32 · CUARENTA Y SIETE
CUARENTA Y SIETE
Adrián había recogido la chaqueta sin recordar haberla dejado en la lavandería. La dependienta le preguntó si quería revisar la prenda; él respondió que no. No fue hasta la calle cuando notó algo rígido en la costura. Pensó en un ticket o una etiqueta de seguridad olvidada.
Metió el dedo por el forro roto y palpó un rectángulo. Se quedó quieto junto al contenedor de cartón de la esquina. Ya no sabía si le inquietaba más encontrar pruebas de lo que había hecho o que alguien las hubiera colocado allí pensando en el instante exacto en que él las descubriría.
El bolsillo interior de la chaqueta contenía una tarjeta de acceso magnética.
Sin logotipo. Sin texto.
La lavandería no la había visto porque estaba atrapada detrás de una costura parcialmente descosida.
Leo tardó dos horas en identificarla.
—Es una tarjeta de visitante del edificio de Gabriel.
Adrián sintió que se le secaba la boca.
—¿Cómo llegó ahí?
—No puedo responderte.
—¿Tiene huellas?
—Están trabajando en ello.
Ríos apareció detrás de Leo.
—Tenemos otra cosa.
Adrián la miró.
—¿Qué?
La inspectora dejó una fotografía sobre la mesa.
Era un fotograma de una cámara situada en la calle lateral del edificio de Gabriel.
01:42.
Adrián bajando de su coche.
El rostro no se veía del todo, pero la chaqueta azul sí.
—¿Es auténtico? —preguntó.
Leo respondió.
—Sí.
Otro fotograma.
Clara saliendo por el lado del conductor.
Abrigo oscuro.
Pelo recogido.
—¿Y este?
—También.
Adrián apoyó las manos en la mesa.
—Entonces estuvimos allí.
Ríos no dijo nada.
—¿Hay vídeo de nosotros entrando?
—No. La cámara del portal dejó de grabar durante nueve minutos.
—¿Casualmente?
—Eso investigamos.
Leo pasó al siguiente fotograma.
02:05.
El coche alejándose.
—¿Hora de muerte?
—Dentro de ese intervalo —dijo Ríos.
Adrián miró la pantalla.
Cuarenta y siete minutos.
Una porción insignificante de una vida.
Tiempo suficiente para conducir hasta casa de un hombre.
Subir.
Discutir.
Matarlo.
Borrar archivos.
Volver.
Y olvidar.
Ríos habló con voz baja.
—A partir de este momento, ninguno de los dos puede abandonar Madrid y quiero que estén localizables en todo momento.
Adrián levantó la mirada.
—¿Estamos detenidos?
—Todavía no.
La palabra quedó suspendida.
Todavía.