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27 · EL PERFUME

EL PERFUME

Clara se echó a reír cuando Adrián se lo contó.

No había nada gracioso en aquello.

Fue una risa nerviosa, breve, casi desagradable.

—¿Mi perfume?

—Eso dice Sofía.

—¿Cuál?

—No lo sabe.

—Pues estupendo. Condéname por oler a mujer.

—Dice que es el mismo que llevabas cuando fuisteis a hablar hace años.

La risa desapareció.

—¿Te ha contado eso?

—A la policía.

—Fue ella quien vino a buscarme.

—¿Por qué nunca me lo dijiste?

—Porque fue horrible. Tenía veintiún años, apareció en la puerta de mi trabajo y me enseñó una foto de su padre. Me preguntó si sabía quién lo había atropellado.

—Y le mentiste.

—Sí.

Adrián se sentó frente a ella.

—¿Qué perfume usabas entonces?

Clara lo miró como si la pregunta fuera absurda.

—No sé. Cambié cien veces.

—Sofía lo recuerda.

—Sofía quiere que yo sea culpable.

—Lo eres de lo de su padre.

Clara apartó la mirada.

—No de Gabriel.

—¿Estuviste en su edificio esa noche?

—No.

—El coche sí.

—Alguien pudo cogerlo.

—Con nuestro mando de garaje.

—Alguien pudo clonarlo.

—Las cámaras de tráfico lo vieron.

—Eso demuestra el coche, no quién iba dentro.

Adrián se inclinó hacia ella.

—¿Por qué no recuerdas los cuarenta y siete minutos?

—Por la misma razón que tú.

—No sabemos cuál es.

Clara se levantó.

—Estoy harta de que cada pregunta termine en mí.

—Porque cada respuesta termina en ti.

Ella se quedó quieta.

—Eso es exactamente lo que quieren.

—¿Quiénes?

—Quien esté haciendo esto.

—¿Y por qué incluirme a mí en una foto real con Gabriel?

—Para que dejemos de confiar el uno en el otro.

Adrián pensó en la frase.

Era posible.

También era una explicación demasiado útil.

—¿Qué perfume llevas ahora?

Clara suspiró.

—Neroli 36.

—¿Lo llevabas aquella noche?

—Creo que sí.

Adrián fue al dormitorio. Volvió con el frasco.

Estaba casi vacío.

Clara lo miró.

—¿Y ahora qué?

—Ahora quiero saber por qué la policía ha encontrado una muestra del mismo perfume en el cinturón de seguridad del asiento del conductor.

Clara dejó de respirar.

—Porque es mi coche también.

—No. Es el mío. Y tú casi nunca lo conduces.