por Julián Luján.

3:46. El hombre respiraba. Gabriel quería llamar. Ella decía que no. Le dije que nos fuéramos y yo me ocuparía. No debí hacerlo.

Ríos leyó la frase dos veces.

—El padre de Gabriel estuvo allí después.

—Sí.

—Y fue él quien los ayudó.

Sofía tenía los ojos llenos de lágrimas.

—Mi padre estaba vivo.

Ríos no dijo nada.

—Estaba vivo cuando los tres se fueron.

La inspectora cerró el sobre.

—Esto cambia el caso de 2011.

—¿Para qué? Han pasado quince años.

—No cambia que esté muerto. Cambia lo que ocurrió.

Leo encendió el portátil con un sistema aislado.

No pidió contraseña.

En el escritorio había una carpeta llamada ORIGINALES.

Otra: COPIAS RECIBIDAS.

Otra: CLARA.

La misma estructura que el ordenador de Gabriel.

Leo abrió ORIGINALES.

Había versiones sin manipular de la fotografía del restaurante, de varios mensajes y de dos imágenes anteriores que Gabriel había recibido durante el verano.

La foto original del restaurante mostraba a Gabriel sentado frente a Clara.

Era real.

La versión que Adrián había recibido había sustituido el rostro de Clara por… otro rostro de Clara.

Ríos frunció el ceño.

—¿Qué sentido tiene eso?

Leo acercó ambas imágenes.

—Mira la original.

Clara llevaba un collar fino.

En la falsa, no.

—¿Y?

Leo amplió el reflejo de una cuchara.

En la original, junto al bolso de Clara había un pequeño teléfono negro.

En la falsa, el objeto había desaparecido.

—No falsificaron la foto para colocar a Clara allí —dijo Leo—. La falsificaron para borrar algo que estaba con ella.

Ríos miró el teléfono en el reflejo.

—Un segundo móvil.