47 minutos 16 · LO PEOR
25%

16 · LO PEOR

LO PEOR

Tres días antes del audio, Adrián había salido de una cafetería convencido de que su matrimonio tenía un agujero del que ninguno de los dos quería hablar. Gabriel lo había citado con un correo breve y una palabra: Sigüenza. Al despedirse, en lugar de ofrecerle la mano, le sujetó el antebrazo.

—Si Clara te cuenta algo, no la corrijas —le dijo—. Déjala terminar.

Adrián lo apartó.

—¿Me estás diciendo que mi mujer es una mentirosa?

Gabriel dejó un billete bajo el plato sin terminar.

—Te estoy diciendo que yo también lo fui.

Adrián había intentado convencerse después de que el desconocido era un chantajista. Un chantajista con una historia muy ensayada. Ahora sabía que aquella explicación, aunque cómoda, tenía cada vez menos sitio donde sostenerse.

Adrián no durmió.

A las siete de la mañana estaba sentado en la cocina, intentando reconstruir un martes que hasta el día anterior no tenía importancia.

Había salido del trabajo a las seis. Eso constaba en el registro de acceso. Había usado el parking. Su tarjeta bancaria mostraba un pago de 4,20 euros en una cafetería a las 18:47.

La misma cafetería de la fotografía.

Clara apareció en la puerta.

—¿Lo recuerdas?

—No.

—El pago es tuyo.

—Sí.

—Entonces estuviste allí.

Adrián se frotó los ojos.

—Eso parece.

—¿Con Gabriel?

—La foto dice que sí.

—¿Y tú qué dices?

Él la miró.

—Que no lo sé.

La inspectora Ríos los citó a las nueve.

Esta vez no intentaron separarlos de entrada.

Sobre la mesa había una impresión de la fotografía de Adrián con Gabriel.

—La imagen es auténtica —dijo Ríos—. También hemos obtenido las cámaras del local. Usted estuvo allí veintisiete minutos.

Adrián sintió un vacío en el estómago.

—No lo recuerdo.

Robles lo observó.

—¿Tiene problemas de memoria?

—No.

—¿Consume drogas?

—No.

—¿Medicamentos?

—No.

—¿Bebe?

—Como cualquiera.

—El martes a las seis y media de la tarde, ¿bebió?

—No que recuerde.

Ríos deslizó una hoja.

—Gabriel hizo una llamada dos minutos antes de que usted llegara al local.

—¿A quién?

—A un número prepago. El mismo que envió uno de los mensajes a Clara semanas atrás.

Clara levantó la cabeza.

—¿El que decía que alguien sabía lo del accidente?

—No podemos confirmar que sea exactamente el mismo emisor. La línea fue activada con identidad falsa.

Adrián miró a Clara.

La habitación se llenó de algo que ninguno sabía nombrar.

Ríos continuó.

—Tenemos audio ambiental de una cámara del local. Es malo, pero quizá podamos recuperar parte de la conversación.

—¿Cuánto tardará?

—Horas. Quizá días.

Cuando salieron, Adrián recibió un correo.

Sin remitente visible.

Un archivo de audio.

0:11.

Clara le agarró el brazo.

—No lo abras aquí.

Él pulsó reproducir.

Mucho ruido. Tazas. Voces. Una cafetera.

Después Gabriel, apenas inteligible.

—…tu mujer no te ha contado lo peor.

Adrián se oyó a sí mismo responder.

—¿Qué es lo peor?

El archivo se cortaba allí.

Clara había dejado de respirar.

Adrián levantó los ojos hacia ella.

—¿Qué no me has contado?

Ella no respondió.

Aquel silencio le hizo sospechar que el atropello de Mateo no era lo peor que Clara callaba.