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34 · ORIGINAL UNO

ORIGINAL UNO

Leo llamó a Ríos a las siete de la mañana.

No dijo buenos días.

—He recuperado algo de la carpeta.

Veinticinco minutos después estaban en el laboratorio. Robles llegó con un café. Ríos, sin ninguno. Leo había dormido con la misma ropa y tenía una línea roja marcada en una mejilla.

—La carpeta no estaba vacía de verdad —explicó—. Alguien ejecutó un borrado y después sobrescribió parte del espacio. Pero quedaron fragmentos en archivos temporales.

—¿Qué tipo de fragmentos?

Leo abrió un documento.

Solo contenía una línea.

SI ESTÁS LEYENDO ESTO, YA HAS VISTO COSAS QUE NUNCA OCURRIERON.

Ríos leyó dos veces.

—¿Lo escribió Gabriel?

—El archivo se creó desde su usuario. Eso no prueba quién estaba delante del teclado.

—Fecha.

—Tres días antes de morir.

Debajo de la frase había una cadena larga de números y letras.

Robles señaló la pantalla.

—¿Qué es eso?

—Un hash.

—En español.

—Una huella digital de un archivo. Si tienes el archivo correcto, puedes comprobar que no ha cambiado ni un bit desde que se calculó esta cadena.

Ríos cruzó los brazos.

—¿Y tenemos el archivo?

—Todavía no.

Leo abrió otro fragmento recuperado.

ORIGINAL_1

Nada más.

Después otro.

ORIGINAL_2

Y otro.

NO CONFÍES EN LA COPIA.

Ríos miró a Leo.

—Gabriel sabía que alguien estaba manipulando material.

—Eso parece.

—¿Cuánto sabía?

—Lo suficiente para guardar huellas de originales en lugar de confiar en los propios archivos.

Robles dejó el café.

—¿Dónde están los originales?

Leo amplió una zona de datos residuales. Había una dirección incompleta. Una palabra. Dos números.

MERCURIO / 218

—Puede ser cualquier cosa —dijo Ríos.

—Un trastero. Una contraseña. Una taquilla. Un servidor.

—¿Puedes recuperar más?

—Estoy en ello.

Ríos observó la frase de la pantalla.

Ya has visto cosas que nunca ocurrieron.

—Quiero a Adrián y Clara fuera de esto hasta que sepamos qué significa.

Leo giró la silla.

—Hay un problema.

—¿Cuál?

—Si Gabriel preparó esto pensando que lo matarían, quizá los originales no estén para la policía.

—¿Para quién entonces?

Leo señaló el nombre de la carpeta.

CLARA.

—Para ella.

Aquella misma mañana, Adrián recibió un sobre sin remitente.

Estaba en el buzón de casa.

Dentro no había carta.

Solo una llave pequeña de latón y una fotografía impresa.

La imagen mostraba un coche de 2011 aparcado frente a un taller. La carrocería delantera estaba hundida. El parabrisas tenía una grieta en forma de estrella.

En el reverso alguien había escrito a bolígrafo:

BUSCA EL ORIGINAL.

Adrián oyó a Clara acercarse por el pasillo.

Guardó la llave en el puño antes de que ella pudiera verla.

—¿Qué es eso? —preguntó.

Él le enseñó solo la fotografía.

Clara dejó de respirar.

—Ese coche…

—¿Era el tuyo?

—El de mi padre.

—El que conducías cuando atropellasteis a Mateo.

Clara cogió la fotografía con ambas manos.

—Nunca vi esta foto.

—Alguien sí.

Adrián le dio la vuelta.

Ella leyó la frase.

—¿Qué original?

Adrián cerró la mano alrededor de la llave.

—Eso me gustaría saber.

Y volvió a mentirle.