42 · LA CUENTA
LA CUENTA
La orden judicial llegó a las nueve de la noche.
Leo recibió un volcado parcial de las cuentas vinculadas a Clara: pagos, suscripciones, almacenamiento en la nube y actividad de dos servicios de inteligencia artificial generativa.
La primera sorpresa fue que no había nada ilegal.
La segunda, que había demasiado.
—Tiene una suscripción de edición de vídeo desde julio —dijo Leo.
Ríos estaba de pie detrás de él.
—¿Eso prueba algo?
—No. Medio planeta edita vídeo.
—¿Y el resto?
—Créditos en una plataforma de generación de imágenes. Una herramienta de clonación de voz. Un servicio de GPU en la nube durante seis semanas.
Robles silbó.
—Eso ya suena peor.
Leo negó.
—También puede usarlo para trabajo, hobby o hacer felicitaciones de cumpleaños horribles. Necesitamos contexto.
—¿Qué trabajo hace Clara exactamente?
—Gestión de contenidos para una inmobiliaria. Redes, vídeos de viviendas, campañas.
Ríos recordó haber preguntado al principio si trabajaba con tecnología. Adrián había respondido que no especialmente.
No era mentira.
Pero tampoco toda la verdad.
—¿Cuándo empieza la actividad fuerte?
Leo abrió un gráfico.
—Finales de junio.
Gabriel había contactado con Sofía a principios de junio.
—¿Coincide con los primeros mensajes anónimos?
—Cerca.
—¿Qué generó?
—Eso es más difícil. Algunas plataformas guardan historial si no se borra. En dos está eliminado.
—Claro.
—Pero hay registros de uso. Cargas de archivos. Horarios. Modelos.
Ríos se inclinó.
—Busca las horas del restaurante. Del vídeo del parking. Del audio.
Leo trabajó en silencio varios minutos.
—Aquí.
Abrió una sesión de siete días antes del asesinato.
A las 02:11 de la madrugada se habían subido diecisiete archivos de audio.
Todos con nombres genéricos.
Audio_01. Audio_02. Audio_03.
—¿Podemos recuperarlos?
—No desde la cuenta. Pero quizá desde dispositivos sincronizados.
—¿Y para qué sirven diecisiete audios?
Leo la miró.
—Para entrenar o ajustar una voz.
Robles dejó de fingir indiferencia.
—¿De quién?
—No lo sabemos.
La siguiente sesión estaba vinculada a un generador de vídeo.
Cuarenta y ocho horas antes del asesinato.
Doce minutos de procesamiento.
—¿Eso basta para el parking? —preguntó Ríos.
—Basta para muchas cosas.
—¿Dirección IP?
Leo tardó unos segundos.
—Casa de Clara y Adrián.
El silencio fue inmediato.
—¿Usuario? —preguntó Robles.
—La cuenta está a nombre de Clara.
Ríos se apartó de la pantalla.
—Quiero registro del router, dispositivos conectados y cualquier copia local.
—Necesitas otra orden para parte de eso.
—La pediré.
Leo siguió mirando.
—Elena.
—¿Qué?
—No te entusiasmes demasiado.
—No estoy entusiasmada.
—Sabes a qué me refiero. Si Clara quiso fabricar las pruebas, usar una cuenta a su nombre y su conexión doméstica sería estúpido.
—Quizá no quiso ocultarlo para siempre.
Leo se volvió.
—¿Qué quieres decir?
Ríos pensó en la teoría de la contaminación.
—Quizá quería que encontráramos esto en algún momento.
—¿Por qué?
—Porque si podemos demostrar que ella fabricó algunas pruebas contra sí misma, la acusamos de manipulación. Pero también demostramos que las pruebas contra ella están contaminadas.
Robles negó.
—Eso no la salva de un homicidio.
—No. Pero hace mucho más difícil saber qué elemento puede llevarnos hasta él.
Leo abrió otra sesión.
Una actividad de clonación de voz registrada dieciocho minutos después de que el coche regresara al garaje de Adrián.
02:31.
Ríos se acercó.
—¿Qué hizo a esa hora?
—No puedo saberlo aún.
—¿Desde casa?
Leo comprobó.
—Sí.
A las 03:17 Adrián recibió el primer audio.
Cuarenta y seis minutos después.
Ríos sintió que todas las piezas empezaban a inclinarse hacia Clara.
Entonces Leo amplió un detalle.
—Espera.
—¿Qué?
—La sesión se inició desde un Mac.
—¿Y?
—Clara usa Windows. El Mac de la casa es de Adrián.