47 minutos 41 · LO QUE GABRIEL LE DIJO
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41 · LO QUE GABRIEL LE DIJO

LO QUE GAbrIEL LE DIJO

La noche anterior, Adrián había telefoneado a su madre y había colgado antes del tercer tono. No quería escuchar su voz preguntándole si comía bien, si dormía, si Clara seguía ayudándolo con la compra. La conversación habitual contenía demasiadas preguntas imposibles de contestar sin mentir.

Después dejó escrito un mensaje que tampoco envió: «Si dicen algo de mí, no lo creas todo». Lo borró al releerlo. No sabía qué parte debía creer ella. Ni qué parte creía él.

Adrián llegó a comisaría con la misma chaqueta negra que había llevado el día anterior y una expresión que Ríos empezó a reconocer: la de alguien que ya no sabía si entraba allí como testigo, víctima o sospechoso.

—¿Dónde está Clara?

—En su casa.

—Nuestra casa.

—Siéntese.

Adrián miró la mesa. No había fotografías visibles. Tampoco grabadora, aunque sabía que estaba encendida.

—¿Qué han encontrado?

Ríos colocó delante de él la imagen recuperada del USB.

Gabriel y él en la cafetería.

La carpeta abierta.

La fotografía de Mateo.

Adrián la observó sin tocarla.

—Ya les dije que me reuní con él.

—Nos dijo que Gabriel le contó el atropello y que insinuó que Clara ocultaba algo. No nos dijo que le enseñó esto.

Ríos amplió la captura del correo.

PREGÚNTALE POR QUÉ ACELERÓ.

Adrián apretó la mandíbula.

—No sabía si era verdad.

—No le he preguntado eso.

—Me enseñó una foto. Un correo. Nada más.

—¿Qué le dijo exactamente?

Adrián se quedó mirando la mesa.

Tres días antes, Gabriel había esperado frente al edificio donde trabajaba. Había pronunciado su nombre y después el de Clara. Adrián recordó la rabia instantánea que le produjo aquel desconocido hablando de su mujer como si compartiera con ella algo que él ignoraba.

—Me dijo que había estado con Clara cuando murió Mateo.

—¿Usó la palabra murió?

—Sí.

—¿Le dijo que ella conducía?

—Sí.

—¿Le dijo que no fue un accidente?

Silencio.

Ríos esperó.

—Sí.

—¿Por qué lo ocultó?

Adrián levantó los ojos.

—Porque no le creí.

—Eso no explica que nos mintiera.

—No quería darle a un muerto más autoridad sobre mi matrimonio que a mi mujer.

—¿Y cuando Clara admitió el atropello?

—Entonces… todo cambió.

—Pero siguió sin contárnoslo.

Adrián pasó una mano por el cabello.

—Gabriel no tenía una prueba de que ella acelerara. Tenía un correo anónimo diciendo que lo hizo. La foto solo demostraba que Mateo estaba allí antes. Yo pensé que quien estaba manipulando pruebas también podía estar manipulándolo a él.

—Conveniente.

—Verdad.

—¿Qué más le dijo?

Adrián cerró los ojos un segundo.

Gabriel en la cafetería. Las manos nerviosas alrededor del vaso. El olor a tabaco impregnado en la ropa.

—Dijo que quería ir a la policía el lunes.

Ríos no reaccionó.

—¿Qué lunes?

—El siguiente. Dos días después de que muriera.

—¿Por qué no antes?

—Quería que Clara fuera con él.

—¿Y si no iba?

—Iría solo.

—¿Le pidió algo a usted?

Adrián asintió.

—Que estuviera presente cuando se lo dijera.

—¿Dónde?

—No lo sabía aún.

—¿Le pidió que no se lo contara a Clara?

—Sí.

—¿Y aceptó?

—Durante tres días.

—Hasta que ella recibió el audio.

Adrián negó.

—Hasta que él murió.

Ríos se inclinó ligeramente.

—¿Gabriel le escribió la noche del homicidio?

—No que yo recuerde.

—¿Le llamó?

—No.

—¿Clara sabía que usted se había reunido con él cuando preparó las copas?

—No.

—¿Y si lo sabía?

Adrián la miró.

Ríos continuó.

—Imagine que descubre que su marido se ha reunido a sus espaldas con el único hombre que puede destruir su vida. ¿Le daría un motivo para querer controlar lo que usted recuerda de esa noche?

—No haga eso.

—¿El qué?

—Convertir todo en una historia que encaja después.

—Es mi trabajo.

—No. Su trabajo es averiguar qué pasó.

—Y el suyo, señor Vega, era decir la verdad desde el principio.

Adrián se levantó.

—¿Puedo irme?

—Sí.

Llegó a la puerta.

—Adrián.

Se volvió.

—Gabriel le dijo que Clara aceleró. Usted llegó con ella a su edificio tres días después. Veintitrés minutos más tarde, Gabriel estaba muerto. Alguien había puesto zolpidem en su bebida. Y ahora sabemos que usted tenía un motivo para enfrentarse a él y a su mujer.

Adrián la miró sin pestañear.

—¿Cuál es mi motivo para matar a Gabriel?

—Quizá le contó algo que usted no quería oír.

—O quizá mi mujer lo mató para evitar que me lo contara.

Ríos no respondió.

Adrián abrió la puerta.

Antes de salir dijo:

—Lo peor es que cualquiera de las dos versiones empieza a parecerme posible.