47 minutos 35 · LA LLAVE
55%

35 · LA LLAVE

LA LLAVE

Adrián esperó hasta que Clara se duchó.

Lo fotografió y se lo envió a Leo.

¿Te dice algo?

La respuesta llegó menos de un minuto después.

¿Dónde la has sacado?

Adrián miró hacia el pasillo.

Luego te cuento. Solo dime si te dice algo.

Tres puntos.

Mercurio 218. Ven. No hagas nada por tu cuenta.

Adrián sintió un latido duro en la garganta.

¿Qué es Mercurio?

Leo tardó más.

Un guardamuebles en San Sebastián de los Reyes. Gabriel tenía un recibo digital. Ríos acaba de pedir una orden.

Adrián miró la llave.

Alguien había querido adelantarse a la policía.

O adelantarlo a él.

Guardó la llave en el bolsillo y entró en la cocina. Clara estaba allí, con el pelo mojado y una camiseta vieja suya.

—¿Vas a salir?

—A por café.

—Tenemos café.

—Del bueno.

Clara lo observó.

—Desde cuándo te importa el café bueno.

—Desde que llevo cuatro días durmiendo tres horas.

Ella apoyó una mano en la encimera.

—Estás escondiéndome algo.

Adrián estuvo a punto de reír.

—Eso tiene gracia.

—No hablo del pasado. Hablo de ahora.

—Y yo también.

Clara bajó la mirada.

—No podemos seguir así.

—No sé cómo se sigue después de esto.

—Juntos.

La palabra sonó frágil.

Adrián pensó en la llave que llevaba en el bolsillo. En el hombre muerto. En el otro hombre muerto quince años antes. En el zolpidem. En la chaqueta. En su propia mentira sobre la reunión con Gabriel.

—Voy a por café —repitió.

No fue al guardamuebles.

Fue a casa de Leo.

Ríos ya estaba allí.

—Le pedí que no hiciera nada por su cuenta —dijo al verlo entrar.

—No he hecho nada.

Sacó la llave.

La inspectora lo miró con una mezcla de cansancio y furia.

—¿Dónde estaba?

—En mi buzón.

—¿La ha tocado?

Adrián levantó la mano.

—Evidentemente.

—¿Clara la vio?

—No.

—¿Por qué no?

—Porque ya no sé qué información puedo darle sin que desaparezca otra cosa.

Ríos se acercó.

—Escúcheme. Si su mujer es inocente, ocultarle cosas la pone en peligro. Si es culpable, ocultarnos cosas nos impide demostrarlo. No existe una versión en la que jugar solo le ayude.

Adrián dejó la llave sobre una bolsa que Leo había abierto.

—Entonces vaya al 218.

La orden llegó antes del mediodía.

El guardamuebles Mercurio ocupaba una nave gris junto a una zona industrial. El encargado reconoció a Gabriel por una fotografía.

—Alquiló el espacio en junio. Pagaba por trimestre.

—¿Venía mucho? —preguntó Ríos.

—Tres o cuatro veces. La última hará dos semanas.

—¿Solo?

El hombre pensó.

—La última vez vino con una mujer.

Adrián sintió cómo se tensaba todo su cuerpo.

Ríos sacó una fotografía de Clara.

—¿Era ella?

El encargado miró la imagen.

—No sabría decirle.

Sacó la de Sofía.

—¿Y esta?

El hombre frunció el ceño.

—Puede ser.

La puerta del 218 se abrió con la llave del buzón.

Dentro había una mesa plegable, dos cajas de plástico, un monitor viejo y una silla.

Nada más.

Robles abrió la primera caja.

Recortes de prensa sobre Mateo Sanz.

Fotografías impresas del coche.

Copias de mensajes.

La segunda caja estaba vacía salvo por un pequeño dispositivo USB negro.

Leo lo cogió con guantes.

—No lo conectes aquí —dijo Ríos.

—No pensaba hacerlo.

Adrián miró alrededor.

En la pared del fondo había una marca rectangular más clara que el resto, como si algo hubiera estado apoyado allí durante meses.

—Falta algo.

Ríos lo vio también.

—¿Qué?

—No lo sé.

El encargado, desde la puerta, señaló el hueco.

—Había una caja metálica.

Todos se volvieron.

—¿Cuándo la vio por última vez? —preguntó Ríos.

—La semana pasada.

—¿Quién la sacó?

El hombre negó con la cabeza.

—No lo sé. Pero el acceso está registrado.

Diez minutos después imprimió el historial.

La caja metálica había desaparecido la mañana posterior al asesinato.

Alguien había entrado al guardamuebles a las 08:12.

Con el código de Gabriel.

La cámara de aquel pasillo, casualmente, llevaba tres días averiada.