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33 · DOS VERSIONES

DOS VERSIONES

La policía los separó antes de que pudieran volver a hablar.

A Adrián lo llevaron a la sala de entrevistas de siempre. A Clara, a otra planta. Ríos dejó una botella de agua delante de él y no abrió ninguna carpeta. Esa ausencia de papeles le pareció más inquietante que todos los informes juntos.

—Quiero que reconstruyamos los cuarenta y siete minutos —dijo ella.

—No los recuerdo.

—Ya lo sé. Quiero saber qué recuerda alrededor.

Adrián se frotó los ojos. Eran casi las cuatro de la tarde y sentía el cansancio como una película pegada a la piel.

—Cenamos en casa. Pasta. Vino. Vimos una serie. Me quedé dormido un rato. Luego Clara preparó dos bourbons.

—¿Los dos bebieron?

—Eso creía.

—¿Y ahora?

Pensó en el zolpidem.

—Ahora no sé nada.

Ríos no sonrió.

—Su coche salió del garaje a la una veintiséis. Entró de nuevo a las dos trece. A la una cuarenta y dos una cámara lo sitúa junto al edificio de Gabriel. A las dos cinco se marcha. Eso deja veintitrés minutos allí.

—He visto las imágenes.

—Son auténticas.

—También lo sé.

—Y esta tarjeta estaba en su chaqueta.

La inspectora colocó la tarjeta magnética dentro de una bolsa transparente.

—¿La reconoce?

—No.

—¿Recuerda tenerla en la mano?

—No.

—¿Recuerda entrar en el edificio?

Adrián pensó en la puerta gris que había dibujado sin saber de dónde salía. En el indicador rojo. En el olor a hormigón húmedo.

—Recuerdo un ascensor. O creo recordarlo.

—¿Gabriel estaba allí?

Un destello. Una voz. Su nombre dicho desde muy lejos.

—No sé.

—¿Clara estaba allí?

—Sí.

La respuesta salió antes de que pudiera detenerla.

Ríos levantó apenas la barbilla.

—¿Eso lo recuerda o lo deduce?

Adrián cerró los ojos.

—No lo sé.

—¿Recuerda discutir con Gabriel?

—No.

—¿Tocarlo?

—No.

—¿Verlo herido?

—No.

—¿Borrar archivos de su ordenador?

Abrió los ojos.

—No.

—La carpeta CLARA fue vaciada a la una cincuenta y cinco. El proceso se ejecutó desde el equipo de Gabriel.

—Entonces alguien estuvo arriba.

—O alguien consiguió que pareciera que el proceso se ejecutaba desde allí.

Adrián la miró.

—Eso ha sonado a Leo.

—Empiezo a odiar su trabajo.

Ríos se levantó y dio una vuelta corta alrededor de la mesa.

—Hay una pregunta que no le hice la primera vez que hablamos.

—¿Cuál?

—¿Tiene miedo de su mujer?

Adrián tardó en contestar.

—No.

—¿Seguro?

—Tengo miedo de no saber quién es. No es lo mismo.

Ríos volvió a sentarse.

—A veces sí.

En la sala de la planta superior, Robles hizo a Clara una pregunta diferente.

—¿Tiene miedo de su marido?

—No.

—¿Está segura?

—Sí.

—Entonces explíqueme por qué, cuando hemos mostrado la tarjeta que apareció en su chaqueta, usted ha mirado la puerta.

Clara sostuvo la mirada del inspector.

—Porque sé cómo funciona esto. Cada objeto que encuentran es una cuerda más alrededor de nuestro cuello.

—¿Nuestro?

—De Adrián y mío.

—Quizá solo de uno de los dos.

Robles deslizó una fotografía por la mesa. Era el fotograma de Adrián bajando del coche.

—Él estaba allí.

—Yo también.

—¿Lo recuerda?

Clara respiró hondo.

—No entero.

Robles dejó de escribir.

—¿Qué significa eso?

Ella miró la fotografía durante unos segundos.

—Hay cosas.

—¿Qué cosas?

—Una luz roja.

—¿Dónde?

—No sé.

—¿Algo más?

Clara se llevó la mano a la sien.

—Un pitido. Como el de una puerta que no termina de cerrar.

Robles esperó.

—Y Adrián diciendo que nos fuéramos.

—¿De dónde?

—No lo sé.

—¿A quién se lo decía?

Clara negó con la cabeza.

—No lo sé.

Robles cerró el bolígrafo.

—¿Recuerda a Gabriel?

El silencio duró cuatro segundos.

—No.

Era una mentira.

Pero no exactamente la que Robles creyó.