29 · EL SONIDO
EL SONIDO
Leo llevaba treinta horas trabajando con el primer audio cuando encontró el patrón.
No era una firma de inteligencia artificial.
Era ruido.
Tres impactos metálicos separados por intervalos casi idénticos.
Abrió el espectrograma y aisló la banda de frecuencia. Un golpe corto. Reverberación. Otro golpe.
Recordó el dibujo de Adrián.
El ascensor.
Pidió a un agente una grabación del mecanismo del edificio de Gabriel. El mantenimiento permitió registrar una subida desde la planta baja al cuarto piso.
Cuando superpuso las ondas, sintió esa satisfacción desagradable que llega cuando una hipótesis se confirma y al mismo tiempo empeora el caso.
Llamó a Ríos.
—Necesito enseñarte algo.
La inspectora llegó media hora después.
Leo reprodujo el audio original.
—Lo maté yo. Adrián no sabe nada.
Después, el sonido del ascensor.
Golpe.
Golpe.
Golpe.
—¿Y? —preguntó Ríos.
Leo superpuso ambas señales.
Los picos coincidían.
—El audio se grabó, con bastante probabilidad, dentro o muy cerca del ascensor de Gabriel.
Ríos se quedó inmóvil.
—¿Eso significa que es real?
—No necesariamente. Alguien puede haber usado ruido de fondo real y una voz sintética encima.
—Pero complica la falsificación.
—Mucho.
—¿Puedes determinarlo?
Leo miró la pantalla.
—Aún no.
Ríos se inclinó sobre la mesa.
—La frase dice «Lo maté yo». Si se grabó allí la noche del homicidio…
—No sabemos cuándo se grabó.
—¿Metadatos?
—El archivo fue reexportado. No sirven.
—Otra vez.
Leo asintió.
—Otra vez.
Ríos observó el espectrograma.
—¿Se lo vas a decir a Adrián?
—No sin tu permiso.
—Todavía no.
La inspectora caminó hacia la puerta.
—Elena.
Se volvió.
—Si quien falsifica las pruebas quería que pensáramos que ese audio era sintético, ha hecho un trabajo extraño.
—¿Por qué?
—Porque quizá no necesitaba falsificarlo.