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38 · EL PADRE DE GABRIEL

EL PADRE DE GAbrIEL

Gabriel había mentido también.

No sobre el atropello.

Sobre quién sabía lo ocurrido.

Su padre, Julián Luján, había muerto en 2018. Durante años dirigió un pequeño taller en Alcalá de Henares. Era el hombre al que Gabriel llevó el coche la mañana después del atropello.

Ríos encontró el expediente fiscal del negocio y después a quien había sido su socio.

Se llamaba Manuel Quiroga y tenía setenta y dos años.

—Claro que me acuerdo del coche —dijo antes incluso de que terminaran de enseñarle la fotografía—. Aquello no era un golpe con un animal.

—¿Qué le dijeron?

—Que habían atropellado un ciervo.

—¿En Guadalajara?

—Eso dijeron.

—¿Y usted les creyó?

Quiroga sonrió sin humor.

—He reparado coches cuarenta años. Un ciervo no deja tela humana en un retrovisor.

Ríos sintió una punzada.

—¿Avisó a la policía?

El hombre bajó la mirada.

—No.

—¿Por qué?

—Julián era mi socio. Su hijo estaba metido. Me dijo que él se ocuparía.

—¿Se ocupó?

—Reparó el coche. Cambiamos luna, aleta, faro. Después lo vendieron.

—¿Tomó fotografías?

—Julián sí.

—¿Por qué?

Quiroga se encogió de hombros.

—Decía que había que guardarlo todo por si algún día el chico hacía una tontería.

—¿Chantaje?

—Seguro. Control, quizá. Julián era así.

Ríos puso sobre la mesa la imagen de Mateo discutiendo con Clara.

Quiroga la miró largo rato.

—No la había visto.

—¿Reconoce el coche desde el que se tomó?

El hombre acercó la foto.

—Podría ser el Mercedes de Julián.

—¿Estaba él allí esa noche?

Quiroga se quedó quieto.

—No lo sé.

—Piénselo.

—Gabriel llamó a su padre desde la carretera.

Ríos dejó de respirar un instante.

—¿Antes o después del atropello?

—Antes.

—¿Cómo lo sabe?

—Porque Julián me lo contó años después. El chico estaba borracho y había discutido con alguien. Le pidió que fuera a buscarlo.

—¿Julián llegó antes del atropello?

—Eso parece.

La historia acababa de ganar un testigo muerto.

Un testigo que había hecho fotografías.

Un testigo que había guardado el coche roto, los detalles y quizá algo más durante siete años.

—¿Qué pasó con sus cosas cuando murió? —preguntó Ríos.

—Gabriel vació el taller. Tiró mucho. Guardó cajas.

—¿Una caja metálica?

Quiroga levantó la vista.

—Sí.

Ríos y Robles se miraron.

—¿Cómo era?

—Gris. De herramientas. Julián guardaba ahí documentos que no quería dejar en la oficina.

—¿Sabe qué había dentro?

Quiroga negó con la cabeza.

—No. Pero Gabriel vino a preguntarme por ella hace unos meses.

—¿Cuándo?

—Junio. Estaba nervioso. Dijo que su padre había sido un cabrón incluso después de muerto.

Ríos recordó el guardamuebles. La marca rectangular en la pared. La caja desaparecida después del asesinato.

—¿Quién más sabía de esa caja?

Quiroga pensó.

—La chica.

—¿Qué chica?

—La que conducía.

—¿Clara?

—No sé cómo se llama. Gabriel vino con ella una vez, años después del accidente. Debía de ser 2014 o 2015. Discutieron con Julián dentro del taller.

Ríos sintió que algo encajaba.

—¿Sobre la caja?

—Sobre las fotos.

La inspectora salió del taller y llamó a Leo.

—Busca todo lo que puedas recuperar de los mensajes de Gabriel a Clara en 2014 y 2015.

—Eso son once años.

—Lo sé.

—¿Qué estás buscando?

Ríos miró la carretera frente al taller.

—La primera vez que Clara descubrió que una fotografía podía destruirle la vida.