20 · LA NOCHE
LA NOCHE
Clara había apartado la mesa del salón para limpiar debajo. Adrián la encontró arrodillada, pasando un paño por la misma esquina una y otra vez.
—No hace falta que limpies ahora.
—Lo sé.
—Entonces deja de hacerlo.
Ella dobló el paño por una cara limpia.
—Cuando era pequeña, mi madre me obligaba a repetir las cosas hasta que salían bien. Si manchaba el mantel, fregaba la mesa entera. Si suspendía un examen, estudiaba hasta que amanecía. No recuerdo que jamás me preguntara si había tenido miedo.
Adrián se sentó frente a ella.
—No estamos hablando de un mantel.
—Ya lo sé —dijo Clara, sin mirarlo.
Él pensó en tocarle el hombro, como habría hecho unos días antes. Retiró la mano. Clara debió de notar el gesto, porque dejó el paño en el suelo.
—Ese es el problema. Que ahora todo lo que hago parece una prueba.
Adrián buscó algo que pudiera negar. No lo encontró.
Intentaron reconstruirla en casa.
Cena a las 22:10. Pasta, vino. Una serie en el salón. Adrián recordaba haberse quedado dormido durante un episodio. Clara recordaba apagar la televisión.
—¿A qué hora? —preguntó él.
—No sé. Cerca de la una.
—El coche salió a la una y veintiséis.
—Ya lo sé.
—¿Y no recuerdas nada?
—No.
—Yo tampoco.
Clara abrió el historial de actividad del móvil.
La última interacción clara era a la 01:18: había respondido un mensaje de su hermana.
La siguiente, 02:19: una consulta de tiempo para el domingo.
Adrián miró su propio registro.
01:21, una notificación de prensa abierta.
02:17, pantalla desbloqueada.
Entre ambos momentos: nada.
—Cuarenta y siete minutos —dijo.
Clara permaneció en silencio.
—Exactamente los cuarenta y siete minutos que el coche estuvo fuera.
—No exactamente. Los teléfonos tienen unos minutos más.
—No me jodas con los minutos.
—Solo digo que no sabemos qué significa.
Adrián se levantó y caminó por el salón.
—Podemos haber salido y olvidarlo.
—Los dos.
—Habíamos bebido.
—No tanto.
Él miró el mueble bar.
—¿Qué me pusiste en el whisky?
Clara levantó la cabeza.
—¿Perdona?
—Nada. Pregunto.
—Bourbon y hielo.
—¿Seguro?
—¿Crees que te drogué?
—No he dicho eso.
—Lo estás pensando.
Adrián no contestó.
Clara se puso de pie.
—Si te hubiera drogado, ¿por qué iba a salir contigo en el coche?
—No sé si salí contigo.
—¿Ahora piensas que conduje tu coche mientras estabas inconsciente en casa?
—No pienso nada. Ese es el problema.
Clara se acercó a la ventana.
—Podemos pedir las cámaras de la calle.
—La policía ya lo estará haciendo.
—Y si no somos nosotros, lo demostrarán.
Adrián la observó de espaldas.
—¿Y si somos nosotros?
Clara tardó en responder.
—Entonces tendremos que averiguar por qué no lo recordamos.
Esa noche, Adrián se despertó a las 02:41 con una imagen en la cabeza.
Un ascensor.
Una luz roja sobre una puerta metálica.
Y la sensación, intensa y absurda, de que alguien estaba diciendo su nombre desde muy lejos.