39 · CONTAMINACIÓN
CONTAMINACIÓN
Leo colocó cinco imágenes en la pantalla.
La fotografía del restaurante.
El vídeo del parking.
La captura de ubicación.
La foto de Mateo junto al coche.
El fotograma auténtico de Adrián y Clara llegando al edificio de Gabriel.
—Dos son falsas —dijo.
Ríos señaló la ubicación.
—Tres, quizá.
—La captura puede estar fabricada, pero los datos de antenas sitúan el móvil de Clara en la zona del restaurante. El hecho es verdadero aunque la prueba concreta sea falsa.
Robles apoyó las manos en la mesa.
—Como la fotografía.
—Exacto. La foto de la cena es falsa, pero Clara sí estuvo allí.
Leo cambió de diapositiva.
—Eso es lo que me preocupa. Quien hace esto no está intentando inventar una realidad alternativa completa. Está mezclando pruebas auténticas, pruebas manipuladas y falsificaciones que representan hechos verdaderos.
—¿Con qué objetivo?
Leo se quedó un momento en silencio.
—Contaminación.
—¿Contaminación de qué?
—De la verdad.
Ríos lo miró.
Leo señaló la pantalla.
—Imagina que encontramos diez pruebas contra Clara. Demostramos que cuatro son falsas. ¿Qué ocurre con las otras seis?
—Las analizamos.
—En laboratorio, sí. Pero en una investigación real, en un juicio, en los medios, en la cabeza de Adrián… aparece una duda nueva. Si cuatro eran falsas, ¿por qué no las demás?
Robles frunció el ceño.
—Eso también puede perjudicarla. Las falsificaciones llaman la atención sobre ella.
—Al principio. Pero cuando demuestras que existe una campaña para incriminarla, cambia la dirección de la sospecha. La pregunta deja de ser «¿lo hizo?» y pasa a ser «¿quién intenta que parezca que lo hizo?».
Ríos pensó en Clara pidiendo desde el primer día análisis fotograma a fotograma.
—¿Y si quien contamina es la propia persona a la que incriminan?
Leo no contestó enseguida.
—Entonces sería brillante.
—¿Y posible?
—Sí.
—¿Puede hacerlo una persona sin conocimientos avanzados?
—En 2026, muchas de estas herramientas son accesibles. Lo difícil no es generar una cara o clonar una voz. Lo difícil es construir una cadena coherente y, sobre todo, saber cuándo dejar errores.
—¿Dejar errores a propósito?
—Si quieres que descubramos que algunas pruebas son falsas, sí.
La frase quedó en el aire.
Ríos se acercó a la pantalla y señaló el primer audio.
—¿Y este?
Leo negó con la cabeza.
—Ese es el problema. No encuentro los mismos defectos.
—¿Auténtico?
—No puedo asegurarlo. Pero si es sintético, es mejor que todo lo demás.
—¿Y el ruido del ascensor?
—Real.
—Entonces alguien estuvo en el edificio para grabar ambiente.
—O grabó la voz allí.
Ríos miró la frase transcrita.
Lo maté yo. Adrián no sabe nada.
—¿Por qué mandar una confesión real si eres culpable?
Leo cerró una ventana.
—Porque después de enseñarnos suficientes mentiras, una verdad puede convertirse en la cosa más fácil de negar.
Ríos se quedó mirando la pantalla.
Aquella idea era demasiado elegante.
Y las ideas elegantes en homicidios solían tener un defecto: requerían que alguien hubiera planeado el caos antes de que empezara.
—Quiero saber cuándo se crearon las primeras falsificaciones.
—Estoy intentando datarlas por los modelos y artefactos.
—No me vale «intentando».
Leo sonrió cansado.
—Por eso no eres informática.
Ríos no le devolvió la sonrisa.
—Y quiero otra cosa.
—Dime.
—Busca tutoriales, suscripciones, compras de créditos, servicios de GPU, editores de vídeo. Todo lo relacionado con Clara desde junio.
—Necesitas orden.
—La voy a pedir.
Robles ya estaba cogiendo el teléfono.
Ríos miró de nuevo las cinco imágenes.
Dejó de pensar en ellas como pruebas.
Pensó en ellas como piezas de una puesta en escena.
Y se preguntó quién llevaba meses escribiendo el guion.